La historia lo demuestra: exceptuando al atún, la economía manabita no ha logrado echar raíces profundas y garantizar una explotación sostenida de la pródiga naturaleza costeña. La producción se desarrolla por temporadas, como las modas.
Por Ricardo de la Fuente*
Hubo un tiempo, a fines del siglo XIX y primeras décadas del XX, en que Manabí vivió un verdadero “boom” económico, al que se conoce como la etapa agroexportadora. Fue una especie de fiebre productiva y comercial que irradió trabajo, dinero y esperanzas, activó los negocios y tuvo fuerza suficiente como para justificar la construcción no de una, sino de dos líneas férreas.
¿Dos ferrocarriles en una sola provincia?. Pues, si; Manabí se dio ese lujo, gracias a la inversión francesa de la compañía “Autofer de l'Equateur” y de los competidores ingleses que fundaron, más al sur, la “Pacific Railroad Company”. Si uno mira los trazados de las hoy desaparecías vías férreas, verá que la primera iba desde Chone, Calceta y Tosagua hasta Bahía de Caráquez, mientras que la segunda enlazaba a Santa Ana con Manta, con escala en Portoviejo. En ambos casos, de lo que se trataba era de hacer rodar vagones de carga entre las zonas productivas del interior provincial, en ese entonces montañas casi vírgenes, y los dos principales puertos marítimos, muy frecuentados por vapores de todas las banderas.
¿Qué riquezas podían justificar la costosa instalación de dos ferrocarriles, ambos inaugurados en plena euforia de la Revolución Liberal de 1895? Esta pregunta tenía varias respuestas: el caucho, producto eminentemente tropical que se obtenía no sólo en las vastedades de la Amazonía sino también en las selvas costeñas; la tagua, que movía un negocio millonario; el cacao, que empezaba a ser apreciado en todo el Occidente; el café, que ya lo era; la leve y exótica madera de balsa, muy útil para la construcción de aviones…
Pero además de estas materias primas obtenidas de los bosques en estado natural, había un producto elaborado, el único que tenía valor agregado y manufactura humana: los afamados sombreros de paja toquilla, elaborados por tejedores de los campos manabitas y vendidos por millares en el istmo centroamericano con el genérico nombre de “Panamá hats”.
Las historiadoras locales Carmen Dueñas de Anhalzer y Tatiana Hidrovo de Briones han profundizado en este singular período del pasado regional, aportando valiosos datos sobre los volúmenes que marcaron el auge exportador, así como el impacto que estas repentinas fortunas tuvieron sobre la sociedad de la época, en especial en Montecristi, donde se fundó uno de los primeros bancos del país (incluso emitió moneda) o en Bahía de Caráquez, cuyo estuario recibía innumerables barcos, al tiempo que se establecían consulados extranjeros y prosperaba una casta aristocrática de refinados gustos.
Sigifredo Velásquez, otro estudioso de la economía provincial, afirma en su libro “Manabí y su época de oro”, de próxima aparición, que el auge exportador se extendió desde 1875 hasta 1924 y que en 1905, las exportaciones locales representaban el 17% del total nacional. Agrega que en este “milagro económico” tuvo mucha influencia la apertura del Canal de Panamá, que acortaba las singladuras marítimas.
La declinación vino gradualmente, cuando los camiones acabaron con las ferrovías, los sombreros de paja fueron reemplazados por los de paño, los botones de plástico se impusieron sobre los de tagua y hasta el caucho silvestre tuvo un sustituto petroquímico. La Segunda Guerra Mundial, en la que Ecuador fue casi forzado a tomar partido junto al bando aliado, dio un golpe de gracia a las empresas alemanas e italianas que operaban en el país y el comercio internacional se restringió fuertemente. Desde entonces, en la segunda mitad del siglo XX, la producción manabita ha jugado a la moda, apostando a uno u otro producto, poniendo todo sobre la mesa y generalmente, perdiéndolo todo. Veamos estos casos…
El boom cafetero
Entre los años 50 y 60's, el café se erigió en una de las fortalezas productivas del país. Las exportaciones fueron aumentando gradualmente, al amparo de buenos precios internacionales y un grupo reducido pero activo de exportadores tomaron el control del negocio, creando redes de abastecimiento y exigiendo ante el Estado la aplicación de controles de calidad, lo que derivó en la creación del Programa Nacional del Café, adscrito al Ministerio de Agricultura. A su vez, se instituyeron otros organismos privados, como COFENAC y ANECAFE, la asociación de los exportadores.
Si Jipijapa y Paján, en el sur de Manabí, fueron las zonas de producción y acopio, Manta se convirtió en la sede de los negocios, con patios de ensacado, flotas de camiones y oficinas en las que ya funcionaban hasta cincuenta equipos de télex.
Contrariamente a lo que sucedía en Colombia, Ecuador no creó una “cultura del café” y mucho menos una marca-país, pues nunca llegó a haber verdaderos caficultores, sino campesinos dueños de viejos cafetos, a los que prestaban atención una vez por año, para las épocas de la recolección. Por ello, la calidad siempre estuvo “volando bajo” y pese a los cursos, prédicas y campañas del Programa del Café, la renovación de cafetales no lograba calar en las fincas. Y es que entre exportadores e intermediarios que se quedaban con la mayor parte del pastel, los productores minifundistas no tenían mayores estímulos para innovar y producir más y mejor.
En resumen, el negocio se mantuvo sujeto al clima del sur de Brasil: si las heladas arruinaban sus cosechas, aquí había negocio y si no…
La entrada de Viet-nam en el club de caficultores hizo trizas los precios y el mercado. El negocio decayó incluso en Colombia, pero en Manta quedaron, como recuerdo de esa bonanza, los primeros edificios de varios pisos y dotados de ascensores, todos construidos por los exportadores en vísperas de su ruina colectiva.
El boom camaronero
Los camarones fueron, después del petróleo, uno de los principales rubros exportables del país a mediados de los 70s, antes de que la floricultura serrana se convirtiera en uno de los bastiones de la producción. La historia comenzó a mediados de esa década, cuando en la costa norte de Manabí – más concretamente junto al estuario del Río Chone, que desemboca en Bahía – se instaló en 1977 la primera piscina de engorde de camarones silvestres pescados en el mar. Las ganancias de los pioneros fueron lo suficientemente estimulantes para que durante los cinco años subsiguientes, decenas de personas se lanzaran prácticamente sobre los manglares, arrasándolos con maquinaria pesada para construir más y más piscinas.
Concomitantemente, el negocio generó otras iniciativas, como la captura de larvas, la construcción de laboratorios en tierra, la venta de insumos y bombas, los servicios de transporte aéreo y las empacadoras, que en Bahía – epicentro de las actividades – llegaron a ser más de una decena.
Prontamente acostumbrados a ganancias millonarias en cada cosecha, la nueva estirpe de los camaroneros se hizo notar con carros de lujo, mansiones y hasta yates o avionetas. Pocos diversificaron sus actividades en otros emprendimientos productivos, pensando tal vez que el éxito económico les acompañaría por el resto de sus vidas. Nada más equivocado: un microscópico virus venido de Asia fue responsable de la enfermedad conocida como white spot o “mancha blanca”, que vino a arruinar el negocio cuando más próspero era. La mitad de las camaroneras que habían sobrevivido a los estragos de “El Niño” de 1982, sucumbieron a la letal epizootia que sobrevino poco después. La consecuencia fue catastrófica, no sólo para los productores, exportadores y comerciantes, sino también para los manglares costeros, víctimas directas de los “daños colaterales”.
Últimamente, los antiguos niveles de producción se han recuperado, pero los precios no, porque otros competidores eficientes en Centroamérica y el norte de Brasil, han desplazado a los acuicultores criollos.
El boom avícola
Criar pollos de granja y venderlos o exportarlos junto con los huevos, fue el gran negocio de muchos manabitas por esos mismos años. En ciertos casos, como en el del empresario César Fernández Cevallos, este quehacer fue complementario al de la explotación camaronera. La avicultura, al igual que en el caso anterior, fue toda una fiebre en el Manabí central, incluyendo a Chone, Junín, Bahía, Portoviejo y Jipijapa, donde las granjas proliferaron y el pollo ganó las preferencias de los paladares porque, además, nunca tuvo tan bajos precios en decenas de improvisados asaderos.
Hasta 1982, el pollo era uno de los alimentos más baratos, generaba miles de puestos de trabajo, movía millones de sucres y era exportado a Colombia. Todo un nuevo boom productivo. Pero a fines de ese año se descargó con fuerza inusitada el fenómeno de “El Niño” que no sólo interrumpió carreteras y cortó abastecimientos, sino que además destruyó la infraestructura, poniendo un triste final a lo que se estaba convirtiendo en una nueva alternativa de producción. Otro ciclo que concluía…
El boom de la pesca
¡El mundo quiere comer pescado fresco! ¡A pescarlo, se ha dicho!. Ese pareció ser el grito de guerra de animosos jóvenes, mantenses en su mayoría, que hasta entonces sólo habían visto pescados sobre sus platos, a la hora de comer.
De pronto, alguien se había hecho rico vendiendo a las empacadoras lo que habían capturado en una o dos noches de faena y a la mañana siguiente, todos querían ser armadores de lanchas pesqueras. Vendiendo vehículos o gestionando préstamos bancarios, compraban una o dos embarcaciones y las equipaban con todo lo necesario, gente incluida, porque la habilidad para la pesca siempre ha sido un secreto de los cholos de la costa. Pero la honestidad no era parte de los contratos: muchos pescadores de ancestro declaraban al llegar menos de lo que realmente habían cogido y se vio el caso de médicos o arquitectos, e incluso de señoras con ínfulas empresariales, mareándose sobre las olas con tal de constatar que no hubiese ventas subrepticias en medio del mar.
Ya para entonces, aviones cargueros como el de Million Air que cayó en 1996 sobre un barrio de Manta, salían diariamente del aeropuerto llevando pescado fresco a los Estados Unidos.
Sin embargo, la ley del mar es que el pez grande se come al chico, y así sucedió con los novatos empresarios pesqueros, que gradualmente fueron cediendo el lugar a las empresas especializadas y a quienes, realmente saben pescar.
La maracuyá
“No llegó a ser un boom, dice Velásquez; más bien una pequeña burbuja productiva”. Pero lo cierto es que a fines de los 80s, muchos agricultores de la zona de San Vicente, frente a Bahía, tumbaron sus cafetales para reemplazarlos por las siembras de maracuyá, atraídos por la posibilidad de altas rentabilidades. Esta sí fue una verdadera moda, por lo entusiasta y volátil. Se llegó a crear una asociación de productores en un intento por defender los precios, pero al no haber posibilidades de industrialización en el área, las extractoras de jugos pusieron los precios y éstos se vinieron abajo tan rápiudamente como habían subido. La oferta volvió a sobresaturar el mercado.
Importancia del valor agregado
En resumen, la productividad manabita parece predestinada a repetir sus experiencias en un flujo de éxitos espectaculares seguido de un reflujo de estrepitosos descalabros, todo en el lapso de unos pocos años de efímera gloria.
El problema es que una vez caídos, los potentados de ayer ya no se resignan a las privaciones y se dejan seducir fácilmente por la opción del dinero fácil, aunque de origen espurio. No de otra manera se explica que un antiguo “barón del café” haya estado preso por narcotráfico, que el antaño “Rey de los pollos” cumpla condena por el mismo delito y que un muy apreciado empresario pesquero haya corrido la misma suerte, acusado de lavado de dinero.
Con 19.000 kilómetros cuadrados de valles y ríos – poco menos que la superficie de Israel – Manabí ha sido desde siempre una provincia agropecuaria, dueña de los mayores hatos ganaderos del país y de la segunda mayor producción de maíz. Sus posibilidades de explotación son inmensas, pero las prácticas de cultivo datan de la Edad Media.
No hay un plan gubernamental coherente para fomentar la práctica de determinados cultivos y menos, para darles valor agregado y hacer de ellos estrellas de calidad exportable.
La única excepción está dada por el atún, que es industrializado y exportado al mundo entero en una veintena de procesadoras de Manta desde 1950. Y es precisamente esta cadena productiva – la que confiere valor agregado a las materias primas - la que ha determinado el despegue de Manta como ciudad, en detrimento de las restantes.
Perpetuamente ocupados en resolver urgentes dilemas de coyuntura política, los gobiernos omiten la misión de despertar las fuerzas productivas mediante hábiles y sostenidas políticas de Estado apuntadas a hacer de la agricultura y la ganadería, así como de la agroindustria y otros recursos, la panacea de todos los males presentes y futuros.
O al menos, de gran parte de ellos.-
miércoles, 9 de mayo de 2007
El misterio de los Soles de Oro
* Un inhabitual debate tuvo lugar en Manta, cuando se discutió acerca del origen de los soles de oro que inspiraron el emblema del Banco Central del Ecuador. Polémica y revelaciones.
Texto y fotos: Ricardo de la Fuente
MANTA.- Los “Soles de Oro”, esos artísticos íconos que en dos versiones muy parecidas se conservan en el museos en Quito y Guayaquil del Banco Central del Ecuador, cuyo emblema inspiraron, fueron fundidos posiblemente en el mismo día y por un mismo orfebre aborigen, en una época tan remota que Jesucristo podría haber estado en pañales o incluso, no haber nacido todavía.
Esta revelación fue hecha en Manta cuando concluía el mes de enero del presente año, por el arqueólogo ecuatoriano Francisco Valdez, doctorado en Francia. Valdez sometió partículas de estas joyas arqueológicas al análisis metalúrgico profundo de un activador de neutrones , sofisticado instrumento científico que bajo el nombre de “ciclotrón” existe en Orleàns, cerca de París. El resultado fue que las muestras arrojaron datos sorprendentes sobre las composiciones de ambos metales preciosos, que fueron idénticas en cuanto a las infinitesimales cantidades de platino, paladio y otros minerales contenidos en los dos soles.
Además, dijo el Dr. Valdez, quien repujó las finísimas láminas de oro, no fue un vulgar aprendiz, sino un verdadero artista orfebre de su época, que plasmó en esas representaciones del astro rey los rasgos principales de su cultura, tipificada por los estudiosos como el período clásico de La Tolita, que floreció desde 200 años antes del nacimiento de Cristo y 200 o 250 años después del comienzo de la Era Cristiana.
65 años de misterio
Pero, ¿qué hacían estos soles enterrados en una montaña de Convento, en el cantón Chone de la provincia de Manabí?. El arqueólogo supone que así como en Lambayeque, Perú, se halló una pieza perteneciente a La Tolita, los soles de oro pudieron ser llevados por sus fabricantes como un espectacular obsequio a otros pueblos vecinos. “Las antiguas culturas eran tan dinámicas antes como lo son ahora. Los bienes iban y venían como producto de intercambios o conquistas”, agregó el investigador.
El primer sol de oro fue hallado en 1939 en el sitio La Mongoya, no se sabe si aisladamente o con el otro. Los huaqueros que los encontraron destruyeron el enterramiento, que debió ser la sepultura de algún gran dignatario indio, y con él, toda pista acerca de su origen. La piezas tomaron distintos caminos; una fue llevada a Cuenca hecha un bollo de metal, donde la compró el suizo Max Konantz, quien estiró cuidadosamente los rayos, uno por uno, hasta desplegar la plancha áurea y comprobar de qué se trataba. La otra, fue adquirida, o tal vez hallada en el mismo sitio, por el arqueólogo e historiador guayaquileño Víctor Emilio Estrada, de cuya colección particular entró a formar parte.
En 1968, cuando el arquitecto Hernán Crespo Toral se puso al frente de la tarea de organizar los museos del Banco Central, las valiosas joyas precolombinas constaban entre las colecciones adquiridas a Konantz y los herederos de Estrada, respectivamente. Crespo Toral, quien como responsable del área debía clasificar miles de restos, estimó que por su estilo, esos soles pertenecerían a La Tolita, esa isla-tesoro de Esmeraldas que era depositaria de tantas riquezas casi a flor de tierra. Como en la época de su fundación el Banco Central requería de una identidad corporativa, fue el propio Crespo Toral quien sugirió que uno de esos antiquísimos soles podría ser usado como logotipo, y así se hizo.
Brillos polémicos
Ya en los tiempos actuales y en ocasión de un encuentro científico en Quito, la arqueóloga norteamericana Karen Olsen Burns afirmó que los soles de oro que se atribuían a La Tolita correspondían a las culturas asentadas en lo que hoy es la región del Azuay, pero con marcada influencia de los Andes centrales. “Fue como arrojar un fósforo encendido en un polvorín”, recuerda Valdez, a causa de la polémica que generó esa aseveración. En 1997, fue una arqueóloga italiana, Constanza di Capua, quien refutó a su colega estadounidense al afirmar que los soles debían de provenir de la cultura Jama-Coaque, que se extendió hace cientos de años en la costa central del Ecuador.
¿Soles costeños o serranos?. Y si eran costeños, ¿provenían del norte o del centro?. ¿Manabitas o esmeraldeños?. Con su opúsculo “El sol de oro es manabita”, publicado el año pasado, el intelectual portovejense Douglas Vaca Vera, un autonomista confeso, sólo echó más leña al fuego al afirmar que la desnaturalización del origen de ambas piezas perseguía propósitos centralizadores, responsabilizando de ello a Hernán Crespo Toral, entre otros. “Lo que sucede es que la historia la escriben los vencedores y Manabí es una provincia vencida, por eso se le ha negado el derecho a ostentar su propia cultura”, argumentó.
La verdad reluce como el oro
Finalmente, la ocasión de “desfacer este entuerto” vino de la mano de la Casa de la Cultura (que en Manabí se ha segregado de la matriz), cuando su representante en Manta, el arquitecto José Cevallos Murillo, amigo de Douglas Vaca y de Hernán Crespo, les invitó a confrontar sus tesis públicamente.
En el duelo hubo padrinos: Crespo Toral se apoyó en el arqueólogo Valdez, y Vaca Vera en un versado profesor manabita, José Francisco García. También participó Jacqueline de Munizaga, arqueóloga aficionada y directora, durante más de 20 años, del Museo del Banco Central en Manta.
Las irrefutables pruebas científicas que Valdez trajo en su maletín despejaron toda duda acerca de los discutidos soles de oro. Son de la cultura La Tolita aunque se los haya encontrado en territorio de Manabí, lo cual nadie discute.El encuentro, cortés pero valiente, (porque lo uno no quita lo otro) posibilitó que cada parte expresara sus verdades y opiniones, pero finalmente todo culminó con un espectáculo de danza y un brindis “para que haya más arqueólogos y antropólogos” en una provincia que no tiene ninguno y que sin embargo, es la que más vestigios ha aportado a la iconografía del pasado ecuatoriano.-
Texto y fotos: Ricardo de la Fuente
MANTA.- Los “Soles de Oro”, esos artísticos íconos que en dos versiones muy parecidas se conservan en el museos en Quito y Guayaquil del Banco Central del Ecuador, cuyo emblema inspiraron, fueron fundidos posiblemente en el mismo día y por un mismo orfebre aborigen, en una época tan remota que Jesucristo podría haber estado en pañales o incluso, no haber nacido todavía.
Esta revelación fue hecha en Manta cuando concluía el mes de enero del presente año, por el arqueólogo ecuatoriano Francisco Valdez, doctorado en Francia. Valdez sometió partículas de estas joyas arqueológicas al análisis metalúrgico profundo de un activador de neutrones , sofisticado instrumento científico que bajo el nombre de “ciclotrón” existe en Orleàns, cerca de París. El resultado fue que las muestras arrojaron datos sorprendentes sobre las composiciones de ambos metales preciosos, que fueron idénticas en cuanto a las infinitesimales cantidades de platino, paladio y otros minerales contenidos en los dos soles.
Además, dijo el Dr. Valdez, quien repujó las finísimas láminas de oro, no fue un vulgar aprendiz, sino un verdadero artista orfebre de su época, que plasmó en esas representaciones del astro rey los rasgos principales de su cultura, tipificada por los estudiosos como el período clásico de La Tolita, que floreció desde 200 años antes del nacimiento de Cristo y 200 o 250 años después del comienzo de la Era Cristiana.
65 años de misterio
Pero, ¿qué hacían estos soles enterrados en una montaña de Convento, en el cantón Chone de la provincia de Manabí?. El arqueólogo supone que así como en Lambayeque, Perú, se halló una pieza perteneciente a La Tolita, los soles de oro pudieron ser llevados por sus fabricantes como un espectacular obsequio a otros pueblos vecinos. “Las antiguas culturas eran tan dinámicas antes como lo son ahora. Los bienes iban y venían como producto de intercambios o conquistas”, agregó el investigador.
El primer sol de oro fue hallado en 1939 en el sitio La Mongoya, no se sabe si aisladamente o con el otro. Los huaqueros que los encontraron destruyeron el enterramiento, que debió ser la sepultura de algún gran dignatario indio, y con él, toda pista acerca de su origen. La piezas tomaron distintos caminos; una fue llevada a Cuenca hecha un bollo de metal, donde la compró el suizo Max Konantz, quien estiró cuidadosamente los rayos, uno por uno, hasta desplegar la plancha áurea y comprobar de qué se trataba. La otra, fue adquirida, o tal vez hallada en el mismo sitio, por el arqueólogo e historiador guayaquileño Víctor Emilio Estrada, de cuya colección particular entró a formar parte.
En 1968, cuando el arquitecto Hernán Crespo Toral se puso al frente de la tarea de organizar los museos del Banco Central, las valiosas joyas precolombinas constaban entre las colecciones adquiridas a Konantz y los herederos de Estrada, respectivamente. Crespo Toral, quien como responsable del área debía clasificar miles de restos, estimó que por su estilo, esos soles pertenecerían a La Tolita, esa isla-tesoro de Esmeraldas que era depositaria de tantas riquezas casi a flor de tierra. Como en la época de su fundación el Banco Central requería de una identidad corporativa, fue el propio Crespo Toral quien sugirió que uno de esos antiquísimos soles podría ser usado como logotipo, y así se hizo.
Brillos polémicos
Ya en los tiempos actuales y en ocasión de un encuentro científico en Quito, la arqueóloga norteamericana Karen Olsen Burns afirmó que los soles de oro que se atribuían a La Tolita correspondían a las culturas asentadas en lo que hoy es la región del Azuay, pero con marcada influencia de los Andes centrales. “Fue como arrojar un fósforo encendido en un polvorín”, recuerda Valdez, a causa de la polémica que generó esa aseveración. En 1997, fue una arqueóloga italiana, Constanza di Capua, quien refutó a su colega estadounidense al afirmar que los soles debían de provenir de la cultura Jama-Coaque, que se extendió hace cientos de años en la costa central del Ecuador.
¿Soles costeños o serranos?. Y si eran costeños, ¿provenían del norte o del centro?. ¿Manabitas o esmeraldeños?. Con su opúsculo “El sol de oro es manabita”, publicado el año pasado, el intelectual portovejense Douglas Vaca Vera, un autonomista confeso, sólo echó más leña al fuego al afirmar que la desnaturalización del origen de ambas piezas perseguía propósitos centralizadores, responsabilizando de ello a Hernán Crespo Toral, entre otros. “Lo que sucede es que la historia la escriben los vencedores y Manabí es una provincia vencida, por eso se le ha negado el derecho a ostentar su propia cultura”, argumentó.
La verdad reluce como el oro
Finalmente, la ocasión de “desfacer este entuerto” vino de la mano de la Casa de la Cultura (que en Manabí se ha segregado de la matriz), cuando su representante en Manta, el arquitecto José Cevallos Murillo, amigo de Douglas Vaca y de Hernán Crespo, les invitó a confrontar sus tesis públicamente.
En el duelo hubo padrinos: Crespo Toral se apoyó en el arqueólogo Valdez, y Vaca Vera en un versado profesor manabita, José Francisco García. También participó Jacqueline de Munizaga, arqueóloga aficionada y directora, durante más de 20 años, del Museo del Banco Central en Manta.
Las irrefutables pruebas científicas que Valdez trajo en su maletín despejaron toda duda acerca de los discutidos soles de oro. Son de la cultura La Tolita aunque se los haya encontrado en territorio de Manabí, lo cual nadie discute.El encuentro, cortés pero valiente, (porque lo uno no quita lo otro) posibilitó que cada parte expresara sus verdades y opiniones, pero finalmente todo culminó con un espectáculo de danza y un brindis “para que haya más arqueólogos y antropólogos” en una provincia que no tiene ninguno y que sin embargo, es la que más vestigios ha aportado a la iconografía del pasado ecuatoriano.-
El misterioso toilette de damas
¿Qué impulsa a las féminas a ir al baño “en gallada”?. Entretelones de un hábito social que no ha sido estudiado por ningún sociólogo vago.
Por Ricardo de la Fuente
A usted le ha pasado. Recuérdelo. Usted estaba en una reunión social cualquiera – discoteca, baile popular, coctel elegante, fiesta de quince o lo que fuere – y en torno a su mesa había tres, cuatro o diez mujeres; tampoco importa.
De pronto, sin previo aviso, sin que nada haya sucedido a manera de advertencia, la mitad de las mujeres presentes se ponen de pie, dicen “permiso” y sin aguardar a que se los den, se van en gajo.
Así, de uán-pin-pon...
Los hombres interrumpen sus diálogos y cada uno piensa si ha dicho alguna majadería que las ofendió, pero tres segundos más tarde asimilan la situación. No, las chicas no se ofendieron; ellas, simplemente se fueron al baño.
Los varones estamos acostumbrados a este comportamiento colectivo del bello sexo y por eso, ni siquiera preguntamos cuando las vemos incorporarse y partir todas a una, como en Fuenteovejuna. O, para citar un ejemplo más cercano, como en los grandes levantamientos indígenas, que eso es lo que parece la femenina costumbre.
Códigos secretos
Ahora bien; hay muchas preguntas que quedan flotando en el ambiente y que nunca han sido analizadas a fondo por alguna de esas universidades gringas que todo lo estudian, hasta las cosas más raras del planeta, y que suelen acompañar con sus inevitables encuestas.
Por ejemplo: ¿cómo diablos hacen las mujeres para que les dé ganas de hacer pis al mismo tiempo y lo que es peor, para que se lo informen mutuamente sin abrir la boca?. Los hombres somos simples, francos, directos y a veces, hasta brutales.
- “Suspendan la charla; voy a echarme una meada y vuelvo”, aclaramos si hay suficiente confianza con los contertulios. Si no la hay, solemos decir
- “Perdón. Voy al baño un instante y enseguida estoy con ustedes”.
¡Pero decimos que vamos al baño!. De ninguna manera puede pensarse que nos vamos porque nos aburre la charla, porque reconocimos a una amiga riquísima en otra mesa cercana o porque nos largamos sin pagar. La sinceridad ante todo.
Las mujeres, no. Ellas van, pero no dicen donde, uno tiene que adivinarlo. También tiene que intuir cuál de ellas fue la que invitó telepáticamente a las demás (que es la que se ha de estar orinando encima) porque, como todas se levantan exactamente en el mismo instante, en un acto tan simultáneo que puede crear desconcierto y hasta un conato de pánico, la identidad de la meona de turno queda clasificada.
Esa es, precisamente, una de las claves del movimiento. El disimulo. Generalmente, una de ellas, sólo una, es la que realmente tiene ganas y las demás se prestan para cubrirla y brindarle escolta.
¿Escolta para qué?. Eso fue lo que preguntamos la otra noche a unas amigas, a quienes los buenos tragos habían soltado la lengua y por primera vez, esas incógnitas fueron develadas al sexo masculino.
Secretos de toilette
“Nosotras, las mujeres – dijeron – somos diferentes a ustedes”.
“¡¡Vive la differance!!”, exclamó uno de los amigos, en parte porque el trago estaba bastante bueno y le invitaba a afrancesarse y también para saludar tan extraordinario descubrimiento fisiológico.
Ignorando la interrupción, la interpelada prosiguió: “Ustedes pueden orinar en cualquier parte y sin ningún problema. Hasta un árbol, una pared, un poste de teléfonos, les viene bien. Sólo les falta alzar la pata para parecerse a un perro. (sonaron carraspeos ofendidos). Pero para nosotras, la cosa es diferente. Las mujeres necesitamos privacidad, una puerta bien cerrada, un inodoro, papel, higiene, luz suficiente y, si es posible, un buen espejo”.
“... y compañía”, volvió a interrumpir el amigo.
“Si, compañía, porque cuando estamos en un lugar que no es nuestra casa, un sitio público, el baño puede ser una amenaza, más que una ayuda. Y además, ¿quién ha dicho que vamos sólo a orinar?. Ir al toilette es algo más que satisfacer una necesidad biológica; es como un pequeño paseo, que nos sirve para reconocer el lugar, ver quien está, comentar algo sobre la velada (¡claro, ustedes dirían chismear!), arreglarnos el vestido y el maquillaje y en fin, todas esas cosas tan de nosotras, tan femeninas...”
“¿Y quieren saber algo más?, intervino otra del grupo de infidentes. A veces, ni siquiera hacemos pis, nos dedicamos a todo lo demás”.
A esas alturas de las revelaciones, el asombro cundía entre los que escuchábamos. Huelga decir que a ninguno de nosotros se nos ocurriría ir a celebrar reuniones de petit-comité al baño, so pena de que nos mirasen muy mal.
Pero no sólo de eso nos enteramos en esa memorable e íntima conversación. Pudimos saber otros detalles tan sabrosos como escabrosos; por ejemplo que...
Las mujeres hacen de campana y guardaespaldas, al estilo de los mafiosos. Una siempre se queda sosteniendo la puerta, aunque esté cerrada con pasador.
Algunas, si son solteras, se sortean en el baño a cuáles de sus acompañantes coquetearán.
Otras se reclaman por “cruzarse” con novios, pretendidos o maridos. En los baños se suelen ventilar broncas y hasta tiradas de mechas. (Y uno, ni se entera...)
A la gran mayoría de las damas, les obsesiona la higiene, como si todas las demás usuarias fueran unas apestadas. En esos casos...
Rara vez se sientan sobre la taza. Sólo se agachan como arqueros a punto de atajar un penal. Eso produce fallas de puntería y explica que los pisos queden más encharcados que en los baños de hombres.
Otras se suben sobre la taza, en posiciones tanto o más antiestéticas que la anterior. Eso explica las tazas rotas, partidas por la mitad.
Muchas no bajan la válvula con la mano, sino con el pie.
Otras - o las mismas – no tocan grifos o pomos de cerraduras si antes no las envuelven con papel higiénico o servilletas. Eso explica el derroche de papel por todas partes. Y, finalmente...
Algunas usuarias se dedican a escribir tremendas patanadas, vascosidades sin límites, en las paredes de los baños.
Eso, es inexplicable...
Por Ricardo de la Fuente
A usted le ha pasado. Recuérdelo. Usted estaba en una reunión social cualquiera – discoteca, baile popular, coctel elegante, fiesta de quince o lo que fuere – y en torno a su mesa había tres, cuatro o diez mujeres; tampoco importa.
De pronto, sin previo aviso, sin que nada haya sucedido a manera de advertencia, la mitad de las mujeres presentes se ponen de pie, dicen “permiso” y sin aguardar a que se los den, se van en gajo.
Así, de uán-pin-pon...
Los hombres interrumpen sus diálogos y cada uno piensa si ha dicho alguna majadería que las ofendió, pero tres segundos más tarde asimilan la situación. No, las chicas no se ofendieron; ellas, simplemente se fueron al baño.
Los varones estamos acostumbrados a este comportamiento colectivo del bello sexo y por eso, ni siquiera preguntamos cuando las vemos incorporarse y partir todas a una, como en Fuenteovejuna. O, para citar un ejemplo más cercano, como en los grandes levantamientos indígenas, que eso es lo que parece la femenina costumbre.
Códigos secretos
Ahora bien; hay muchas preguntas que quedan flotando en el ambiente y que nunca han sido analizadas a fondo por alguna de esas universidades gringas que todo lo estudian, hasta las cosas más raras del planeta, y que suelen acompañar con sus inevitables encuestas.
Por ejemplo: ¿cómo diablos hacen las mujeres para que les dé ganas de hacer pis al mismo tiempo y lo que es peor, para que se lo informen mutuamente sin abrir la boca?. Los hombres somos simples, francos, directos y a veces, hasta brutales.
- “Suspendan la charla; voy a echarme una meada y vuelvo”, aclaramos si hay suficiente confianza con los contertulios. Si no la hay, solemos decir
- “Perdón. Voy al baño un instante y enseguida estoy con ustedes”.
¡Pero decimos que vamos al baño!. De ninguna manera puede pensarse que nos vamos porque nos aburre la charla, porque reconocimos a una amiga riquísima en otra mesa cercana o porque nos largamos sin pagar. La sinceridad ante todo.
Las mujeres, no. Ellas van, pero no dicen donde, uno tiene que adivinarlo. También tiene que intuir cuál de ellas fue la que invitó telepáticamente a las demás (que es la que se ha de estar orinando encima) porque, como todas se levantan exactamente en el mismo instante, en un acto tan simultáneo que puede crear desconcierto y hasta un conato de pánico, la identidad de la meona de turno queda clasificada.
Esa es, precisamente, una de las claves del movimiento. El disimulo. Generalmente, una de ellas, sólo una, es la que realmente tiene ganas y las demás se prestan para cubrirla y brindarle escolta.
¿Escolta para qué?. Eso fue lo que preguntamos la otra noche a unas amigas, a quienes los buenos tragos habían soltado la lengua y por primera vez, esas incógnitas fueron develadas al sexo masculino.
Secretos de toilette
“Nosotras, las mujeres – dijeron – somos diferentes a ustedes”.
“¡¡Vive la differance!!”, exclamó uno de los amigos, en parte porque el trago estaba bastante bueno y le invitaba a afrancesarse y también para saludar tan extraordinario descubrimiento fisiológico.
Ignorando la interrupción, la interpelada prosiguió: “Ustedes pueden orinar en cualquier parte y sin ningún problema. Hasta un árbol, una pared, un poste de teléfonos, les viene bien. Sólo les falta alzar la pata para parecerse a un perro. (sonaron carraspeos ofendidos). Pero para nosotras, la cosa es diferente. Las mujeres necesitamos privacidad, una puerta bien cerrada, un inodoro, papel, higiene, luz suficiente y, si es posible, un buen espejo”.
“... y compañía”, volvió a interrumpir el amigo.
“Si, compañía, porque cuando estamos en un lugar que no es nuestra casa, un sitio público, el baño puede ser una amenaza, más que una ayuda. Y además, ¿quién ha dicho que vamos sólo a orinar?. Ir al toilette es algo más que satisfacer una necesidad biológica; es como un pequeño paseo, que nos sirve para reconocer el lugar, ver quien está, comentar algo sobre la velada (¡claro, ustedes dirían chismear!), arreglarnos el vestido y el maquillaje y en fin, todas esas cosas tan de nosotras, tan femeninas...”
“¿Y quieren saber algo más?, intervino otra del grupo de infidentes. A veces, ni siquiera hacemos pis, nos dedicamos a todo lo demás”.
A esas alturas de las revelaciones, el asombro cundía entre los que escuchábamos. Huelga decir que a ninguno de nosotros se nos ocurriría ir a celebrar reuniones de petit-comité al baño, so pena de que nos mirasen muy mal.
Pero no sólo de eso nos enteramos en esa memorable e íntima conversación. Pudimos saber otros detalles tan sabrosos como escabrosos; por ejemplo que...
Las mujeres hacen de campana y guardaespaldas, al estilo de los mafiosos. Una siempre se queda sosteniendo la puerta, aunque esté cerrada con pasador.
Algunas, si son solteras, se sortean en el baño a cuáles de sus acompañantes coquetearán.
Otras se reclaman por “cruzarse” con novios, pretendidos o maridos. En los baños se suelen ventilar broncas y hasta tiradas de mechas. (Y uno, ni se entera...)
A la gran mayoría de las damas, les obsesiona la higiene, como si todas las demás usuarias fueran unas apestadas. En esos casos...
Rara vez se sientan sobre la taza. Sólo se agachan como arqueros a punto de atajar un penal. Eso produce fallas de puntería y explica que los pisos queden más encharcados que en los baños de hombres.
Otras se suben sobre la taza, en posiciones tanto o más antiestéticas que la anterior. Eso explica las tazas rotas, partidas por la mitad.
Muchas no bajan la válvula con la mano, sino con el pie.
Otras - o las mismas – no tocan grifos o pomos de cerraduras si antes no las envuelven con papel higiénico o servilletas. Eso explica el derroche de papel por todas partes. Y, finalmente...
Algunas usuarias se dedican a escribir tremendas patanadas, vascosidades sin límites, en las paredes de los baños.
Eso, es inexplicable...
En defensa del “carro viejo”
· ¿Quién ha dicho que un carro último modelo es lo ideal?.
· Poderosas razones que demuestran lo contrario.
Por Ricardo de la Fuente
“¿Tienes un enemigo y quieres verlo sufrir?. Regálale un carro viejo”. Alguien me contó este dicho que había oído en Colombia, donde tantos y tan ocurrentes refranes inventan, una vez que me vio maldecir ya no contra un mecánico en particular, sino contra todo el gremio de Mecánicos y Afines, que no podían encontrar una falla en mi Morris Marina del 85.
Un día, harto de empujarlo mientras veinte conductores pitaban exasperados detrás de mí, lo vendí y con lo que me dieron, compré un Fiat Polski modelo 89. Es decir, un carro cuatro años más moderno porque, caramba, hay que actualizarse. Con ese vehículo me las he arreglado hasta hoy, en que pasamos holgadamente la frontera del año 2000. Es decir, envejecemos juntos, el carro y yo.
“¡Oiga, maestro, usted ya debería tener un carro más moderno!”, me reclamó hace unos días un amigo librero. Yo me reí, encogiéndome de hombros. “Cierto, le contesté. Debería tener un montón de cosas más modernas, pero, ¿para qué?. Me siento cómodo y feliz con las que tengo”.
Luego, mientras regresaba a mi casa, puse en una balanza las ventajas y las desventajas de comprar un carro de último modelo, y llegué a la conclusión de que el país donde vivimos, Ecuador, no se presta para ciertas modernidades. Mire usted por qué:
· En primer lugar, la red vial no acompaña. Las carreteras son estrechas, onduladas, llenas de curvas y sin largas rectas. Si usted tiene un Porsche, una Maseratti o un buen Mercedes, es decir un vehículo potente y veloz, nunca podrá usarlo en toda su capacidad de desplazamiento, porque correría el riesgo de salir volando con carro y todo en la próxima esquina. ¿O no?.
· Los carros modernos son, generalmente, muy bajos. Están hechos para rodar en autopistas y calles del primer mundo, donde no hay piedras, baches, puercos que se cruzan y especialmente, esos “policías acostados” que pueblan todas las carreteras del país. He visto a muchos “últimos modelo” quedar colgados por el medio o raspar sus panzas contra el lomo de camello de los rompe-velocidades.
· Los vehículos nuevos son estúpidamente caros en el país. El mismo automóvil que en el exterior cuesta 10.000 dólares, aquí vale 15.000 o 18.000 dólares. Eso no es un secreto; todo el mundo lo sabe, así que no me pregunten por qué es así. ¡Así es, y punto!.
· Hay ladrones a quienes les encanta robar carros. Los ladrones se presentan en dos variedades: el especialista que se mete con una ganzúa y se va tranquilamente, y el que te arranca el carro apuntándote con una ametralladora. Cuanto más nuevo, brillante y costoso es el carro, tanto mejor para el choro. Más rápidamente podrá huir y desbaratarlo o sentarse a esperar el rescate.
· Los carros modernos están llenos de tecnología de avanzada. Tienen sensores, computadoras, sistemas integrados, microchips, nódulos poliméricos y fibroconductos de permanganato de silicio. Cuando algo de esto se daña, no hay Cristo que haga andar el carro, porque nuestros mecánicos sólo se defienden de esas avalanchas tecnológicas con una gata, un desarmador, un playo y un pedazo de alambre. Hay que recurrir a los talleres autorizados, que tienen instrumentos y patente de corso para cobrar lo que les dé la gana.
· Un carro moderno, aniñado, sólo bebe gasolina súper, que cuesta tres dólares el galón y aún así, tiene menos octanaje y más plomo que lo recomendado por los fabricantes. A veces también trae kérex o agua y en ese caso, ¡agárrese, compañero!.
Ya van unas cuantas razones. Pero, por si no aún le quedan dudas, ahí les va otra:
· Faltaban los costos financieros del carro flamante. ¿No lo va a asegurar?. ¡Le conviene hacerlo!. Pero prepárese a pagar una póliza que va de acuerdo con el valor del vehículo. Si usted quería lujo, su seguro también será de lujo. Y la matriculación –ese fastidioso rito anual que tanto tiempo y paciencia exige de todos los ciudadanos- se mueve con el mismo criterio: a más carro, más matrícula. ¡Y guay se le olvide de hacerlo uno o dos años, porque cuando regrese, le caerá el hacha. (Eso, siempre y cuando al gobierno no se le ocurra gravar con un impuesto “especial y único” a los automovilistas, como ya ha sucedido en más de una ocasión).
Como usted podrá apreciar, aquí se han enumerado una serie de razones que son verdaderos argumentos, de demoledora contundencia en contra de un “carro del año”.
Por eso, me siento satisfecho con las modestas prestaciones de un carro que me costó barato porque lo compré al contado, que es fuerte, sencillo, amplio y sufridor, que consume gasolina extra (porque con la otra se marea), cuyos repuestos están por todas partes y que cualquier mecánico, por chapucero que sea, puede reparar o adaptar sin que el carro diga ni pío.
Ando tranquilo por la calle, porque los ladrones ni me miran y cuando me toca matricular, me río de los que protestan, porque a mí me cuesta una bicoca.
Ventaja adicional: he pasado tantas horas en el taller, que ya conozco el motor como la palma de mi mano y hasta aprendí a reparar ciertos desperfectos.
Cualquiera podría comprar mi Fiat Polski del 89, pero, qué pena, no está de venta.
El día que lo haga, será para comprar un Ford T, modelo 1910...
· Poderosas razones que demuestran lo contrario.
Por Ricardo de la Fuente
“¿Tienes un enemigo y quieres verlo sufrir?. Regálale un carro viejo”. Alguien me contó este dicho que había oído en Colombia, donde tantos y tan ocurrentes refranes inventan, una vez que me vio maldecir ya no contra un mecánico en particular, sino contra todo el gremio de Mecánicos y Afines, que no podían encontrar una falla en mi Morris Marina del 85.
Un día, harto de empujarlo mientras veinte conductores pitaban exasperados detrás de mí, lo vendí y con lo que me dieron, compré un Fiat Polski modelo 89. Es decir, un carro cuatro años más moderno porque, caramba, hay que actualizarse. Con ese vehículo me las he arreglado hasta hoy, en que pasamos holgadamente la frontera del año 2000. Es decir, envejecemos juntos, el carro y yo.
“¡Oiga, maestro, usted ya debería tener un carro más moderno!”, me reclamó hace unos días un amigo librero. Yo me reí, encogiéndome de hombros. “Cierto, le contesté. Debería tener un montón de cosas más modernas, pero, ¿para qué?. Me siento cómodo y feliz con las que tengo”.
Luego, mientras regresaba a mi casa, puse en una balanza las ventajas y las desventajas de comprar un carro de último modelo, y llegué a la conclusión de que el país donde vivimos, Ecuador, no se presta para ciertas modernidades. Mire usted por qué:
· En primer lugar, la red vial no acompaña. Las carreteras son estrechas, onduladas, llenas de curvas y sin largas rectas. Si usted tiene un Porsche, una Maseratti o un buen Mercedes, es decir un vehículo potente y veloz, nunca podrá usarlo en toda su capacidad de desplazamiento, porque correría el riesgo de salir volando con carro y todo en la próxima esquina. ¿O no?.
· Los carros modernos son, generalmente, muy bajos. Están hechos para rodar en autopistas y calles del primer mundo, donde no hay piedras, baches, puercos que se cruzan y especialmente, esos “policías acostados” que pueblan todas las carreteras del país. He visto a muchos “últimos modelo” quedar colgados por el medio o raspar sus panzas contra el lomo de camello de los rompe-velocidades.
· Los vehículos nuevos son estúpidamente caros en el país. El mismo automóvil que en el exterior cuesta 10.000 dólares, aquí vale 15.000 o 18.000 dólares. Eso no es un secreto; todo el mundo lo sabe, así que no me pregunten por qué es así. ¡Así es, y punto!.
· Hay ladrones a quienes les encanta robar carros. Los ladrones se presentan en dos variedades: el especialista que se mete con una ganzúa y se va tranquilamente, y el que te arranca el carro apuntándote con una ametralladora. Cuanto más nuevo, brillante y costoso es el carro, tanto mejor para el choro. Más rápidamente podrá huir y desbaratarlo o sentarse a esperar el rescate.
· Los carros modernos están llenos de tecnología de avanzada. Tienen sensores, computadoras, sistemas integrados, microchips, nódulos poliméricos y fibroconductos de permanganato de silicio. Cuando algo de esto se daña, no hay Cristo que haga andar el carro, porque nuestros mecánicos sólo se defienden de esas avalanchas tecnológicas con una gata, un desarmador, un playo y un pedazo de alambre. Hay que recurrir a los talleres autorizados, que tienen instrumentos y patente de corso para cobrar lo que les dé la gana.
· Un carro moderno, aniñado, sólo bebe gasolina súper, que cuesta tres dólares el galón y aún así, tiene menos octanaje y más plomo que lo recomendado por los fabricantes. A veces también trae kérex o agua y en ese caso, ¡agárrese, compañero!.
Ya van unas cuantas razones. Pero, por si no aún le quedan dudas, ahí les va otra:
· Faltaban los costos financieros del carro flamante. ¿No lo va a asegurar?. ¡Le conviene hacerlo!. Pero prepárese a pagar una póliza que va de acuerdo con el valor del vehículo. Si usted quería lujo, su seguro también será de lujo. Y la matriculación –ese fastidioso rito anual que tanto tiempo y paciencia exige de todos los ciudadanos- se mueve con el mismo criterio: a más carro, más matrícula. ¡Y guay se le olvide de hacerlo uno o dos años, porque cuando regrese, le caerá el hacha. (Eso, siempre y cuando al gobierno no se le ocurra gravar con un impuesto “especial y único” a los automovilistas, como ya ha sucedido en más de una ocasión).
Como usted podrá apreciar, aquí se han enumerado una serie de razones que son verdaderos argumentos, de demoledora contundencia en contra de un “carro del año”.
Por eso, me siento satisfecho con las modestas prestaciones de un carro que me costó barato porque lo compré al contado, que es fuerte, sencillo, amplio y sufridor, que consume gasolina extra (porque con la otra se marea), cuyos repuestos están por todas partes y que cualquier mecánico, por chapucero que sea, puede reparar o adaptar sin que el carro diga ni pío.
Ando tranquilo por la calle, porque los ladrones ni me miran y cuando me toca matricular, me río de los que protestan, porque a mí me cuesta una bicoca.
Ventaja adicional: he pasado tantas horas en el taller, que ya conozco el motor como la palma de mi mano y hasta aprendí a reparar ciertos desperfectos.
Cualquiera podría comprar mi Fiat Polski del 89, pero, qué pena, no está de venta.
El día que lo haga, será para comprar un Ford T, modelo 1910...
Para publicar en Huanguelén
Acerca de Huanguelén,
de lo que significa y de lo
mucho que lo recuerdo
Por Ricardo de la Fuente
Cae la noche sobre Barbasquillo, el sector de la ciudad de Manta, provincia de Manabí, República del Ecuador, donde vivo. Estoy solo en mi casa, situada a menos de cien metros del Océano Pacífico, cuyo horizonte líquido me hace evocar la vastedad de las llanuras pampeanas.
Acabo de tomar unos mates con yerba comprada en un supermercado local. Es de marca “Compadrito” y ha sido exportada desde Valparaíso, donde a su vez la importan desde Oberá, Misiones. Cosas de la globalización, que me permite matear diariamente a seis mil kilómetros de mi pago natal, al que he evocado, entre sorbo y sorbo, al ver aparecer en el firmamento, tras un glorioso atardecer marino, al Lucero de la tarde.
No puedo ver esta primera luciérnaga cósmica sin acordarme de mi pueblo. Y esto, presumo, se debe a una doble razón: primero, porque yo amaba los crepúsculos de verano en Huanguelén, cuando los De la Fuente-Lettieri salíamos en masa a la vereda para ver pasear a los vecinos por la plaza central, y segundo, porque crecí convencido de que Huanguelén significaba en lengua mapuche “Lucero de la tarde”; una traducción bellamente poética.
Por eso, me sentí casi ofendido cuando, hace tres años, durante mi última visita, alguien me dijo que esa traducción había sido revisada y que ahora se daba como válida la versión de que la sonora, rotunda y querida palabra india debía entenderse como “Corral de Avestruces”. No me gustó el cambio, acaso porque no me gustan los avestruces, o mejor dicho los ñandúes, encorralados. Prefiero recordarlos corriendo despavoridos y haciendo gambetas desesperadas cuando el Piper PA-11 de Héctor Magdaleno, mi cuñado, les pasaba zumbando por encima, a siete u ocho metros de altura.
La pampa de agua salada, el mate, el lucero vespertino, no son los únicos lazos afectivos que mantengo con mi pueblo. También lo son los íntimos recuerdos –muchos de ellos escritos e incluso publicados- y aquella hermosa milonga de Pepe Larralde, “El Berrero”, en la que nombra a la querencia común. Mi familia, mis amigos, podrían dar fe de los gritos de júbilo que me brotan cada vez que “el pampa” hace coincidir las rimas de tren y caldén para llegar a Huanguelén. ¡Qué bien!...
¿Por qué tanta nostalgia?. ¿Es que, acaso, no la sentía antes?.
Supongo que sí, pero ahora se ha acentuado, conforme el almanaque se deshoja en un otoño que conduce a la irremediable vejez. Cuando uno está próximo a cumplir sesenta años, el pasado es mucho más denso que el futuro, pesa más, se vuelve imprescindible punto de referencia. La vida propia, infancia incluida, es puesta en el banquillo de los acusados; se la interroga, se le piden cuentas, explicaciones. Ella se defiende y el juicio queda en casa, porque al fin y al cabo, uno mismo es el acusador, el defensor, juez y testigo.
Pero, bueno, eso es harina de otro costal. Lo que quería es hablar un poco sobre el nombre de Huanguelén, que según parece, no representa a ningún corral de avestruces, porque resulta que para mencionar a este torpe y gracioso animal, los araucanos tenían una bonita palabra: “cheuque”, que ni remotamente se parece al nombre de nuestro pueblo. Y aquí viene lo interesante...
“Huange-lén” (así, sin “u” intermedia) quiere decir “Brillante como estrella”.
Eso, se asocia notablemente a “Lucero de la tarde”, que es la más brillante estrella del firmamento. Claro que los mapuches ignoraban que el tal lucero no es una estrella, sino un planeta: Venus.
Esta traducción no se me antojó a mí, faltaría más. Yo, de mapuche no sé una palabra, aunque algo he leído sobre este valeroso y admirable pueblo aborigen, el más tenaz y aguerrido que en toda la América hizo frente a los conquistadores españoles, infringiéndoles una derrota tras otra a lo largo de décadas de sangrienta ocupación.
Los datos que tan rotundamente consigno más arriba fueron publicados en la revista “Impactos”, año 3, número 27, editada en Punta Arenas el 7 de diciembre de 1991.
El artículo en el que consta esta afirmación hace referencia a los apellidos aborígenes de Colbuco y Chiloé, de autoría de los investigadores Esteban Barruel y Gilberto Ulloa.
La referencia a “Huange-lén” se la puede encontrar bajo el epígrafe “Designaciones antropomásticas del tipo impresionista”.
Eso es lo que, desde esta lejanía, desde este atardecer ecuatorial que ya se extinguió como el agua del termo, puedo aportar al pueblo que guardo en mi memoria y en mi corazón, y a toda su gente.
Si no me creen, búsquenlo y convénzanse por sí mismos, como hice yo. El dato está en un sitio de internet de nombre insólito: milodoncitychachacha.blogspot.com/2004
Mala suerte para los admiradores de los avestruces y felicitaciones para los contempladores de estrellas.
Un saludo para todos, parientes por la sangre o los afectos, y...
¡Hasta pronto, paisanos!
de lo que significa y de lo
mucho que lo recuerdo
Por Ricardo de la Fuente
Cae la noche sobre Barbasquillo, el sector de la ciudad de Manta, provincia de Manabí, República del Ecuador, donde vivo. Estoy solo en mi casa, situada a menos de cien metros del Océano Pacífico, cuyo horizonte líquido me hace evocar la vastedad de las llanuras pampeanas.
Acabo de tomar unos mates con yerba comprada en un supermercado local. Es de marca “Compadrito” y ha sido exportada desde Valparaíso, donde a su vez la importan desde Oberá, Misiones. Cosas de la globalización, que me permite matear diariamente a seis mil kilómetros de mi pago natal, al que he evocado, entre sorbo y sorbo, al ver aparecer en el firmamento, tras un glorioso atardecer marino, al Lucero de la tarde.
No puedo ver esta primera luciérnaga cósmica sin acordarme de mi pueblo. Y esto, presumo, se debe a una doble razón: primero, porque yo amaba los crepúsculos de verano en Huanguelén, cuando los De la Fuente-Lettieri salíamos en masa a la vereda para ver pasear a los vecinos por la plaza central, y segundo, porque crecí convencido de que Huanguelén significaba en lengua mapuche “Lucero de la tarde”; una traducción bellamente poética.
Por eso, me sentí casi ofendido cuando, hace tres años, durante mi última visita, alguien me dijo que esa traducción había sido revisada y que ahora se daba como válida la versión de que la sonora, rotunda y querida palabra india debía entenderse como “Corral de Avestruces”. No me gustó el cambio, acaso porque no me gustan los avestruces, o mejor dicho los ñandúes, encorralados. Prefiero recordarlos corriendo despavoridos y haciendo gambetas desesperadas cuando el Piper PA-11 de Héctor Magdaleno, mi cuñado, les pasaba zumbando por encima, a siete u ocho metros de altura.
La pampa de agua salada, el mate, el lucero vespertino, no son los únicos lazos afectivos que mantengo con mi pueblo. También lo son los íntimos recuerdos –muchos de ellos escritos e incluso publicados- y aquella hermosa milonga de Pepe Larralde, “El Berrero”, en la que nombra a la querencia común. Mi familia, mis amigos, podrían dar fe de los gritos de júbilo que me brotan cada vez que “el pampa” hace coincidir las rimas de tren y caldén para llegar a Huanguelén. ¡Qué bien!...
¿Por qué tanta nostalgia?. ¿Es que, acaso, no la sentía antes?.
Supongo que sí, pero ahora se ha acentuado, conforme el almanaque se deshoja en un otoño que conduce a la irremediable vejez. Cuando uno está próximo a cumplir sesenta años, el pasado es mucho más denso que el futuro, pesa más, se vuelve imprescindible punto de referencia. La vida propia, infancia incluida, es puesta en el banquillo de los acusados; se la interroga, se le piden cuentas, explicaciones. Ella se defiende y el juicio queda en casa, porque al fin y al cabo, uno mismo es el acusador, el defensor, juez y testigo.
Pero, bueno, eso es harina de otro costal. Lo que quería es hablar un poco sobre el nombre de Huanguelén, que según parece, no representa a ningún corral de avestruces, porque resulta que para mencionar a este torpe y gracioso animal, los araucanos tenían una bonita palabra: “cheuque”, que ni remotamente se parece al nombre de nuestro pueblo. Y aquí viene lo interesante...
“Huange-lén” (así, sin “u” intermedia) quiere decir “Brillante como estrella”.
Eso, se asocia notablemente a “Lucero de la tarde”, que es la más brillante estrella del firmamento. Claro que los mapuches ignoraban que el tal lucero no es una estrella, sino un planeta: Venus.
Esta traducción no se me antojó a mí, faltaría más. Yo, de mapuche no sé una palabra, aunque algo he leído sobre este valeroso y admirable pueblo aborigen, el más tenaz y aguerrido que en toda la América hizo frente a los conquistadores españoles, infringiéndoles una derrota tras otra a lo largo de décadas de sangrienta ocupación.
Los datos que tan rotundamente consigno más arriba fueron publicados en la revista “Impactos”, año 3, número 27, editada en Punta Arenas el 7 de diciembre de 1991.
El artículo en el que consta esta afirmación hace referencia a los apellidos aborígenes de Colbuco y Chiloé, de autoría de los investigadores Esteban Barruel y Gilberto Ulloa.
La referencia a “Huange-lén” se la puede encontrar bajo el epígrafe “Designaciones antropomásticas del tipo impresionista”.
Eso es lo que, desde esta lejanía, desde este atardecer ecuatorial que ya se extinguió como el agua del termo, puedo aportar al pueblo que guardo en mi memoria y en mi corazón, y a toda su gente.
Si no me creen, búsquenlo y convénzanse por sí mismos, como hice yo. El dato está en un sitio de internet de nombre insólito: milodoncitychachacha.blogspot.com/2004
Mala suerte para los admiradores de los avestruces y felicitaciones para los contempladores de estrellas.
Un saludo para todos, parientes por la sangre o los afectos, y...
¡Hasta pronto, paisanos!
Papá Noel está harto y sólo quiere jubilarse
* Insólita entrevista exclusiva con un célebre personaje, que no es como todos creíamos. ¡Lo que hace el marketing!
Por Ricardo de la Fuente
Ilustración: Luis Montejo
Encontré a Papá Noel a la vuelta de una esquina cualquiera de Portoviejo. Por un momento pensé que era uno de esos tipos que se disfrazan, pero en seguida pude percatarme de que era el auténtico por sus cachetes rojizos, sus ojos intensamente celestes y su aspecto fatigado, de manera que decidimos entrevistarlo en exclusividad mundial para "Panorama".
El diálogo fue como sigue:
¿Cómo está Papá Noel?. ¿Realmente se trata de usted, en persona, o es una copia muy bien lograda del original?.
Hijo, si tienes alguna duda, mira hacia el estacionamiento.
(En efecto, ahí estaba el famoso trineo arrastrado por una docena de renos. Un policía de tránsito le había pegado una citación autoadhesiva por la matrícula atrasada desde 1957 y varios chicos molestaban a los pobres animales tratando de cortarles los cuernos para hacer gomeras, mientras algunos padres les tomaban fotos. El exótico vehículo llamaba más la atención que su chofer).
Ah, ya veo. Me alegro de encontrarle, porque yo pensé que usted no existía. Pero, ya que estamos, dígame... ¿cómo se llama usted, en definitiva: ¿Papá Noel, Santa Claus, el viejito Pascuero?
Como quieras llamarme. Hasta "viejo gordinflón" me han dicho. Yo soy esos que tú dices y muchos más; depende del lugar del mundo donde me encuentre...
¿De donde viene usted?
Vengo del norte, de las regiones polares. ¿No ves que me estoy muriendo de calor con esta ropa?.
Si, me lo sospechaba por su atuendo. Bonito traje... ¿tiene algo que ver con los bomberos?
No. Tiene que ver con el tremendo frío que hace en las noches navideñas del hemisferio norte, que es el que me gusta. Y más cuando uno anda volando de aquí para allá en ese maldito trineo que no tiene ninguna protección para el viento y la nieve. Siempre he dicho que me voy a morir de pulmonía triple, pero no hay caso... ¡parece que soy eterno!
¿Por qué dice que le gusta más el hemisferio norte que el sur?
Uh..., por varias razones. Allá hace un frío de los mil demonios, pero cuando aterrizo me siento mejor. No como aquí, que me muero de calor. A propósito, hijo, ¿no tendrías una guayabera que te sobre?. Yo sé que me vería un poco ridículo, pero comodidad es comodidad...
¿Cuáles son las otras razones, Papá Noel?
Bueno, mira: en el hemisferio norte hay menos chicos y por lo tanto, el reparto se hace más fácil que en el hemisferio sur, donde los niños parecen una plaga, porque no se terminan nunca. ¡Menos mal que aquí me ayudan las Reinas de Belleza y los clubes de señoras, porque si no me deslomaría trabajando!.
¿Alguna otra diferencia?
Si, claro que sí. Lo que tienen de malo los chicos del hemisferio norte es que, como son niños ricos, todos usan esos juguetes carísimos que funcionan a pilas. ¿Sí has visto las chispitas que a veces deja el trineo?. Todos creen que son estrellitas... ¡mentira!. Son las baterías, que hacen cortocircuitos. Una de estas noches voy a quedar electrocutado, con renos y todo. En cambio, aquí en el tercer mundo, casi todos los juguetes que reparto son esas porquerías baratas de plástico, que no duran nada y a los dos días quedan desparramadas por ahí...
Papá Noel... yo tenía una imagen más jovial y bonachona de usted. ¡Ni siquiera se ha reído con su "jo-jo-jo"!. Le noto fastidiado...
¡Si, muchacho, acertaste!. Estoy harto de este trabajo que se me concentra todo en diciembre, de las cartas que pueden tener ántrax, de que no me alcancen los juguetes, de que me detecten los radares y me pidan identificación cada vez que ingreso al espacio aéreo de Sudamérica, de que me pidan comisiones, de que me revisen el bolso para ver si traigo cocaína, de las barreras arancelarias... ¡Uf, hay que tener mucha paciencia para seguir en esto!. Además, yo nunca me reí con esa estúpida risa que me inventaron los de las agencias de publicidad. Mi risa es chillona y estridente, como la del David Ramírez.
Pero su imagen, Papá Noel, su figura inconfundible...
¡Qué figura ni figura!. Esto se llama obesidad, por culpa de la carne de reno, que además me tiene altísimo el colesterol.
Yo, lo que quiero es jubilarme y darle a algún otro esta estúpida campanilla, que me hace sentir como el recolector municipal. Mira, hijo, los tiempos han cambiado y yo creo que ya debería retirarme a administrar la fábrica y punto.
¿La fábrica de juguetes, Papá Noel?
No, qué fábrica de juguetes ni qué ocho cuartos. Esas están en Taiwán. ¡La fábrica de caramelos!.
Ah, no sabía que... Disculpe. ¿Qué fábrica de caramelos?
¡Hombre!. Esos cuadraditos, que llevan mi apellido. ¿Quién te creías que los hace?
Diciendo ésto, Papá Noel pidió permiso para entrar al baño de un bar, salió cerrándose aún la cremallera del pantalón de pana roja, me saludó con una risa estridente que no le iba para nada y tras sacar a los chicos con cajas destempladas de su trineo, se montó en él y haciendo rechinar los patines sobre el asfalto salió disparado como un misil.
Si no hubiese sido por la manera de irse, hubiera creído que no había entrevistado al verdadero Papá Noel, sino a uno de los tantos imitadores terrenales. Acababa de conseguir una primicia mundial, pero debo confesar que nunca hubo un reportero tan desencantado como yo...
Por Ricardo de la Fuente
Ilustración: Luis Montejo
Encontré a Papá Noel a la vuelta de una esquina cualquiera de Portoviejo. Por un momento pensé que era uno de esos tipos que se disfrazan, pero en seguida pude percatarme de que era el auténtico por sus cachetes rojizos, sus ojos intensamente celestes y su aspecto fatigado, de manera que decidimos entrevistarlo en exclusividad mundial para "Panorama".
El diálogo fue como sigue:
¿Cómo está Papá Noel?. ¿Realmente se trata de usted, en persona, o es una copia muy bien lograda del original?.
Hijo, si tienes alguna duda, mira hacia el estacionamiento.
(En efecto, ahí estaba el famoso trineo arrastrado por una docena de renos. Un policía de tránsito le había pegado una citación autoadhesiva por la matrícula atrasada desde 1957 y varios chicos molestaban a los pobres animales tratando de cortarles los cuernos para hacer gomeras, mientras algunos padres les tomaban fotos. El exótico vehículo llamaba más la atención que su chofer).
Ah, ya veo. Me alegro de encontrarle, porque yo pensé que usted no existía. Pero, ya que estamos, dígame... ¿cómo se llama usted, en definitiva: ¿Papá Noel, Santa Claus, el viejito Pascuero?
Como quieras llamarme. Hasta "viejo gordinflón" me han dicho. Yo soy esos que tú dices y muchos más; depende del lugar del mundo donde me encuentre...
¿De donde viene usted?
Vengo del norte, de las regiones polares. ¿No ves que me estoy muriendo de calor con esta ropa?.
Si, me lo sospechaba por su atuendo. Bonito traje... ¿tiene algo que ver con los bomberos?
No. Tiene que ver con el tremendo frío que hace en las noches navideñas del hemisferio norte, que es el que me gusta. Y más cuando uno anda volando de aquí para allá en ese maldito trineo que no tiene ninguna protección para el viento y la nieve. Siempre he dicho que me voy a morir de pulmonía triple, pero no hay caso... ¡parece que soy eterno!
¿Por qué dice que le gusta más el hemisferio norte que el sur?
Uh..., por varias razones. Allá hace un frío de los mil demonios, pero cuando aterrizo me siento mejor. No como aquí, que me muero de calor. A propósito, hijo, ¿no tendrías una guayabera que te sobre?. Yo sé que me vería un poco ridículo, pero comodidad es comodidad...
¿Cuáles son las otras razones, Papá Noel?
Bueno, mira: en el hemisferio norte hay menos chicos y por lo tanto, el reparto se hace más fácil que en el hemisferio sur, donde los niños parecen una plaga, porque no se terminan nunca. ¡Menos mal que aquí me ayudan las Reinas de Belleza y los clubes de señoras, porque si no me deslomaría trabajando!.
¿Alguna otra diferencia?
Si, claro que sí. Lo que tienen de malo los chicos del hemisferio norte es que, como son niños ricos, todos usan esos juguetes carísimos que funcionan a pilas. ¿Sí has visto las chispitas que a veces deja el trineo?. Todos creen que son estrellitas... ¡mentira!. Son las baterías, que hacen cortocircuitos. Una de estas noches voy a quedar electrocutado, con renos y todo. En cambio, aquí en el tercer mundo, casi todos los juguetes que reparto son esas porquerías baratas de plástico, que no duran nada y a los dos días quedan desparramadas por ahí...
Papá Noel... yo tenía una imagen más jovial y bonachona de usted. ¡Ni siquiera se ha reído con su "jo-jo-jo"!. Le noto fastidiado...
¡Si, muchacho, acertaste!. Estoy harto de este trabajo que se me concentra todo en diciembre, de las cartas que pueden tener ántrax, de que no me alcancen los juguetes, de que me detecten los radares y me pidan identificación cada vez que ingreso al espacio aéreo de Sudamérica, de que me pidan comisiones, de que me revisen el bolso para ver si traigo cocaína, de las barreras arancelarias... ¡Uf, hay que tener mucha paciencia para seguir en esto!. Además, yo nunca me reí con esa estúpida risa que me inventaron los de las agencias de publicidad. Mi risa es chillona y estridente, como la del David Ramírez.
Pero su imagen, Papá Noel, su figura inconfundible...
¡Qué figura ni figura!. Esto se llama obesidad, por culpa de la carne de reno, que además me tiene altísimo el colesterol.
Yo, lo que quiero es jubilarme y darle a algún otro esta estúpida campanilla, que me hace sentir como el recolector municipal. Mira, hijo, los tiempos han cambiado y yo creo que ya debería retirarme a administrar la fábrica y punto.
¿La fábrica de juguetes, Papá Noel?
No, qué fábrica de juguetes ni qué ocho cuartos. Esas están en Taiwán. ¡La fábrica de caramelos!.
Ah, no sabía que... Disculpe. ¿Qué fábrica de caramelos?
¡Hombre!. Esos cuadraditos, que llevan mi apellido. ¿Quién te creías que los hace?
Diciendo ésto, Papá Noel pidió permiso para entrar al baño de un bar, salió cerrándose aún la cremallera del pantalón de pana roja, me saludó con una risa estridente que no le iba para nada y tras sacar a los chicos con cajas destempladas de su trineo, se montó en él y haciendo rechinar los patines sobre el asfalto salió disparado como un misil.
Si no hubiese sido por la manera de irse, hubiera creído que no había entrevistado al verdadero Papá Noel, sino a uno de los tantos imitadores terrenales. Acababa de conseguir una primicia mundial, pero debo confesar que nunca hubo un reportero tan desencantado como yo...
Familia mantense involucrada en la filmación de “Crónicas”
“La pasamos de película”, dicen los padres del pequeño actor local
Especial para “El Mercurio”
Por Ricardo de la Fuente
Cuando Luiggi Fernando Pulla Chávez, un chico mantense de 11 años, alumno del Liceo Naval, les dijo a sus padres que había sido escogido para intervenir en una actuación, éstos no lo tomaron muy en serio. Lejos estaban de imaginar que tiempo después, al mayor de sus hijos les tocaría verlo elogiado en artículos de prensa, en el cine y en la televisión, incluyendo a la poderosa cadena internacional CNN...
...................
En efecto, Osvaldo Pulla, transportista cuencano radicado en esta ciudad y su mujer María de Lourdes Chávez, médica, creyeron que lo que el mayor de sus niños les contaba era respecto a algún programa colegial, como aquella dramatización en la que había interpretado a un popular personaje de historietas.
La sorpresa vino unos pocos días más tarde, cuando Gloria Leyton, actriz local y profesora de teatro en el Liceo, vino a conversar con los padres para informarles que Luiggi debía ausentarse por el lapso de siete semanas, y que al menos uno de los padres, debería acompañarlo.
La oferta –aunque complicada por las obligaciones laborales de Osvaldo y María de Lourdes- era más que tentadora. Ambos se alojarían con gastos pagados en el Hilton Hotel de Guayaquil, desde donde viajarían casi diariamente a Babahoyo. No habría costo alguno para los Pulla; antes bien, alguna interesante remuneración.
Por supuesto, aceptaron.
Rumbo a la fama
El día establecido, papá Pulla y su primogénito se trasladaron a Guayaquil, mientras mamá quedaba en su casa de la ciudadela La Aurora con Heinz, el menor, quien no podía dejar de ir a clases.
Cómodamente instalados en el hotel, fueron presentados a mucha gente, jóvenes en su mayoría y procedentes de varios países. Eran actores, utileros, vestuaristas, iluminadores, sonidistas, maquilladores, camarógrafos, etc.
“Yo no soy muy aficionado al cine y no sabía con quienes estaba; me percaté de que eran gente importante cuando una mañana, mientras conversaba con un muchacho muy sencillo, que era uno de los actores principales, varios “gringos” que estaban desayunando lo reconocieron y se le vinieron encima para pedirle que les permitiera tomarse fotos con él y solicitarle unos autógrafos. Ahí vine a enterarme de que el colombiano John Leguízamo es toda una figura famosa para ellos...”, recuerda Osvaldo Pulla.
La magia del cine
Seducido ante la posibilidad de codearse con artistas de la pantalla muy destacados, Pulla confirmó telefónicamente a su mujer que la aventura en que se estaba metiendo su hijo era bastante más que una obrita de teatro colegial... ¡era toda una película!.
En el filme, Luiggi Pulla hace el papel de Roberto, el hijo de un sádico violador y asesino en serie que interpreta el mexicano Damián Alcázar.
Alcázar es un veterano actor, que ha intervenido en más de 30 largometrajes, en 18 de los cuales tuvo papel protagónico y en otros, co-protagónico, como en “El crimen del Padre Amaro”, en que personificaba a un cura tercermundista.
Gloria Leyton, integrante del grupo teatral “Palosanto” de Manta, encarnó en “Crónicas” a la mujer del violador y madre de Roberto.
La filmación se desarrolló, bajo la dirección del cineasta ecuatoriano Sebastián Cordero, en Babahoyo y Guayaquil, en un verdadero campamento instalado por la producción.
Diariamente, los actores trabajaban siguiendo las instrucciones de Cordero.
Luiggi, que es un chico menudo, de rostro alargado, tez trigueña, cabello corto y ojos grises, necesitó poco maquillaje. Apenas unos retoques rubios sobre la frente y la base opaca sobre la piel.
Al cabo de las dos primeras semanas, la doctora Pulla relevó a su marido y fue igualmente recibida por el elenco, con cordial amistad por parte de todo el equipo de filmación.
“Eran muy buenas personas, gente muy profesional, cada uno en lo suyo. La verdad es que el ambiente era muy familiar y alegre”, dice María de Lourdes, con nostalgia.
El momento más feliz
Para los Pulla – y para todos los demás – el momento decisivo fue cuando, a inicios de septiembre comenzaron las exhibiciones. El estreno fue en el festival de San Sebastián, en España, pero posteriormente se realizó una première en Quito y al siguiente día, en Guayaquil. Fue la hora del triunfo, las fotos, los generosos espacios en la prensa y en la televisión nacional. En especial fueron elogiados el director y los actores Alcázar y el chico Pulla.
Hace pocos días, la CNN dedicó media hora de comentarios a “Crónicas” en su programa sobre cine “Ojo Crítico”.
La película será exhibida desde noviembre en Manta y Portoviejo. Quienes la vean, sabrán gracias a este artículo que en esta publicitada coproducción ecuatoriano-mexicana actúan no uno, sino dos mantenses y que sólo por ese hecho, valdría verla...
FOTOS
1) Los Pulla en su casa de La Aurora, con Luiggi al centro.
2) Luiggi cumplió 12 años en plena filmación. La productora tuvo en cuenta la fecha y la festejó debidamente.
3) Luiggi con John Leguízamo y Leonor Watkigns. Al fondo, los camerinos rodantes.
4) Luiggi aparece aquí junto a Damián Alcázar, caracterizado para la escena del linchamiento.
5) Con Gloria Leyton, su maestra de teatro y actriz en la película.
Especial para “El Mercurio”
Por Ricardo de la Fuente
Cuando Luiggi Fernando Pulla Chávez, un chico mantense de 11 años, alumno del Liceo Naval, les dijo a sus padres que había sido escogido para intervenir en una actuación, éstos no lo tomaron muy en serio. Lejos estaban de imaginar que tiempo después, al mayor de sus hijos les tocaría verlo elogiado en artículos de prensa, en el cine y en la televisión, incluyendo a la poderosa cadena internacional CNN...
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En efecto, Osvaldo Pulla, transportista cuencano radicado en esta ciudad y su mujer María de Lourdes Chávez, médica, creyeron que lo que el mayor de sus niños les contaba era respecto a algún programa colegial, como aquella dramatización en la que había interpretado a un popular personaje de historietas.
La sorpresa vino unos pocos días más tarde, cuando Gloria Leyton, actriz local y profesora de teatro en el Liceo, vino a conversar con los padres para informarles que Luiggi debía ausentarse por el lapso de siete semanas, y que al menos uno de los padres, debería acompañarlo.
La oferta –aunque complicada por las obligaciones laborales de Osvaldo y María de Lourdes- era más que tentadora. Ambos se alojarían con gastos pagados en el Hilton Hotel de Guayaquil, desde donde viajarían casi diariamente a Babahoyo. No habría costo alguno para los Pulla; antes bien, alguna interesante remuneración.
Por supuesto, aceptaron.
Rumbo a la fama
El día establecido, papá Pulla y su primogénito se trasladaron a Guayaquil, mientras mamá quedaba en su casa de la ciudadela La Aurora con Heinz, el menor, quien no podía dejar de ir a clases.
Cómodamente instalados en el hotel, fueron presentados a mucha gente, jóvenes en su mayoría y procedentes de varios países. Eran actores, utileros, vestuaristas, iluminadores, sonidistas, maquilladores, camarógrafos, etc.
