Acerca de Huanguelén,
de lo que significa y de lo
mucho que lo recuerdo
Por Ricardo de la Fuente
Cae la noche sobre Barbasquillo, el sector de la ciudad de Manta, provincia de Manabí, República del Ecuador, donde vivo. Estoy solo en mi casa, situada a menos de cien metros del Océano Pacífico, cuyo horizonte líquido me hace evocar la vastedad de las llanuras pampeanas.
Acabo de tomar unos mates con yerba comprada en un supermercado local. Es de marca “Compadrito” y ha sido exportada desde Valparaíso, donde a su vez la importan desde Oberá, Misiones. Cosas de la globalización, que me permite matear diariamente a seis mil kilómetros de mi pago natal, al que he evocado, entre sorbo y sorbo, al ver aparecer en el firmamento, tras un glorioso atardecer marino, al Lucero de la tarde.
No puedo ver esta primera luciérnaga cósmica sin acordarme de mi pueblo. Y esto, presumo, se debe a una doble razón: primero, porque yo amaba los crepúsculos de verano en Huanguelén, cuando los De la Fuente-Lettieri salíamos en masa a la vereda para ver pasear a los vecinos por la plaza central, y segundo, porque crecí convencido de que Huanguelén significaba en lengua mapuche “Lucero de la tarde”; una traducción bellamente poética.
Por eso, me sentí casi ofendido cuando, hace tres años, durante mi última visita, alguien me dijo que esa traducción había sido revisada y que ahora se daba como válida la versión de que la sonora, rotunda y querida palabra india debía entenderse como “Corral de Avestruces”. No me gustó el cambio, acaso porque no me gustan los avestruces, o mejor dicho los ñandúes, encorralados. Prefiero recordarlos corriendo despavoridos y haciendo gambetas desesperadas cuando el Piper PA-11 de Héctor Magdaleno, mi cuñado, les pasaba zumbando por encima, a siete u ocho metros de altura.
La pampa de agua salada, el mate, el lucero vespertino, no son los únicos lazos afectivos que mantengo con mi pueblo. También lo son los íntimos recuerdos –muchos de ellos escritos e incluso publicados- y aquella hermosa milonga de Pepe Larralde, “El Berrero”, en la que nombra a la querencia común. Mi familia, mis amigos, podrían dar fe de los gritos de júbilo que me brotan cada vez que “el pampa” hace coincidir las rimas de tren y caldén para llegar a Huanguelén. ¡Qué bien!...
¿Por qué tanta nostalgia?. ¿Es que, acaso, no la sentía antes?.
Supongo que sí, pero ahora se ha acentuado, conforme el almanaque se deshoja en un otoño que conduce a la irremediable vejez. Cuando uno está próximo a cumplir sesenta años, el pasado es mucho más denso que el futuro, pesa más, se vuelve imprescindible punto de referencia. La vida propia, infancia incluida, es puesta en el banquillo de los acusados; se la interroga, se le piden cuentas, explicaciones. Ella se defiende y el juicio queda en casa, porque al fin y al cabo, uno mismo es el acusador, el defensor, juez y testigo.
Pero, bueno, eso es harina de otro costal. Lo que quería es hablar un poco sobre el nombre de Huanguelén, que según parece, no representa a ningún corral de avestruces, porque resulta que para mencionar a este torpe y gracioso animal, los araucanos tenían una bonita palabra: “cheuque”, que ni remotamente se parece al nombre de nuestro pueblo. Y aquí viene lo interesante...
“Huange-lén” (así, sin “u” intermedia) quiere decir “Brillante como estrella”.
Eso, se asocia notablemente a “Lucero de la tarde”, que es la más brillante estrella del firmamento. Claro que los mapuches ignoraban que el tal lucero no es una estrella, sino un planeta: Venus.
Esta traducción no se me antojó a mí, faltaría más. Yo, de mapuche no sé una palabra, aunque algo he leído sobre este valeroso y admirable pueblo aborigen, el más tenaz y aguerrido que en toda la América hizo frente a los conquistadores españoles, infringiéndoles una derrota tras otra a lo largo de décadas de sangrienta ocupación.
Los datos que tan rotundamente consigno más arriba fueron publicados en la revista “Impactos”, año 3, número 27, editada en Punta Arenas el 7 de diciembre de 1991.
El artículo en el que consta esta afirmación hace referencia a los apellidos aborígenes de Colbuco y Chiloé, de autoría de los investigadores Esteban Barruel y Gilberto Ulloa.
La referencia a “Huange-lén” se la puede encontrar bajo el epígrafe “Designaciones antropomásticas del tipo impresionista”.
Eso es lo que, desde esta lejanía, desde este atardecer ecuatorial que ya se extinguió como el agua del termo, puedo aportar al pueblo que guardo en mi memoria y en mi corazón, y a toda su gente.
Si no me creen, búsquenlo y convénzanse por sí mismos, como hice yo. El dato está en un sitio de internet de nombre insólito: milodoncitychachacha.blogspot.com/2004
Mala suerte para los admiradores de los avestruces y felicitaciones para los contempladores de estrellas.
Un saludo para todos, parientes por la sangre o los afectos, y...
¡Hasta pronto, paisanos!
miércoles, 9 de mayo de 2007
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario