Por Ricardo de la Fuente
Hace veinte años, cuando me radiqué en Manta, éste era un pueblo chato y opaco, lleno de polvo y olor a pescado. Había unos cuantos ricachones y muchos, demasiados pobres. Los primeros tenían autos, piscinas y canchas de tenis, pero había quienes los catalogaban como “burros con plata”, porque no sabían hablar de otra cosa que de negocios y dinero. Los pobres no tenían nada, ni siquiera burros.
Si en esa época me hubieran hablado de un teatro lleno a reventar, con gente parada al fondo y viendo un espectáculo de danzas universales protagonizado por jóvenes mantenses, me habría sonado a disparate, a ciencia ficción.
Afortunadamente, el tiempo no pasa en vano. El viernes 2 de febrero, tuve que pellizcarme para convencerme de que lo que estaba viendo era verdad, cuando el elenco de danzas “Montedearte” celebró por todo lo alto, con un espectáculo de gran categoría, sus ocho años de existencia.
Con Pedrito Andrade y su hija tuvimos que peregrinar por las filas de butacas de la platea alta en busca de comodidades, que por fin hallamos en la atestada Sala de Conciertos de la Uleam. Pero siguió llegando gente y a muchos no les quedó más remedio que ver el espectáculo parados dentro de sus zapatos.
Claro, hubo un buen mercadeo. Por empezar, al “show” se le puso un nombre sugestivo: “Noche de Faldas, Bota y Tacón”, título con el cual se publicitó el evento a través de los medios, afiches exhibidos en los comercios y un colorido programa de mano.
Fernando Holguín tuvo a cargo la conducción de la velada, que se inició con una decena de danzas montubias (yo prefiero la “b” a la “v”) y se completó con una segunda parte dedicada a otros ritmos, con intermedios musicales de un buen trío de guitarristas y cantantes y el inefable Raymundo Zambrano, que trajo a escena a un renovado Don Pascual.
Como ya sabemos los que solemos acudir a estas convocatorias, Carlos Delgado y Jessie Sánchez son la pareja estelar, el alma y el corazón de “Montedearte”. Los dos aman la danza y a lo largo de ocho años, han trepado los peldaños que llevan al profesionalismo; no por nada bailaron en numerosas ciudades alemanas en vísperas del Mundial de Fútbol. Pero además de eso, de su intensa plasticidad, de su alegría y entrega, tienen el mérito de haber logrado disciplinar a sus compañeros Johnny Alcívar, Lizyael Sánchez, Leonardo Delgado, Juliana Murillo y Julia Carofilis, transmitiéndoles esa mística y esa pasión por el movimiento corporal hasta convertir al grupo en una ajustado mecanismo de relojería donde no hay vanidosos individualismos, sino arte de conjunto, grupo en acción sincronizada, gestos y pasos perfectamente ajustados con la música.
El repertorio permitió, además, el lucimiento del conjunto a través de la variedad. Las danzas costeñas aburrirían si fuesen todas iguales, pero no; nada de eso ocurrió porque se habían escogido valses, polkas, corridos y porros, fruto de una investigación profunda en las raíces de la música popular de la región.
La segunda parte fue incluso más diversa, porque pasó de las coreografías basadas en boleros tradicionales hasta una versión del famoso tango “El Choclo” (que por cierto, no es de la orquesta a la que se le atribuyó, sino de Angel Villoldo, con música de Enrique Santos Discépolo). Y en el medio, una sensual danza árabe interpretada por Jessie Sánchez, súbitamente convertida en una Shakira criolla.
En suma, “Montedearte” nos regaló una magnífica velada, gracias a ese puñado de jóvenes que hace menos de una década eran apenas unos chicos del montón y que hoy, gracias al esfuerzo, el trabajo, la disciplina, son unos verdaderos bailarines profesionales.
Y eso no es todo. En los próximos días debutará otro grupo de danza – el tercero – y se abrirá una nueva sala de cine en el Banco Central, desde la que se intenta romper el bloqueo cinematográfico de Hollywood. Vamos bien. El tiempo no pasa en vano…
miércoles, 9 de mayo de 2007
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