“Yo no soy muy aficionado al cine y no sabía con quienes estaba; me percaté de que eran gente importante cuando una mañana, mientras conversaba con un muchacho muy sencillo, que era uno de los actores principales, varios “gringos” que estaban desayunando lo reconocieron y se le vinieron encima para pedirle que les permitiera tomarse fotos con él y solicitarle unos autógrafos. Ahí vine a enterarme de que el colombiano John Leguízamo es toda una figura famosa para ellos...”, recuerda Osvaldo Pulla.
La magia del cine
Seducido ante la posibilidad de codearse con artistas de la pantalla muy destacados, Pulla confirmó telefónicamente a su mujer que la aventura en que se estaba metiendo su hijo era bastante más que una obrita de teatro colegial... ¡era toda una película!.
En el filme, Luiggi Pulla hace el papel de Roberto, el hijo de un sádico violador y asesino en serie que interpreta el mexicano Damián Alcázar.
Alcázar es un veterano actor, que ha intervenido en más de 30 largometrajes, en 18 de los cuales tuvo papel protagónico y en otros, co-protagónico, como en “El crimen del Padre Amaro”, en que personificaba a un cura tercermundista.
Gloria Leyton, integrante del grupo teatral “Palosanto” de Manta, encarnó en “Crónicas” a la mujer del violador y madre de Roberto.
La filmación se desarrolló, bajo la dirección del cineasta ecuatoriano Sebastián Cordero, en Babahoyo y Guayaquil, en un verdadero campamento instalado por la producción.
Diariamente, los actores trabajaban siguiendo las instrucciones de Cordero.
Luiggi, que es un chico menudo, de rostro alargado, tez trigueña, cabello corto y ojos grises, necesitó poco maquillaje. Apenas unos retoques rubios sobre la frente y la base opaca sobre la piel.
Al cabo de las dos primeras semanas, la doctora Pulla relevó a su marido y fue igualmente recibida por el elenco, con cordial amistad por parte de todo el equipo de filmación.
“Eran muy buenas personas, gente muy profesional, cada uno en lo suyo. La verdad es que el ambiente era muy familiar y alegre”, dice María de Lourdes, con nostalgia.
El momento más feliz
Para los Pulla – y para todos los demás – el momento decisivo fue cuando, a inicios de septiembre comenzaron las exhibiciones. El estreno fue en el festival de San Sebastián, en España, pero posteriormente se realizó una première en Quito y al siguiente día, en Guayaquil. Fue la hora del triunfo, las fotos, los generosos espacios en la prensa y en la televisión nacional. En especial fueron elogiados el director y los actores Alcázar y el chico Pulla.
Hace pocos días, la CNN dedicó media hora de comentarios a “Crónicas” en su programa sobre cine “Ojo Crítico”.
La película será exhibida desde noviembre en Manta y Portoviejo. Quienes la vean, sabrán gracias a este artículo que en esta publicitada coproducción ecuatoriano-mexicana actúan no uno, sino dos mantenses y que sólo por ese hecho, valdría verla...
FOTOS
1) Los Pulla en su casa de La Aurora, con Luiggi al centro.
2) Luiggi cumplió 12 años en plena filmación. La productora tuvo en cuenta la fecha y la festejó debidamente.
3) Luiggi con John Leguízamo y Leonor Watkigns. Al fondo, los camerinos rodantes.
4) Luiggi aparece aquí junto a Damián Alcázar, caracterizado para la escena del linchamiento.
5) Con Gloria Leyton, su maestra de teatro y actriz en la película.
Historias del más allá (II)
Sucesos inexplicables aterrorizan a tres maestras
Sucedió en Guale, un sitio del cantón Paján, allá por 1971 o 1972.
Tres maestras jóvenes, una de las cuales es ahora prestigiosa educadora en Manta, hacían sus primeras armas en los terrenos de la pedagogía, trabajando para la escuela primaria del sitio, que por entonces, carecía de comunicación terrestre con el resto del país.
Las tres maestras, cuyo trabajo común las había vuelto buenas amigas, compartían una casita situada frente a una extensa explanada, enmarcada por un espléndido paisaje rural del que el pueblo mismo formaba parte. Ellas desayunaban en una casa de familia –ya que no había restaurantes ni fondas – y tomaban el almuerzo y la merienda en otra casa.
Fue en ambas casas, donde uno de esos días, a pocos meses de vivir allí, les hicieron una misma pregunta:
- ¿Ustedes no han oído anoche al diablo?
- ¿a quién... al diablo?... no... no hemos oído nada.
Las maestras, ex - alumnas de colegios normales e hijas de una educación racionalista, se miraron entre sorprendidas y divertidas. Sabían de la propensión de los campesinos a creer en duendes, brujas, aparecidos y demás personajes de la imaginería popular.
- Pues el diablo ha andado anoche por aquí. Todo mundo lo oyó, silbando y a caballo, ¡Ha hecho un escándalo y sólo ustedes no lo oyeron!...
El primer susto
Esa misma noche, las maestras se fueron a dormir haciendo bromas sobre la supuesta aparición de Lucifer, o quien fuera, en versión ecuestre. Conversaron hasta que, a eso de las nueve de la noche, la mortecina luz eléctrica de la región, que no alumbraba casi nada, se apagó del todo. A la luz de las velas terminaron de preparar sus clases del día siguiente y luego se acostaron.
Charlaban aún cuando, desde el exterior, vino el sonido de un silbo agudo y largo. Se asustaron, por supuesto, pero pensaron que se trataría de la broma pesada de uno o más muchachos de la zona. Incluso cuando oyeron los cascos de un caballo traquetear sobre el pasto del canchón y el silbo volvió a repetirse, sostuvieron la idea de que trataban de asustarlas.
Y si así fue, lo habían logrado. Durmieron mal y poco, pero al siguiente día, cuando volvieron a preguntarles sobre el tema, negaron haber oído nada. No era cuestión de dejarse ganar por el miedo, aunque el mismísimo Satán lo trajera en ancas...
Noche de pesadilla
Sin embargo, lo sobrenatural volvió a rozarlas tiempo después, cuando el trío de maestras fue invitado a pasar un par de días en un caserón perteneciente a una familia acaudalada de la zona.
L. A. era el dueño de casa. Productor y exportador de café, había amasado una verdadera fortuna que se notaba en las comodidades de la casa y en las numerosas joyas que tanto él como su guapa mujer ostentaban en cuellos, brazos y manos. Por su trabajo, el hombre debía ausentarse a Guayaquil con frecuencia, por lo que su mujer quedaba sola y era entonces –según se comentaba en la zona – que el diablo venía por ella.
Esto último lo ignoraban las tres maestras, quienes se hospedaron en la casa, disfrutaron de una buena cena, de una amable charla y luego de un confortable cuarto, bien iluminado porque la residencia campestre disponía de planta de luz propia.
Otra vez la noche, las conversaciones en voz baja que preceden al sueño y el silencio del campo, sólo roto por el zumbido lejano del generador de luz, cuando éste, súbitamente se apagó, sumiendo a la casa en la oscuridad. Las visitantes trataron de encender velas, pero los fósforos daban candela y eran inmediatamente apagados como si los soplaran. Hubo varios nerviosos intentos, sin resultado. Impresionadas, las maestras juntaron sus camas para sentirse cerca, pero simultáneamente oyeron que la señora, en uno de los cuartos vecinos, comenzaba a llorar, a lamentarse y luego a gritar desesperadamente.
Ellas quisieron levantarse para ir a auxiliarla; no sabían lo que estaba ocurriendo. Era en vano, una fuerza extraña las retenía en sus lechos, como si un peso enorme e invisible las inmovilizara sobre los colchones. En este punto, el miedo se había vuelto pánico, mientras por la puerta se filtraban los ruidos y los aullidos de la pobre mujer.
Un rato más tarde, cuando por fin pudieron incorporarse y encender unas velas, las muchachas se atrevieron a salir del cuarto. La dueña de casa estaba en la escalera, la bata de dormir hecha jirones y el cuerpo cubierto de cardenales y arañazos. La llevaron al cuarto, que parecía un campo de batalla, con todo desperdigado por el piso. ¿Qué había sido eso, un asalto, una violación?. Las preguntas llovieron sobre la pobre señora rica.
- No. No fue asalto, dijo entre sollozos. Es el diablo, que viene a buscarme cuando me quedo sola. Mi marido me ha vendido a él, a cambio de su riqueza. Yo me iré de esta casa para escapar a esa maldición. ¡Ya no puedo vivir aquí!
No hubo segunda noche. Las maestras regresaron al día siguiente a Guale y tiempos más tarde, cada una tomó su camino. No sin que antes, les dijeran que en la casa de esta rica familia, los peones no duraban mucho. Desaparecían, sin dejar rastro...
Sucedió en Guale, un sitio del cantón Paján, allá por 1971 o 1972.
Tres maestras jóvenes, una de las cuales es ahora prestigiosa educadora en Manta, hacían sus primeras armas en los terrenos de la pedagogía, trabajando para la escuela primaria del sitio, que por entonces, carecía de comunicación terrestre con el resto del país.
Las tres maestras, cuyo trabajo común las había vuelto buenas amigas, compartían una casita situada frente a una extensa explanada, enmarcada por un espléndido paisaje rural del que el pueblo mismo formaba parte. Ellas desayunaban en una casa de familia –ya que no había restaurantes ni fondas – y tomaban el almuerzo y la merienda en otra casa.
Fue en ambas casas, donde uno de esos días, a pocos meses de vivir allí, les hicieron una misma pregunta:
- ¿Ustedes no han oído anoche al diablo?
- ¿a quién... al diablo?... no... no hemos oído nada.
Las maestras, ex - alumnas de colegios normales e hijas de una educación racionalista, se miraron entre sorprendidas y divertidas. Sabían de la propensión de los campesinos a creer en duendes, brujas, aparecidos y demás personajes de la imaginería popular.
- Pues el diablo ha andado anoche por aquí. Todo mundo lo oyó, silbando y a caballo, ¡Ha hecho un escándalo y sólo ustedes no lo oyeron!...
El primer susto
Esa misma noche, las maestras se fueron a dormir haciendo bromas sobre la supuesta aparición de Lucifer, o quien fuera, en versión ecuestre. Conversaron hasta que, a eso de las nueve de la noche, la mortecina luz eléctrica de la región, que no alumbraba casi nada, se apagó del todo. A la luz de las velas terminaron de preparar sus clases del día siguiente y luego se acostaron.
Charlaban aún cuando, desde el exterior, vino el sonido de un silbo agudo y largo. Se asustaron, por supuesto, pero pensaron que se trataría de la broma pesada de uno o más muchachos de la zona. Incluso cuando oyeron los cascos de un caballo traquetear sobre el pasto del canchón y el silbo volvió a repetirse, sostuvieron la idea de que trataban de asustarlas.
Y si así fue, lo habían logrado. Durmieron mal y poco, pero al siguiente día, cuando volvieron a preguntarles sobre el tema, negaron haber oído nada. No era cuestión de dejarse ganar por el miedo, aunque el mismísimo Satán lo trajera en ancas...
Noche de pesadilla
Sin embargo, lo sobrenatural volvió a rozarlas tiempo después, cuando el trío de maestras fue invitado a pasar un par de días en un caserón perteneciente a una familia acaudalada de la zona.
L. A. era el dueño de casa. Productor y exportador de café, había amasado una verdadera fortuna que se notaba en las comodidades de la casa y en las numerosas joyas que tanto él como su guapa mujer ostentaban en cuellos, brazos y manos. Por su trabajo, el hombre debía ausentarse a Guayaquil con frecuencia, por lo que su mujer quedaba sola y era entonces –según se comentaba en la zona – que el diablo venía por ella.
Esto último lo ignoraban las tres maestras, quienes se hospedaron en la casa, disfrutaron de una buena cena, de una amable charla y luego de un confortable cuarto, bien iluminado porque la residencia campestre disponía de planta de luz propia.
Otra vez la noche, las conversaciones en voz baja que preceden al sueño y el silencio del campo, sólo roto por el zumbido lejano del generador de luz, cuando éste, súbitamente se apagó, sumiendo a la casa en la oscuridad. Las visitantes trataron de encender velas, pero los fósforos daban candela y eran inmediatamente apagados como si los soplaran. Hubo varios nerviosos intentos, sin resultado. Impresionadas, las maestras juntaron sus camas para sentirse cerca, pero simultáneamente oyeron que la señora, en uno de los cuartos vecinos, comenzaba a llorar, a lamentarse y luego a gritar desesperadamente.
Ellas quisieron levantarse para ir a auxiliarla; no sabían lo que estaba ocurriendo. Era en vano, una fuerza extraña las retenía en sus lechos, como si un peso enorme e invisible las inmovilizara sobre los colchones. En este punto, el miedo se había vuelto pánico, mientras por la puerta se filtraban los ruidos y los aullidos de la pobre mujer.
Un rato más tarde, cuando por fin pudieron incorporarse y encender unas velas, las muchachas se atrevieron a salir del cuarto. La dueña de casa estaba en la escalera, la bata de dormir hecha jirones y el cuerpo cubierto de cardenales y arañazos. La llevaron al cuarto, que parecía un campo de batalla, con todo desperdigado por el piso. ¿Qué había sido eso, un asalto, una violación?. Las preguntas llovieron sobre la pobre señora rica.
- No. No fue asalto, dijo entre sollozos. Es el diablo, que viene a buscarme cuando me quedo sola. Mi marido me ha vendido a él, a cambio de su riqueza. Yo me iré de esta casa para escapar a esa maldición. ¡Ya no puedo vivir aquí!
No hubo segunda noche. Las maestras regresaron al día siguiente a Guale y tiempos más tarde, cada una tomó su camino. No sin que antes, les dijeran que en la casa de esta rica familia, los peones no duraban mucho. Desaparecían, sin dejar rastro...
Historias del más allá
Por Ricardo de la Fuente
Aparecidos.
Duendes.
Fantasmas.
Bultos que se menean.
Muertos que no se terminaron de morir y que andan por ahí, hechos sombras leves, formas luminosas, retratos ambulantes que meten miedo a los vivos...
¿Cree usted en todas esas cosas?. ¿Creemos?
Oficialmente, de la boca para afuera, decimos que no. Que son supercherías, ingenuidades, terrores personales que se nos escapan por los ojos, por los oídos, el subconsciente de cada quien, que a veces hace ver cosas que no son.
¡Hombre!... ¡qué vas a creer en esas tonterías!.
Pero de pronto, una charla cualquiera deriva hacia el tema de lo inexplicable y ahí estamos, prendidos de la conversación, fascinados con el relato, con un escalofrío en el espinazo y dispuestos a escuchar lo que nos cuenten, por fantástico que pueda parecer. ¿Quién no ha estado en el campo, terminada la cena, a la luz de los candiles, oyendo contar historias extraordinarias que la gente jura haber vivido en carne propia?.
Personalmente, nunca he visto fantasmas, apariciones ni platos voladores, pero he conversado con infinidad de personas que dicen haber visto, entre ellas mi ex – mujer, una persona tan incrédula que no creía ni en su marido.
El fantasma del Chusig
Un buen día, hace ya unos cuantos años, daba sus clases en el teatro Chusig cuando, al entrar a la sala, sobre el escenario, estaba con las luces encendidas, vio pasar a alguien que caminaba con aire distraído, como buscando algo.
- Oiga, ¿quién es el hombre que está adentro y qué hace allí?, le preguntó al guardián.
El hombre se sorprendió.
- Nadie, señora. Adentro no hay nadie.
- ¡Pero si acabo de verlo..!. Está vestido así y asado.
- Le repito: no ha entrado nadie. Si usted vio a alguien, ha de ser el muertito.
- ¿El quién?. ¿Qué muertito?
El guardián contó entonces la breve historia del joven albañil que murió ahogado en la cisterna, cuando el teatro estaba siendo construido, y que según muchos testimonios, se quedó para siempre entre camerinos y bambalinas.
- Pero no se preocupe, señora. Ese muertito es tranquilo, no hace nada, dijo el guardián, como si estuviera recomendando a un viejo amigo o presentando al perro de la casa ante las visitas.
Moraleja: nosotros también tenemos nuestro “fantasma de la Opera”...
Otro caso extraño
La única vez que, como periodista, me tocó acercarme a una historia fantástica e incomprensible fue en un barrio de Manta. El escenario, un gran patio de maquinarias (de la familia Coello) donde vivía un guardián en compañía de sus dos hijos menores, porque la madre les había abandonado a los tres. Una noche, los niños dormían en el cuarto paterno y el padre charlaba con un hijo mayor que al día siguiente regresaría al exterior, donde estaba residiendo, cuando en la casa comenzaron a suceder cosas anormales. Hubo viento interno, luces enloquecidas, voces y llanto de los niños, despertados de pronto. Padre e hijo corrieron a ver qué sucedía y no pudieron entrar al cuarto, porque la cama parecía bailar, con los niños aterrorizados encima. En el momento culminante del “ataque”, un potente mierdazo, un excremento grande y pestilente salido no se sabe de donde, se estrelló contra el piso. Los moradores buscaron auxilio en la iglesia del Divino Niño y al día siguiente hubo que rogar al hombre para que se animara a regresar a la casa y nos mostrara el manchón negro y la materia calcinada que había quedado de lo que el dueño de casa había sacado para quemar en el patio. El padre Roque Bisogni nos dio otro dato revelador: cuando abrazó a los niños para calmarlos, porque habían llegado presos de la histeria, recibió una descarga eléctrica. ¿Creer o no creer?
Una casa embrujada
En Montecristi, junto a la estación de servicios Biralisa, hay una casa-quinta que por muchos años permaneció abandonada, hasta que la adquirieron los propietarios de la gasolinera. Como la propiedad es grande y espaciosa, se intentó utilizarla como vivienda temporal de técnicos y trabajadores, pero uno a uno, fueron desertando tras pasar dos o tres inquietantes noches en la casona. ¿La causa?. Ruidos, figuras imprecisas deambulando de aquí para allá, sueños intranquilos, quejidos inexplicables... en fin, todo lo que dicen que se siente en una casa cuando “es pesada”, cuando está habitada por los de carne y hueso y también por los otros, por los que están hechos de brumas lechosas y se empeñan en abrir o cerrar puertas sin tocarlas.
Consecuencia: la casa sirve hoy como bodega, porque nadie se atreve a dormir en ella, aunque vengan proclamando ser los más machos del planeta, ni porque se trate de esos evangelistas recalcitrantes que usan a la Biblia como almohada...
Hotel de sustos
Y no sólo casas y teatros... hasta un moderno hotel de Manta, de varios pisos, parece estar habitado por seres del más allá, según testimonios coincidentes de quienes han sido sus fugaces huéspedes. No hay cómo decir el nombre del establecimiento por obvias razones, pero es un hospedaje que no está en el centro.
