miércoles, 9 de mayo de 2007

Vuelvo a ser argentino

Ricardo de la Fuente
Para la Revista Panorama

Hola, ¿cómo están todos?.

Luego de unas vacaciones (de aproximadamente un año, porque yo sí tomo buenas vacaciones) retorno a las páginas de Panorama, donde parece ser que algunas personas leían mis artículos. ¡Muchas gracias a ustedes, muy gentiles!…
En mi reencuentro con los lectores de la revista, quiero contarles algo positivo y prepárense, porque me apresto a hablar bien de la globalización.
Nada menos que de la globalización, un fenómeno comercial bastante criticado y que ha llegado a levantar oleadas de protestas en todo el mundo, con quema de comederos de hamburguesas incluidas.
Es que, como todo en esta vida, la tal globalización tiene dos caras. Igualito que las monedas, la luna, los contratos petroleros y las personas hipócritas.
Por un lado, nos atiborra de productos chinos baratos que pueden llegar a hacer leña a la industria de todo el mundo occidental; nos hace sentir lentos, torpes e improductivos y además, termina abrumándonos con toda clase de hábitos, gustos y “tendencias extrañas al ser nacional”, como les gustaba decir a los milicos genocidas de mi tierra,… ¡pobrecitos!, ¡tan nazionalistas, ellos!…

Pues bien, ¿y qué tiene que ver la globalización económica con el título de esta nota?. Les explico: cuando llegué a Ecuador, y a Manabí un año después, la oferta de alimentos todavía estaba en pañales. Había lo que había: pescado, mucho pescado, mariscos baratísimos, gallinas – los pollos de criadero apenas hacían su aparición triunfal sobre las mesas – y frutas tropicales de nombres y apariencias exóticas para cualquier conosureño.
Fideos, había muy pocos. O mejor dicho, muchos, pero en escasa variedad. Una o dos fábricas que no se preocupaban demasiado por innovar porque tenían un mercado cautivo y reducido. ¡Y por supuesto, arroz, toneladas de arroz!
Los argentinos no amamos el arroz. Amamos la carne. Una vaca gorda, tetona y apacible nos conmueve hasta las lágrimas, somos capaces de echarle piropos, silbidos de admiración. Pero la carne que se conseguía en el mercado de Portoviejo era intragable, más parecían filetes de dinosaurio que de res.
La palabra pizza no se conocía (hasta que abrió “Rocco”, la primera pizzería de la capital) y ni hablar de buenos quesos, dulce de leche, embutidos y tantos otros manjares a los que estábamos acostumbrados. Ni siquiera encontrábamos consuelo en el vino, porque, excepto el Undurraga – y a precios de usura – no había otros.
Durante años, hubo que cambiar hábitos alimenticios y compensar tanta nostalgia con ceviches de camarón, chames fritos (que descubrí en Chone) o suero blanco (que vine a conocer donde los Alcívar, en El Ceibal).

El argentino que llevaba adentro volvió a surgir sólo en los últimos años, gracias a la apertura de los mercados y a la modernización de las cadenas comerciales. Hoy, no extraño tanto a mi país y a sus costumbres gastronómicas. En Manta voy a un supermercado donde puedo comprar excelentes cortes de carne, chorizos y morcillas para mis parrilladas de fin de semana, regadas con vinos buenos pero accesibles. Por las noches, suelo hacer pizzas para la familia o los amigos, tallarinadas al estilo italiano, con salsas preparadas y parmesano. Y de postre, duraznos con dulce de leche.
En otro supermercado consigo yerba mate, que es otra manía nuestra, casi un vicio para uruguayos, argentinos, paraguayos, brasileños del sur y unos cuantos chilenos.
Hace poco, paré en una gasolinera de Bahía de Caráquez y en su tienda encontré dulce de batata enlatado que acababa de llegar, no sé cómo ni por qué. ¡Dulce de batata!, un sabor que creía haber perdido para siempre. El tendero ha de haber visto en mi rostro la misma expresión que alegra el rostro de un ecuatoriano en Murcia, Madrid, Roma o Nueva York al toparse cara a cara con paquetes de chifles, plátanos, maní en pasta, cilantro, habichuelas, queso criollo y un largo etcétera.
Díganme la verdad: ¿No es esa la mejor cara de la globalización?

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