Una noche durmieron allí – o trataron de hacerlo – varios personajes de la farándula, que trabajaban en una producción fílmica. Al día siguiente, el director contó que había conversado con una mujer joven que apareció sentada junto a su cama, al despertarse él sobresaltado en medio de la noche, y coincidentemente otros integrantes del grupo narraron que habían oído voces, carreras por los pasillos, luces intensas que se filtraban bajo las puertas y otras anormalidades por el estilo, que nada tenían que ver con amantes furtivos ni equivocaciones de cuarto, sino más bien con situaciones misteriosas de aquellas que no dejan dormir en paz. Cuando comentaron la circunstancia a la recepcionista, dijo que con anteriormente, otros huéspedes se habían quejado por lo mismo.
Y por si algo faltaba...
Finalmente, y como para cerrar este espacio destinado al horror, una historia digna de “El exorcista”, aquella película de Linda Blair que, cuando la vi, poco después del estreno, casi me hizo ir a dormir con el Obispo de la Diócesis.
Bromas aparte, hay que decir que una prominente y conocida familia de Manta vivió una situación bastante similar a la de la película de marras, cuando una hija que vive en el exterior (en este caso no una niña, sino una dama casada y con hijos) fue aparentemente poseída por un espíritu maligno luego de participar en una sesión de “Ouija”. En este caso, la mujer cayó aparentemente enferma y fue deteriorándose con el tiempo, presentando además extraños signos, como hablar en una lengua desconocida, cambiar de voz, alzar objetos pesadísimos, oler bastante mal y otros síntomas truculentos y alarmantes.
La familia, justamente preocupada, acudió a especialistas hasta que al final, cuando se reveló que el problema no era de ciencia médica, sino cosa de hechiceros, convocó a un santón venezolano que la sometió a largos rituales, que incluyeron un viaje al campo, donde la protagonista y sus acompañantes, habrían asistido a un encuentro de personas afectadas con síndromes parecidos.
La cura tardó en llegar y cuando por fin la mujer volvió en sí y recuperó todas sus perdidas facultades, había transcurrido casi un año, de cuyas pesadillescas vivencias, la exorcizada no recordaba absolutamente nada.
¿Creer o no creer?.
Las brujas no existen, Garay, pero que las hay, las hay...
Si les interesa el tema, esta revista puede investigar y ampliar cada uno de estos episodios y otros que probablemente aparecerán por el camino.
Envíen sus comentarios y sugerencias a “La gente de Manabí”, correo electrónico....
Dependiendo de la respuesta de nuestros lectores, ofreceremos más de estas... Historias... del más allá...
Aparecidos.
Duendes.
Fantasmas.
Bultos que se menean.
Muertos que no se terminaron de morir y que andan por ahí, hechos sombras leves, formas luminosas, retratos ambulantes que meten miedo a los vivos...
¿Cree usted en todas esas cosas?. ¿Creemos?
Oficialmente, de la boca para afuera, decimos que no. Que son supercherías, ingenuidades, terrores personales que se nos escapan por los ojos, por los oídos, el subconsciente de cada quien, que a veces hace ver cosas que no son.
¡Hombre!... ¡qué vas a creer en esas tonterías!.
Pero de pronto, una charla cualquiera deriva hacia el tema de lo inexplicable y ahí estamos, prendidos de la conversación, fascinados con el relato, con un escalofrío en el espinazo y dispuestos a escuchar lo que nos cuenten, por fantástico que pueda parecer. ¿Quién no ha estado en el campo, terminada la cena, a la luz de los candiles, oyendo contar historias extraordinarias que la gente jura haber vivido en carne propia?.
Personalmente, nunca he visto fantasmas, apariciones ni platos voladores, pero he conversado con infinidad de personas que dicen haber visto, entre ellas mi ex – mujer, una persona tan incrédula que no creía ni en su marido.
El fantasma del Chusig
Un buen día, hace ya unos cuantos años, daba sus clases en el teatro Chusig cuando, al entrar a la sala, sobre el escenario, estaba con las luces encendidas, vio pasar a alguien que caminaba con aire distraído, como buscando algo.
- Oiga, ¿quién es el hombre que está adentro y qué hace allí?, le preguntó al guardián.
El hombre se sorprendió.
- Nadie, señora. Adentro no hay nadie.
- ¡Pero si acabo de verlo..!. Está vestido así y asado.
- Le repito: no ha entrado nadie. Si usted vio a alguien, ha de ser el muertito.
- ¿El quién?. ¿Qué muertito?
El guardián contó entonces la breve historia del joven albañil que murió ahogado en la cisterna, cuando el teatro estaba siendo construido, y que según muchos testimonios, se quedó para siempre entre camerinos y bambalinas.
- Pero no se preocupe, señora. Ese muertito es tranquilo, no hace nada, dijo el guardián, como si estuviera recomendando a un viejo amigo o presentando al perro de la casa ante las visitas.
Moraleja: nosotros también tenemos nuestro “fantasma de la Opera”...
Otro caso extraño
La única vez que, como periodista, me tocó acercarme a una historia fantástica e incomprensible fue en un barrio de Manta. El escenario, un gran patio de maquinarias (de la familia Coello) donde vivía un guardián en compañía de sus dos hijos menores, porque la madre les había abandonado a los tres. Una noche, los niños dormían en el cuarto paterno y el padre charlaba con un hijo mayor que al día siguiente regresaría al exterior, donde estaba residiendo, cuando en la casa comenzaron a suceder cosas anormales. Hubo viento interno, luces enloquecidas, voces y llanto de los niños, despertados de pronto. Padre e hijo corrieron a ver qué sucedía y no pudieron entrar al cuarto, porque la cama parecía bailar, con los niños aterrorizados encima. En el momento culminante del “ataque”, un potente mierdazo, un excremento grande y pestilente salido no se sabe de donde, se estrelló contra el piso. Los moradores buscaron auxilio en la iglesia del Divino Niño y al día siguiente hubo que rogar al hombre para que se animara a regresar a la casa y nos mostrara el manchón negro y la materia calcinada que había quedado de lo que el dueño de casa había sacado para quemar en el patio. El padre Roque Bisogni nos dio otro dato revelador: cuando abrazó a los niños para calmarlos, porque habían llegado presos de la histeria, recibió una descarga eléctrica. ¿Creer o no creer?
Una casa embrujada
En Montecristi, junto a la estación de servicios Biralisa, hay una casa-quinta que por muchos años permaneció abandonada, hasta que la adquirieron los propietarios de la gasolinera. Como la propiedad es grande y espaciosa, se intentó utilizarla como vivienda temporal de técnicos y trabajadores, pero uno a uno, fueron desertando tras pasar dos o tres inquietantes noches en la casona. ¿La causa?. Ruidos, figuras imprecisas deambulando de aquí para allá, sueños intranquilos, quejidos inexplicables... en fin, todo lo que dicen que se siente en una casa cuando “es pesada”, cuando está habitada por los de carne y hueso y también por los otros, por los que están hechos de brumas lechosas y se empeñan en abrir o cerrar puertas sin tocarlas.
Consecuencia: la casa sirve hoy como bodega, porque nadie se atreve a dormir en ella, aunque vengan proclamando ser los más machos del planeta, ni porque se trate de esos evangelistas recalcitrantes que usan a la Biblia como almohada...
Hotel de sustos
Y no sólo casas y teatros... hasta un moderno hotel de Manta, de varios pisos, parece estar habitado por seres del más allá, según testimonios coincidentes de quienes han sido sus fugaces huéspedes. No hay cómo decir el nombre del establecimiento por obvias razones, pero es un hospedaje que no está en el centro.
Una noche durmieron allí – o trataron de hacerlo – varios personajes de la farándula, que trabajaban en una producción fílmica. Al día siguiente, el director contó que había conversado con una mujer joven que apareció sentada junto a su cama, al despertarse él sobresaltado en medio de la noche, y coincidentemente otros integrantes del grupo narraron que habían oído voces, carreras por los pasillos, luces intensas que se filtraban bajo las puertas y otras anormalidades por el estilo, que nada tenían que ver con amantes furtivos ni equivocaciones de cuarto, sino más bien con situaciones misteriosas de aquellas que no dejan dormir en paz. Cuando comentaron la circunstancia a la recepcionista, dijo que con anteriormente, otros huéspedes se habían quejado por lo mismo.
Y por si algo faltaba...
Finalmente, y como para cerrar este espacio destinado al horror, una historia digna de “El exorcista”, aquella película de Linda Blair que, cuando la vi, poco después del estreno, casi me hizo ir a dormir con el Obispo de la Diócesis.
Bromas aparte, hay que decir que una prominente y conocida familia de Manta vivió una situación bastante similar a la de la película de marras, cuando una hija que vive en el exterior (en este caso no una niña, sino una dama casada y con hijos) fue aparentemente poseída por un espíritu maligno luego de participar en una sesión de “Ouija”. En este caso, la mujer cayó aparentemente enferma y fue deteriorándose con el tiempo, presentando además extraños signos, como hablar en una lengua desconocida, cambiar de voz, alzar objetos pesadísimos, oler bastante mal y otros síntomas truculentos y alarmantes.
La familia, justamente preocupada, acudió a especialistas hasta que al final, cuando se reveló que el problema no era de ciencia médica, sino cosa de hechiceros, convocó a un santón venezolano que la sometió a largos rituales, que incluyeron un viaje al campo, donde la protagonista y sus acompañantes, habrían asistido a un encuentro de personas afectadas con síndromes parecidos.
La cura tardó en llegar y cuando por fin la mujer volvió en sí y recuperó todas sus perdidas facultades, había transcurrido casi un año, de cuyas pesadillescas vivencias, la exorcizada no recordaba absolutamente nada.
¿Creer o no creer?.
Las brujas no existen, Garay, pero que las hay, las hay...
Si les interesa el tema, esta revista puede investigar y ampliar cada uno de estos episodios y otros que probablemente aparecerán por el camino.
Envíen sus comentarios y sugerencias a “La gente de Manabí”, correo electrónico....
Dependiendo de la respuesta de nuestros lectores, ofreceremos más de estas... Historias... del más allá...
Manta baila con ganas
Por Ricardo de la Fuente
Hace veinte años, cuando me radiqué en Manta, éste era un pueblo chato y opaco, lleno de polvo y olor a pescado. Había unos cuantos ricachones y muchos, demasiados pobres. Los primeros tenían autos, piscinas y canchas de tenis, pero había quienes los catalogaban como “burros con plata”, porque no sabían hablar de otra cosa que de negocios y dinero. Los pobres no tenían nada, ni siquiera burros.
Si en esa época me hubieran hablado de un teatro lleno a reventar, con gente parada al fondo y viendo un espectáculo de danzas universales protagonizado por jóvenes mantenses, me habría sonado a disparate, a ciencia ficción.
Afortunadamente, el tiempo no pasa en vano. El viernes 2 de febrero, tuve que pellizcarme para convencerme de que lo que estaba viendo era verdad, cuando el elenco de danzas “Montedearte” celebró por todo lo alto, con un espectáculo de gran categoría, sus ocho años de existencia.
Con Pedrito Andrade y su hija tuvimos que peregrinar por las filas de butacas de la platea alta en busca de comodidades, que por fin hallamos en la atestada Sala de Conciertos de la Uleam. Pero siguió llegando gente y a muchos no les quedó más remedio que ver el espectáculo parados dentro de sus zapatos.
Claro, hubo un buen mercadeo. Por empezar, al “show” se le puso un nombre sugestivo: “Noche de Faldas, Bota y Tacón”, título con el cual se publicitó el evento a través de los medios, afiches exhibidos en los comercios y un colorido programa de mano.
Fernando Holguín tuvo a cargo la conducción de la velada, que se inició con una decena de danzas montubias (yo prefiero la “b” a la “v”) y se completó con una segunda parte dedicada a otros ritmos, con intermedios musicales de un buen trío de guitarristas y cantantes y el inefable Raymundo Zambrano, que trajo a escena a un renovado Don Pascual.
Como ya sabemos los que solemos acudir a estas convocatorias, Carlos Delgado y Jessie Sánchez son la pareja estelar, el alma y el corazón de “Montedearte”. Los dos aman la danza y a lo largo de ocho años, han trepado los peldaños que llevan al profesionalismo; no por nada bailaron en numerosas ciudades alemanas en vísperas del Mundial de Fútbol. Pero además de eso, de su intensa plasticidad, de su alegría y entrega, tienen el mérito de haber logrado disciplinar a sus compañeros Johnny Alcívar, Lizyael Sánchez, Leonardo Delgado, Juliana Murillo y Julia Carofilis, transmitiéndoles esa mística y esa pasión por el movimiento corporal hasta convertir al grupo en una ajustado mecanismo de relojería donde no hay vanidosos individualismos, sino arte de conjunto, grupo en acción sincronizada, gestos y pasos perfectamente ajustados con la música.
El repertorio permitió, además, el lucimiento del conjunto a través de la variedad. Las danzas costeñas aburrirían si fuesen todas iguales, pero no; nada de eso ocurrió porque se habían escogido valses, polkas, corridos y porros, fruto de una investigación profunda en las raíces de la música popular de la región.
La segunda parte fue incluso más diversa, porque pasó de las coreografías basadas en boleros tradicionales hasta una versión del famoso tango “El Choclo” (que por cierto, no es de la orquesta a la que se le atribuyó, sino de Angel Villoldo, con música de Enrique Santos Discépolo). Y en el medio, una sensual danza árabe interpretada por Jessie Sánchez, súbitamente convertida en una Shakira criolla.
En suma, “Montedearte” nos regaló una magnífica velada, gracias a ese puñado de jóvenes que hace menos de una década eran apenas unos chicos del montón y que hoy, gracias al esfuerzo, el trabajo, la disciplina, son unos verdaderos bailarines profesionales.
Y eso no es todo. En los próximos días debutará otro grupo de danza – el tercero – y se abrirá una nueva sala de cine en el Banco Central, desde la que se intenta romper el bloqueo cinematográfico de Hollywood. Vamos bien. El tiempo no pasa en vano…
Hace veinte años, cuando me radiqué en Manta, éste era un pueblo chato y opaco, lleno de polvo y olor a pescado. Había unos cuantos ricachones y muchos, demasiados pobres. Los primeros tenían autos, piscinas y canchas de tenis, pero había quienes los catalogaban como “burros con plata”, porque no sabían hablar de otra cosa que de negocios y dinero. Los pobres no tenían nada, ni siquiera burros.
Si en esa época me hubieran hablado de un teatro lleno a reventar, con gente parada al fondo y viendo un espectáculo de danzas universales protagonizado por jóvenes mantenses, me habría sonado a disparate, a ciencia ficción.
Afortunadamente, el tiempo no pasa en vano. El viernes 2 de febrero, tuve que pellizcarme para convencerme de que lo que estaba viendo era verdad, cuando el elenco de danzas “Montedearte” celebró por todo lo alto, con un espectáculo de gran categoría, sus ocho años de existencia.
Con Pedrito Andrade y su hija tuvimos que peregrinar por las filas de butacas de la platea alta en busca de comodidades, que por fin hallamos en la atestada Sala de Conciertos de la Uleam. Pero siguió llegando gente y a muchos no les quedó más remedio que ver el espectáculo parados dentro de sus zapatos.
Claro, hubo un buen mercadeo. Por empezar, al “show” se le puso un nombre sugestivo: “Noche de Faldas, Bota y Tacón”, título con el cual se publicitó el evento a través de los medios, afiches exhibidos en los comercios y un colorido programa de mano.
Fernando Holguín tuvo a cargo la conducción de la velada, que se inició con una decena de danzas montubias (yo prefiero la “b” a la “v”) y se completó con una segunda parte dedicada a otros ritmos, con intermedios musicales de un buen trío de guitarristas y cantantes y el inefable Raymundo Zambrano, que trajo a escena a un renovado Don Pascual.
Como ya sabemos los que solemos acudir a estas convocatorias, Carlos Delgado y Jessie Sánchez son la pareja estelar, el alma y el corazón de “Montedearte”. Los dos aman la danza y a lo largo de ocho años, han trepado los peldaños que llevan al profesionalismo; no por nada bailaron en numerosas ciudades alemanas en vísperas del Mundial de Fútbol. Pero además de eso, de su intensa plasticidad, de su alegría y entrega, tienen el mérito de haber logrado disciplinar a sus compañeros Johnny Alcívar, Lizyael Sánchez, Leonardo Delgado, Juliana Murillo y Julia Carofilis, transmitiéndoles esa mística y esa pasión por el movimiento corporal hasta convertir al grupo en una ajustado mecanismo de relojería donde no hay vanidosos individualismos, sino arte de conjunto, grupo en acción sincronizada, gestos y pasos perfectamente ajustados con la música.
El repertorio permitió, además, el lucimiento del conjunto a través de la variedad. Las danzas costeñas aburrirían si fuesen todas iguales, pero no; nada de eso ocurrió porque se habían escogido valses, polkas, corridos y porros, fruto de una investigación profunda en las raíces de la música popular de la región.
La segunda parte fue incluso más diversa, porque pasó de las coreografías basadas en boleros tradicionales hasta una versión del famoso tango “El Choclo” (que por cierto, no es de la orquesta a la que se le atribuyó, sino de Angel Villoldo, con música de Enrique Santos Discépolo). Y en el medio, una sensual danza árabe interpretada por Jessie Sánchez, súbitamente convertida en una Shakira criolla.
En suma, “Montedearte” nos regaló una magnífica velada, gracias a ese puñado de jóvenes que hace menos de una década eran apenas unos chicos del montón y que hoy, gracias al esfuerzo, el trabajo, la disciplina, son unos verdaderos bailarines profesionales.
Y eso no es todo. En los próximos días debutará otro grupo de danza – el tercero – y se abrirá una nueva sala de cine en el Banco Central, desde la que se intenta romper el bloqueo cinematográfico de Hollywood. Vamos bien. El tiempo no pasa en vano…
Heredera de los Rockefeller visitaba de incógnito el país
Peggy Rockefeller, hija de David y bisnieta del multimillonario norteamericano, estuvo varias
veces en Ecuador, pero pocos supieron de quien se trataba realmente.
Por Ricardo de la Fuente
Para muchos esmeraldeños, la señora con quien hablaban era una gringa más, como tantas otras que vieran llegar a su exuberante provincia. Una señora alta, pecosa, delgada y enérgica, simpática y afable, siempre deseosa de ayudarlos.
Jamás hubieran imaginado que la dama no era una extranjera vulgar, sino una mujer que valía su peso en oro y acaso mucho más que eso: la heredera de uno de los magnates más grandes del mundo, hija, nieta y bisnieta de los multimillonarios Rockefeller. Es probable que para las sencillas gentes de Borbón, de San Lorenzo, del Chota o de Imbabura, el nombre de su visitante tampoco les hubiese impresionado, porque para los de más abajo, la inmensa riqueza de los que están en el vértice de la pirámide social es simplemente inconcebible.
Pero la verdadera identidad de Peggy Rockefeller Dulany se quedaba en las páginas de su pasaporte, ya que ella era presentada como “Mistress Dulany”, usando sólo el apellido materno.
¿Por qué?. Razones de seguridad, sin duda, pero también modestia personal y la conveniencia de preservar el anonimato respecto a tan ilustre y adinerado apellido.
Una anécdota previa
Peggy Rockefeller no había logrado mantener ese anonimato en Brasil, cuando fue integrante del Cuerpo de Paz de los Estados Unidos. “En 1963, ella era una joven con avanzado sentido de la solidaridad social que había ido a convivir con una familia brasileña en la popular “favela” de Jacarazinho, en Río de Janeiro.
A poco, su padre David Rockefeller visitó el país, para atender sus negocios personales y de paso, quiso saber dónde y cómo trabajaba su hija, a la que visitó en la barriada popular.
Invitado a comer por la familia anfitriona, el magnate se sentó a la mesa y compartió su almuerzo, mientras veía horrorizado cómo las ratas entraban y salían por los horámenes de las puertas. Al irse, dejó un cheque con muchos ceros.
Posteriormente, los cheques siguieron llegando, cada uno de ellos con el equivalente a lo que el jefe del hogar hubiera ganado durante diez años de trabajo.
Cuando Peggy concluyó su misión, ni la familia cuyo techo la había cobijado, ni la favela de Jacarazinho, eran las mismas. Todo se había transformado y el barrio vivía una etapa de opulencia, que fue aprovechada por el régimen de entonces para publicitarlo como un modelo a imitar. El jefe de la familia había pasado de la pobreza a la fastuosidad; ahora había en su casa muebles, refrigeradora, los niños usaban zapatos... pero Brasil tenía 90 millones de habitantes pobres y el ángel celestial que Peggy representaba había bajado en la casa de uno solo de ellos”.
Así, al menos, recuerda la anécdota el ensayista uruguayo Eduardo Galeano, en su polémica obra “Las venas abiertas de América Latina”.
Por arte de matrimonio
El caso es que dos décadas más tarde, Peggy Rockefeller vino a Ecuador, en un viaje de turismo que culminó en matrimonio.
Estando en Quito, ella acudía con regularidad al parque La Carolina, donde le gustaba mezclarse con los grupos de muchachos que juegan al fútbol y practicar con ellos ese deporte. Para los jugadores de fin de semana, ella también aparecía como una mochilera sin mayores prejuicios ni convencionalismos, que al ponerse a patear la pelota en un parque público rompía todos los esquemas. Eso era algo que una joven ecuatoriana –y menos si pertenecía a la clase alta- jamás se hubiera atrevido a hacer.
Entre quienes acudían a ese sitio de esparcimiento había algunos otros extranjeros, entre ellos Roberto Mizrahi, un ciudadano argentino de origen judío sefardita. En alguna ocasión, él se ofreció para cuidar las pertenencias de Peggy mientras ella corría tras el balón. Así se conocieron.
Mizrahi llegaba periódicamente a Ecuador, donde hizo amigos, exploró la posibilidad de hacer algún negocio y luego, con algunos socios, fundó el primer hotel de categoría de Esmeraldas, un Apart-Hotel que ostenta el nombre de la provincia verde y que aún presta servicios en el centro de la capital provincial.
Peggy Dulany y Roberto Mizrahi se gustaron, empezaron a salir juntos y al parecer, se casaron en Quito. Lo cierto es que el inversionista empezó a viajar regularmente a Esmeraldas, ahora con su segunda esposa, aunque cuidándose de revelar su verdadera identidad, que en realidad sólo fue conocida por un limitado número de personas.
Ella aprovechaba las visitas al país y a Esmeraldas para recordar sus tiempos de voluntaria del Cuerpo de Paz, visitando comunidades, interesándose por sus anhelos y carencias y ayudándoles de alguna manera, pero todo dentro de la mayor discreción, para que no sucediera lo que había ocurrido en Brasil.
El matrimonio Mizrahi - Rockefeller no perduró y al separarse la pareja, las visitas de incógnito que la multimillonaria heredera realizaba a Esmeraldas, se interrumpieron. De esto, hace seis o siete años.
El ingeniero Roberto Mizrahi trabaja actualmente en programas en la Organización de Estados Americanos. De Peggy Dulany, o mejor dicho de la bisnieta del magnate petrolero John D. Rockefeller, que a fines del siglo XIX fundó un imperio en Texas, no se sabe nada, aunque algunas páginas de internet .la muestran activa hasta hace un par de años.
Tal vez ya no juega al fútbol, como en su juventud, pero sigue desarrollando actividades sociales a través de fundaciones promovidas por su familia.
Esta novedosa historia fue recogida de los testimonios coincidentes de dos testigos, entrevistados separadamente, que si bien conocieron a la pareja no conservan recuerdos muy precisos, en especial sobre los primeros años.-
veces en Ecuador, pero pocos supieron de quien se trataba realmente.
Por Ricardo de la Fuente
Para muchos esmeraldeños, la señora con quien hablaban era una gringa más, como tantas otras que vieran llegar a su exuberante provincia. Una señora alta, pecosa, delgada y enérgica, simpática y afable, siempre deseosa de ayudarlos.
Jamás hubieran imaginado que la dama no era una extranjera vulgar, sino una mujer que valía su peso en oro y acaso mucho más que eso: la heredera de uno de los magnates más grandes del mundo, hija, nieta y bisnieta de los multimillonarios Rockefeller. Es probable que para las sencillas gentes de Borbón, de San Lorenzo, del Chota o de Imbabura, el nombre de su visitante tampoco les hubiese impresionado, porque para los de más abajo, la inmensa riqueza de los que están en el vértice de la pirámide social es simplemente inconcebible.
Pero la verdadera identidad de Peggy Rockefeller Dulany se quedaba en las páginas de su pasaporte, ya que ella era presentada como “Mistress Dulany”, usando sólo el apellido materno.
¿Por qué?. Razones de seguridad, sin duda, pero también modestia personal y la conveniencia de preservar el anonimato respecto a tan ilustre y adinerado apellido.
Una anécdota previa
Peggy Rockefeller no había logrado mantener ese anonimato en Brasil, cuando fue integrante del Cuerpo de Paz de los Estados Unidos. “En 1963, ella era una joven con avanzado sentido de la solidaridad social que había ido a convivir con una familia brasileña en la popular “favela” de Jacarazinho, en Río de Janeiro.
A poco, su padre David Rockefeller visitó el país, para atender sus negocios personales y de paso, quiso saber dónde y cómo trabajaba su hija, a la que visitó en la barriada popular.
Invitado a comer por la familia anfitriona, el magnate se sentó a la mesa y compartió su almuerzo, mientras veía horrorizado cómo las ratas entraban y salían por los horámenes de las puertas. Al irse, dejó un cheque con muchos ceros.
Posteriormente, los cheques siguieron llegando, cada uno de ellos con el equivalente a lo que el jefe del hogar hubiera ganado durante diez años de trabajo.
Cuando Peggy concluyó su misión, ni la familia cuyo techo la había cobijado, ni la favela de Jacarazinho, eran las mismas. Todo se había transformado y el barrio vivía una etapa de opulencia, que fue aprovechada por el régimen de entonces para publicitarlo como un modelo a imitar. El jefe de la familia había pasado de la pobreza a la fastuosidad; ahora había en su casa muebles, refrigeradora, los niños usaban zapatos... pero Brasil tenía 90 millones de habitantes pobres y el ángel celestial que Peggy representaba había bajado en la casa de uno solo de ellos”.
Así, al menos, recuerda la anécdota el ensayista uruguayo Eduardo Galeano, en su polémica obra “Las venas abiertas de América Latina”.
Por arte de matrimonio
El caso es que dos décadas más tarde, Peggy Rockefeller vino a Ecuador, en un viaje de turismo que culminó en matrimonio.
Estando en Quito, ella acudía con regularidad al parque La Carolina, donde le gustaba mezclarse con los grupos de muchachos que juegan al fútbol y practicar con ellos ese deporte. Para los jugadores de fin de semana, ella también aparecía como una mochilera sin mayores prejuicios ni convencionalismos, que al ponerse a patear la pelota en un parque público rompía todos los esquemas. Eso era algo que una joven ecuatoriana –y menos si pertenecía a la clase alta- jamás se hubiera atrevido a hacer.
Entre quienes acudían a ese sitio de esparcimiento había algunos otros extranjeros, entre ellos Roberto Mizrahi, un ciudadano argentino de origen judío sefardita. En alguna ocasión, él se ofreció para cuidar las pertenencias de Peggy mientras ella corría tras el balón. Así se conocieron.
Mizrahi llegaba periódicamente a Ecuador, donde hizo amigos, exploró la posibilidad de hacer algún negocio y luego, con algunos socios, fundó el primer hotel de categoría de Esmeraldas, un Apart-Hotel que ostenta el nombre de la provincia verde y que aún presta servicios en el centro de la capital provincial.
Peggy Dulany y Roberto Mizrahi se gustaron, empezaron a salir juntos y al parecer, se casaron en Quito. Lo cierto es que el inversionista empezó a viajar regularmente a Esmeraldas, ahora con su segunda esposa, aunque cuidándose de revelar su verdadera identidad, que en realidad sólo fue conocida por un limitado número de personas.
Ella aprovechaba las visitas al país y a Esmeraldas para recordar sus tiempos de voluntaria del Cuerpo de Paz, visitando comunidades, interesándose por sus anhelos y carencias y ayudándoles de alguna manera, pero todo dentro de la mayor discreción, para que no sucediera lo que había ocurrido en Brasil.
El matrimonio Mizrahi - Rockefeller no perduró y al separarse la pareja, las visitas de incógnito que la multimillonaria heredera realizaba a Esmeraldas, se interrumpieron. De esto, hace seis o siete años.
El ingeniero Roberto Mizrahi trabaja actualmente en programas en la Organización de Estados Americanos. De Peggy Dulany, o mejor dicho de la bisnieta del magnate petrolero John D. Rockefeller, que a fines del siglo XIX fundó un imperio en Texas, no se sabe nada, aunque algunas páginas de internet .la muestran activa hasta hace un par de años.
Tal vez ya no juega al fútbol, como en su juventud, pero sigue desarrollando actividades sociales a través de fundaciones promovidas por su familia.
Esta novedosa historia fue recogida de los testimonios coincidentes de dos testigos, entrevistados separadamente, que si bien conocieron a la pareja no conservan recuerdos muy precisos, en especial sobre los primeros años.-
Con “Pepe Carmona” se fue todo un personaje
En vista de que las notas necrológicas son un género periodístico muy poco cultivado por las nuevas generaciones de periodistas, varios amigos me han solicitado que escriba un obituario para Pepe Carmona.
Les complazco con gusto y con pesar, ya que Pepe fue, también, amigo mío, pero quiero advertir que no será una nota de compromiso, de aquellas dedicadas exclusivamente a adornar las virtudes del fallecido, sino que tratará de ser una semblanza real del hombre y del personaje.
El rótulo de la funeraria decía “Descanse en paz quien en vida fue José Humberto Muñoz Espinoza”. Fue un error de mercadeo, porque si hubiera dicho “Aquí se está velando a Pepe Carmona”, las dos salas se hubieran llenado, y no solamente la de la planta alta.
En el féretro de madera clara, tras un cristal, se veía el rostro envejecido pero sereno, de un hombre que hizo historia en Manta. Estaba serio, con una expresión poco común en un tipo tan jovial.
Pepe Carmona (o si prefieren su seudónimo: José Humberto Muñoz) vino a Manta hace muchos años, desde Guayaquil. Y a Guayaquil había llegado desde Quito. Y a Quito, desde Centroamérica y allí, desde Santiago de Chile, su ciudad natal.
Su vida fue novelesca, picaresca y rocambolesca. En su país, fue seminarista, en un monasterio donde aprendió muchas cosas, entre ellas a leer en latín y a cantar cánticos sagrados. Allí se formó con una base cultural y con una afición por la lectura que le consolidó en una gama respetable de conocimientos.
De pronto, cambió la capucha de monje que le estaba reservada por el traje de luces en una compañía de zarzuelas, esa variante española de la ópera italiana. Y con actores, actrices, cantantes y tramoyistas se fue a una gira por Centroamérica, donde se integró al ambiente de la farándula de los años 50. Conoció y fue amigo de Julio Jaramillo y de otros muchos artistas latinoamericanos, con algunos de los cuales compartió escenarios. Allí, parece, adoptó el seudónimo de Pepe Carmona.
A Quito llegó como cantante y bailarín flamenco. Con una figura espigada y en pose de castañuelas, las publicidades de la época lo promocionaban como “Pepe Carmona, el Príncipe de la Gitanería”.
En Guayaquil, tuvo un incidente y alguien recibió un puñetazo que lo sentó en el piso. Al día siguiente, el Príncipe de la Gitanería se enteró de que le había pegado nada menos que al Rey de los Funcionarios, un pez gordo de la administración pública que entre otras cosas, se ocupaba del control de los extranjeros. Mala suerte, porque Pepe lo era.
Apareció por Manta sin un céntimo y recordaba, ante quien quisiera oírlo, que la playa de Tarqui, entonces cristalina, le pareció un paraíso. Nunca más se fue.
Hizo amigos, porque esa era su especialidad, con su vozarrón y su simpatía innatas. Radio Visión pasaba por su mejor momento y en sus micrófonos, animó durante mucho tiempo un muy sintonizado programa de tangos. Lo hizo con altura, calidad y versación, al punto de que muchos oyentes, entre ellos el autor de esta semblanza, lo creímos argentino.
Encontró en María Rosa Rodríguez una compañera absolutamente abnegada, porque Pepe jamás dejó la bohemia en la que había vivido. Se casaron y pese, a que como decía un amigo común, “Tarzán pudo ser mejor marido que Pepe Carmona”, la pareja tuvo cuatro hijos, y los criaron bien porque hoy son respetables ciudadanos.
Carmona puso en Tarqui la primera parrillada de Manta, que fue un éxito, al punto de que la apuesta favorita de esos tiempos no era por una botella de whisky o por dinero, sino “por una parrillada en lo de Carmona”. Mucha gente conoció la carne asada sobre las mesas de ese negocio, donde Pepe se prodigaba en charlas, en amigos, en cervezas, hasta la hora que fuera.
Le atraían la noche, los cabarets, los piringundines, en andanzas noctámbulas que luego narraba a voz en cuello. Tuvo todos los llamados vicios masculinos y sin embargo, hubiera podido prosperar, pero además fue un pésimo empresario.
Pese a ello, su organismo resistió los maltratos hasta que, el domingo 1 de febrero le dijo “Basta: hasta aquí te he acompañado” y se murió, rodeado de familiares y amigos.
Su sepelio fue una caudalosa demostración de pesar. Sus anécdotas y su agresivo sentido del humor fueron recordadas una y otra vez, como aquella ocasión en que puso a su viejísimo y destartalado vehículo un rótulo que advertía: “No se vende”. Y por las dudas, lo complementó un tiempo más tarde: “ ¡No se vende, carajo!”.
Toda ciudad necesita de personajes especiales, que se salen de lo común. Es posible que en ocasiones, Pepe le haya colmado la paciencia a quienes le rodeaban, pero también es cierto que le alegró la vida a medio Manta.
De vez en cuando, pongamos unas flores en su tumba y bebámonos un vaso de cerveza en su memoria.-
Les complazco con gusto y con pesar, ya que Pepe fue, también, amigo mío, pero quiero advertir que no será una nota de compromiso, de aquellas dedicadas exclusivamente a adornar las virtudes del fallecido, sino que tratará de ser una semblanza real del hombre y del personaje.
El rótulo de la funeraria decía “Descanse en paz quien en vida fue José Humberto Muñoz Espinoza”. Fue un error de mercadeo, porque si hubiera dicho “Aquí se está velando a Pepe Carmona”, las dos salas se hubieran llenado, y no solamente la de la planta alta.
En el féretro de madera clara, tras un cristal, se veía el rostro envejecido pero sereno, de un hombre que hizo historia en Manta. Estaba serio, con una expresión poco común en un tipo tan jovial.
Pepe Carmona (o si prefieren su seudónimo: José Humberto Muñoz) vino a Manta hace muchos años, desde Guayaquil. Y a Guayaquil había llegado desde Quito. Y a Quito, desde Centroamérica y allí, desde Santiago de Chile, su ciudad natal.
Su vida fue novelesca, picaresca y rocambolesca. En su país, fue seminarista, en un monasterio donde aprendió muchas cosas, entre ellas a leer en latín y a cantar cánticos sagrados. Allí se formó con una base cultural y con una afición por la lectura que le consolidó en una gama respetable de conocimientos.
De pronto, cambió la capucha de monje que le estaba reservada por el traje de luces en una compañía de zarzuelas, esa variante española de la ópera italiana. Y con actores, actrices, cantantes y tramoyistas se fue a una gira por Centroamérica, donde se integró al ambiente de la farándula de los años 50. Conoció y fue amigo de Julio Jaramillo y de otros muchos artistas latinoamericanos, con algunos de los cuales compartió escenarios. Allí, parece, adoptó el seudónimo de Pepe Carmona.
A Quito llegó como cantante y bailarín flamenco. Con una figura espigada y en pose de castañuelas, las publicidades de la época lo promocionaban como “Pepe Carmona, el Príncipe de la Gitanería”.
En Guayaquil, tuvo un incidente y alguien recibió un puñetazo que lo sentó en el piso. Al día siguiente, el Príncipe de la Gitanería se enteró de que le había pegado nada menos que al Rey de los Funcionarios, un pez gordo de la administración pública que entre otras cosas, se ocupaba del control de los extranjeros. Mala suerte, porque Pepe lo era.
Apareció por Manta sin un céntimo y recordaba, ante quien quisiera oírlo, que la playa de Tarqui, entonces cristalina, le pareció un paraíso. Nunca más se fue.
Hizo amigos, porque esa era su especialidad, con su vozarrón y su simpatía innatas. Radio Visión pasaba por su mejor momento y en sus micrófonos, animó durante mucho tiempo un muy sintonizado programa de tangos. Lo hizo con altura, calidad y versación, al punto de que muchos oyentes, entre ellos el autor de esta semblanza, lo creímos argentino.
Encontró en María Rosa Rodríguez una compañera absolutamente abnegada, porque Pepe jamás dejó la bohemia en la que había vivido. Se casaron y pese, a que como decía un amigo común, “Tarzán pudo ser mejor marido que Pepe Carmona”, la pareja tuvo cuatro hijos, y los criaron bien porque hoy son respetables ciudadanos.
Carmona puso en Tarqui la primera parrillada de Manta, que fue un éxito, al punto de que la apuesta favorita de esos tiempos no era por una botella de whisky o por dinero, sino “por una parrillada en lo de Carmona”. Mucha gente conoció la carne asada sobre las mesas de ese negocio, donde Pepe se prodigaba en charlas, en amigos, en cervezas, hasta la hora que fuera.
Le atraían la noche, los cabarets, los piringundines, en andanzas noctámbulas que luego narraba a voz en cuello. Tuvo todos los llamados vicios masculinos y sin embargo, hubiera podido prosperar, pero además fue un pésimo empresario.
Pese a ello, su organismo resistió los maltratos hasta que, el domingo 1 de febrero le dijo “Basta: hasta aquí te he acompañado” y se murió, rodeado de familiares y amigos.
Su sepelio fue una caudalosa demostración de pesar. Sus anécdotas y su agresivo sentido del humor fueron recordadas una y otra vez, como aquella ocasión en que puso a su viejísimo y destartalado vehículo un rótulo que advertía: “No se vende”. Y por las dudas, lo complementó un tiempo más tarde: “ ¡No se vende, carajo!”.
Toda ciudad necesita de personajes especiales, que se salen de lo común. Es posible que en ocasiones, Pepe le haya colmado la paciencia a quienes le rodeaban, pero también es cierto que le alegró la vida a medio Manta.
De vez en cuando, pongamos unas flores en su tumba y bebámonos un vaso de cerveza en su memoria.-
La prima gordita (Relato erótico)
“El hombre viene al mundo con los polvos contados”, dice el Gabo en una de sus novelas. Y concluye: “Polvo que no se echa, se pierde para siempre”.
Yo creo que, en esta materia, todos tenemos una historia que contar. Hombres y mujeres, nadie se salva de una memorable frustración de índole sexual, ni siquiera los que siendo masculinos se sienten femeninos y viceversa.
Lo que voy a narrar viene desde el baúl de los recuerdos personales y no es que sea una gran historia, sino que el chiste es saber contarla, para ejemplo de los jóvenes literómanos y deleite de los que no lo son, que pueden sentirse identificados con el desdichado autor de esta endecha, a quien el paso del tiempo ha quitado el amargor de los primeros momentos, al punto de convertirse en anécdota digna de ser narrada, porque nunca debemos dejar de reírnos de nosotros mismos.
Frisaba yo los 17 años. Era un joven delgado, tal vez apuesto, porque casi todos lo son a esa edad de sueños y quimeras, cuando descubrimos que el mundo es algo más ancho que la aldea natal, que la vida es deliciosa y que está llena de expectativas y promesas.
Había regresado a mi pueblo tras iniciarme no sólo en los cursos universitarios, sino también en los necesarios roces con piel de mujer, experiencia tan anhelada como torpe y mercantil, que lejos de apaciguar mis bríos, los había puesto sobre el fuego lento de una cocción llamada a provocar nuevos hervores y ebulliciones.
Este debut en las ars amandii era una asignatura pendiente que venía arrastrando desde la secundaria; es sabido que en los pueblos rige una castidad que no es fruto de la virtud religiosa, sino del temor, los prejuicios y la falta total de oportunidades. Por eso, la mayoría de mis paisanos habían llegado vírgenes al matrimonio. Que quede claro: porque no había otro remedio, ya que el cura, desde el púlpito, amenazaba con excomulgar al pervertido zapatero que cada cierto tiempo insistía en traer de alguna parte a una dama a la que presentaba como una prima lejana, pero que de tal no tenía ni un pelo, porque de noche, furtivamente, se hermanaba con los pocos afortunados que llegaban a enterarse de su presencia. Inevitablemente, la prima tenía que irse expulsada de la parroquia y todos volvían al onanismo de siempre.
Paseaba por las calles abiertas y amigas de la niñez, cuando me encontré a boca de jarro con Mayte Frutal – nombre protegido, por si aún vive – y saludamos como si nos hubiéramos visto el día anterior. Mayte había llegado a la secundaria desde un valle del lejano sur, con su familia emigrada vaya a saberse por qué razón. Ya entonces, a pesar de que sólo era una niña, había causado cierta conmoción entre los adolescentes, porque esa jovencita tenía un indudable encanto, de aquellos que alborotan. Tal vez por eso, entre las pacatas madres de familia, algunas de las cuales poseían severidad de monjas inquisidoras, circuló en baja voz que la chica “no era trigo limpio”. Así decían, sentenciosamente, sin aportar la menor prueba.
A mí me importó un bledo qué clase de semillas había producido ese pan rubio en que Mayte se había convertido apenas a la vuelta de un par de años. Era espigada como el trigo, sí, y además su busto estaba maduro, firmes sus caderas, largas sus piernas, igual que su cabellera lacia atada en trenzas. El rostro seguía dominado por unos labios ligeramente prominentes, como si estuvieran prontos a besar al primero que se les acercara. ¡Y ese era yo!
Voy a estar unos días aquí, porque regreso a mi pueblo del valle. ¿No quieres venir?, me dijo a modo de desafío. La muy ladina sabía que yo tendría muy escasas posibilidades de hacer por mi cuenta semejante viaje, de cerca de 800 kilómetros. Pero la invitación parecía sincera. “Yo voy a estar en la casa de mis padres, pero mi tío tiene una finca y allí podrías alojarte. Si te decides, me avisas...”
....
A la oportunidad la pintan calva, dice el refrán. Y ésta se presentó apenas un par de días más tarde, cuando Omar E., un ex compañero del colegio, ahora chofer de un camión, me lanzó esta perla:
- Tengo que irme al valle de Río Negro, a cargar manzanas. Es un viaje de ida y vuelta y viajo solo. Si quieres acompañarme...
Por supuesto, acepté de inmediato. Mi madre puso el grito en el cielo por ese descuento en el tiempo de vacaciones y el riesgo de un viaje tan largo, pero terminó dando su asentimiento. Corrí donde Mayte y le pedí sus señas domiciliarias. Nadie más sabía del encuentro que se tramaba en el país de las manzanas.
Ella llegó antes que yo, y me esperaba.
He olvidado ciertos detalles del viaje, cuántas veces dormimos en las literas del camión, qué comimos y donde, en el trayecto por sobre una llanura interminable. Lo cierto es que unos días después, en una mañana radiante, el camión entraba por en medio de una doble barrera de altísimos álamos, al corazón del fértil valle.
Omar, cansado como un héroe de la guerra, anunció que dormiría todo el día mientras su camión era abastecido. “Esta misma noche regresamos”, anunció.
- ¿Esta noche?... ¿Cómo que esta noche?. ¿No vas a descansar más tiempo?. ¡Tú estás loco, quieres que nos matemos!, protesté. Pero nada, no hubo caso. Capitán manda, y esa misma noche retornaríamos. No había otra opción, porque tampoco tenía dinero para regresar por mi cuenta.
Por fin, la cita. Mayte me presentó a sus parientes como lo que era, un ex compañero de colegio al que había que atender. Hubo charla, música, un almuerzo y después, el bochorno de la siesta, que por esos lares se cumple rigurosa.
Afortunadamente, la familia de mi amiga era liberal y descomplicada. La única excepción era la prima menor de Mayte, una gordita introvertida que miraba al extraño con mirada recelosa.
La dejaríamos atrás cuando nos fuéramos a la finca del tío, paseo que, según la propuesta de mi anfitriona, se cumpliría en sendas bicicletas.
- No, dijo la gordita. Una de esas bicicletas es mía.
- Pero se la puedes prestar a mi amigo, argumentó Mayte.
- No. Yo también quiero ir.
- ¡Pero si tú ya conoces, y hay sólo dos bicicletas!
- No. Yo voy en mi bicicleta.
La prima se había puesto terca, con el empecinamiento caprichoso de sus 12 o 13 años. Yo no tenía opción a intervenir en la disputa, pero tomé nota del interés de Mayte en que la prima fastidiosa se quedara oyendo la radio, hojeando revistas o ahorcándose en su cuarto. Finalmente, ante la imposibilidad de que aceptara rendirse, surgió una alternativa: Mayte y yo iríamos en la bicicleta grande y la prima, en la suya, que era más pequeña. Pero, ¿cómo hacerlo?. La “bici” era para usar con faldas y carecía de una barra o de asiento posterior. “¡Ya está!, dijo la imaginativa muchacha. “Yo me siento sobre el volante y me apoyo en tus hombros!”. Probamos y funcionó; de manera que empezó el paseo.
No recuerdo cuántas cuadras tuve que pedalear, tal vez unas diez o quince. Lo que nunca he podido olvidar, ni olvidaré mientras viva, es la cercana presencia de mi joven diosa divirtiéndose a mares mientras se apoyaba en mis brazos, en mis hombros, juntando las manos tras de mi nuca, haciéndome cosquillas, jugando a taparme la visión del camino cuando inclinaba el torso hacia derecha o izquierda, absolutamente consciente, la muy coqueta, del efecto que el bailoteo de sus tetas alegres y festivas organizaba detrás de su camisetilla, a veinte centímetros de mi nariz.
Así soliviantado por la situación – que incluía perfumes de axila y de aliento fresco – llegamos a la propiedad, que como todas allí, estaba cubierta de manzanares y rodeada de apretadas hileras de álamos cuya función es impedir que el viento derribe los rojos frutos de la tentación bíblica.
¡Y vaya que hubo tentaciones, esa tarde inolvidable!. El tal tío no estaba en casa y un peón nos dio acceso libre al jardín del Edén, apacible bajo un sol tórrido, que recorrimos de extremo a extremo, siempre acompañados por la prima gordita, impasible y ceñuda, y en el fondo aburrida, porque si bien conocía el predio tan bien como Mayte, no tenía ella el aliciente de un ocasional compañero de juegos, ni la edad para disfrutarlo.
Por eso, la muchachita se sentó cuando, hartos de pasear y coquetear, organizamos un juego ecuestre, pero sin caballos.
Me explico: el caballo era yo, sobre la alta, fresca y tupida hierba. A horcajadas, me dejaba montar por mi amiga y luego iniciaba una serie de cabriolas y corcovos para derribarla. Luego, ella era la yegua y yo su ágil jinete, en un espectáculo de excitada y excitante doma que terminaba con los dos desparramados sobre el colchón vegetal, la ropa corrida y desarreglada, el aliento entrecortado y las entrepiernas húmedas por el esfuerzo, muertos de la risa y de deseo. Deseo de que la prima impúber e imbécil, única espectadora de una cabalgata que no le divertía en absoluto, fuera arrastrada por un súbito aluvión, tragada por una repentina falla geológica, comida por gusanos voraces de una nueva especie tragaprimas, acabada de sumar a los anales de la entomología.
Caía la tarde cuando, con las piernas temblando de cansada frustración, nos despedimos. Nunca lo admitimos, pero ambos éramos conscientes de que ese día en el valle habíamos caminado por el filo de una navaja. Que las circunstancias, y sólo ellas, habían podido evitar lo inevitable, y que tal vez – si la prima gordita no hubiese estado allí, instalada como una chaperona de ojo alerta - nuestras vidas pudieron tomar un sesgo diferente.
Pero no fue, y nunca más volví a ver a la bella Mayte...
Yo creo que, en esta materia, todos tenemos una historia que contar. Hombres y mujeres, nadie se salva de una memorable frustración de índole sexual, ni siquiera los que siendo masculinos se sienten femeninos y viceversa.
Lo que voy a narrar viene desde el baúl de los recuerdos personales y no es que sea una gran historia, sino que el chiste es saber contarla, para ejemplo de los jóvenes literómanos y deleite de los que no lo son, que pueden sentirse identificados con el desdichado autor de esta endecha, a quien el paso del tiempo ha quitado el amargor de los primeros momentos, al punto de convertirse en anécdota digna de ser narrada, porque nunca debemos dejar de reírnos de nosotros mismos.
Frisaba yo los 17 años. Era un joven delgado, tal vez apuesto, porque casi todos lo son a esa edad de sueños y quimeras, cuando descubrimos que el mundo es algo más ancho que la aldea natal, que la vida es deliciosa y que está llena de expectativas y promesas.
Había regresado a mi pueblo tras iniciarme no sólo en los cursos universitarios, sino también en los necesarios roces con piel de mujer, experiencia tan anhelada como torpe y mercantil, que lejos de apaciguar mis bríos, los había puesto sobre el fuego lento de una cocción llamada a provocar nuevos hervores y ebulliciones.
Este debut en las ars amandii era una asignatura pendiente que venía arrastrando desde la secundaria; es sabido que en los pueblos rige una castidad que no es fruto de la virtud religiosa, sino del temor, los prejuicios y la falta total de oportunidades. Por eso, la mayoría de mis paisanos habían llegado vírgenes al matrimonio. Que quede claro: porque no había otro remedio, ya que el cura, desde el púlpito, amenazaba con excomulgar al pervertido zapatero que cada cierto tiempo insistía en traer de alguna parte a una dama a la que presentaba como una prima lejana, pero que de tal no tenía ni un pelo, porque de noche, furtivamente, se hermanaba con los pocos afortunados que llegaban a enterarse de su presencia. Inevitablemente, la prima tenía que irse expulsada de la parroquia y todos volvían al onanismo de siempre.
Paseaba por las calles abiertas y amigas de la niñez, cuando me encontré a boca de jarro con Mayte Frutal – nombre protegido, por si aún vive – y saludamos como si nos hubiéramos visto el día anterior. Mayte había llegado a la secundaria desde un valle del lejano sur, con su familia emigrada vaya a saberse por qué razón. Ya entonces, a pesar de que sólo era una niña, había causado cierta conmoción entre los adolescentes, porque esa jovencita tenía un indudable encanto, de aquellos que alborotan. Tal vez por eso, entre las pacatas madres de familia, algunas de las cuales poseían severidad de monjas inquisidoras, circuló en baja voz que la chica “no era trigo limpio”. Así decían, sentenciosamente, sin aportar la menor prueba.
A mí me importó un bledo qué clase de semillas había producido ese pan rubio en que Mayte se había convertido apenas a la vuelta de un par de años. Era espigada como el trigo, sí, y además su busto estaba maduro, firmes sus caderas, largas sus piernas, igual que su cabellera lacia atada en trenzas. El rostro seguía dominado por unos labios ligeramente prominentes, como si estuvieran prontos a besar al primero que se les acercara. ¡Y ese era yo!
Voy a estar unos días aquí, porque regreso a mi pueblo del valle. ¿No quieres venir?, me dijo a modo de desafío. La muy ladina sabía que yo tendría muy escasas posibilidades de hacer por mi cuenta semejante viaje, de cerca de 800 kilómetros. Pero la invitación parecía sincera. “Yo voy a estar en la casa de mis padres, pero mi tío tiene una finca y allí podrías alojarte. Si te decides, me avisas...”
....
A la oportunidad la pintan calva, dice el refrán. Y ésta se presentó apenas un par de días más tarde, cuando Omar E., un ex compañero del colegio, ahora chofer de un camión, me lanzó esta perla:
- Tengo que irme al valle de Río Negro, a cargar manzanas. Es un viaje de ida y vuelta y viajo solo. Si quieres acompañarme...
Por supuesto, acepté de inmediato. Mi madre puso el grito en el cielo por ese descuento en el tiempo de vacaciones y el riesgo de un viaje tan largo, pero terminó dando su asentimiento. Corrí donde Mayte y le pedí sus señas domiciliarias. Nadie más sabía del encuentro que se tramaba en el país de las manzanas.
Ella llegó antes que yo, y me esperaba.
He olvidado ciertos detalles del viaje, cuántas veces dormimos en las literas del camión, qué comimos y donde, en el trayecto por sobre una llanura interminable. Lo cierto es que unos días después, en una mañana radiante, el camión entraba por en medio de una doble barrera de altísimos álamos, al corazón del fértil valle.
Omar, cansado como un héroe de la guerra, anunció que dormiría todo el día mientras su camión era abastecido. “Esta misma noche regresamos”, anunció.
- ¿Esta noche?... ¿Cómo que esta noche?. ¿No vas a descansar más tiempo?. ¡Tú estás loco, quieres que nos matemos!, protesté. Pero nada, no hubo caso. Capitán manda, y esa misma noche retornaríamos. No había otra opción, porque tampoco tenía dinero para regresar por mi cuenta.
Por fin, la cita. Mayte me presentó a sus parientes como lo que era, un ex compañero de colegio al que había que atender. Hubo charla, música, un almuerzo y después, el bochorno de la siesta, que por esos lares se cumple rigurosa.
Afortunadamente, la familia de mi amiga era liberal y descomplicada. La única excepción era la prima menor de Mayte, una gordita introvertida que miraba al extraño con mirada recelosa.
La dejaríamos atrás cuando nos fuéramos a la finca del tío, paseo que, según la propuesta de mi anfitriona, se cumpliría en sendas bicicletas.
- No, dijo la gordita. Una de esas bicicletas es mía.
- Pero se la puedes prestar a mi amigo, argumentó Mayte.
- No. Yo también quiero ir.
- ¡Pero si tú ya conoces, y hay sólo dos bicicletas!
- No. Yo voy en mi bicicleta.
La prima se había puesto terca, con el empecinamiento caprichoso de sus 12 o 13 años. Yo no tenía opción a intervenir en la disputa, pero tomé nota del interés de Mayte en que la prima fastidiosa se quedara oyendo la radio, hojeando revistas o ahorcándose en su cuarto. Finalmente, ante la imposibilidad de que aceptara rendirse, surgió una alternativa: Mayte y yo iríamos en la bicicleta grande y la prima, en la suya, que era más pequeña. Pero, ¿cómo hacerlo?. La “bici” era para usar con faldas y carecía de una barra o de asiento posterior. “¡Ya está!, dijo la imaginativa muchacha. “Yo me siento sobre el volante y me apoyo en tus hombros!”. Probamos y funcionó; de manera que empezó el paseo.
No recuerdo cuántas cuadras tuve que pedalear, tal vez unas diez o quince. Lo que nunca he podido olvidar, ni olvidaré mientras viva, es la cercana presencia de mi joven diosa divirtiéndose a mares mientras se apoyaba en mis brazos, en mis hombros, juntando las manos tras de mi nuca, haciéndome cosquillas, jugando a taparme la visión del camino cuando inclinaba el torso hacia derecha o izquierda, absolutamente consciente, la muy coqueta, del efecto que el bailoteo de sus tetas alegres y festivas organizaba detrás de su camisetilla, a veinte centímetros de mi nariz.
Así soliviantado por la situación – que incluía perfumes de axila y de aliento fresco – llegamos a la propiedad, que como todas allí, estaba cubierta de manzanares y rodeada de apretadas hileras de álamos cuya función es impedir que el viento derribe los rojos frutos de la tentación bíblica.
¡Y vaya que hubo tentaciones, esa tarde inolvidable!. El tal tío no estaba en casa y un peón nos dio acceso libre al jardín del Edén, apacible bajo un sol tórrido, que recorrimos de extremo a extremo, siempre acompañados por la prima gordita, impasible y ceñuda, y en el fondo aburrida, porque si bien conocía el predio tan bien como Mayte, no tenía ella el aliciente de un ocasional compañero de juegos, ni la edad para disfrutarlo.
Por eso, la muchachita se sentó cuando, hartos de pasear y coquetear, organizamos un juego ecuestre, pero sin caballos.
Me explico: el caballo era yo, sobre la alta, fresca y tupida hierba. A horcajadas, me dejaba montar por mi amiga y luego iniciaba una serie de cabriolas y corcovos para derribarla. Luego, ella era la yegua y yo su ágil jinete, en un espectáculo de excitada y excitante doma que terminaba con los dos desparramados sobre el colchón vegetal, la ropa corrida y desarreglada, el aliento entrecortado y las entrepiernas húmedas por el esfuerzo, muertos de la risa y de deseo. Deseo de que la prima impúber e imbécil, única espectadora de una cabalgata que no le divertía en absoluto, fuera arrastrada por un súbito aluvión, tragada por una repentina falla geológica, comida por gusanos voraces de una nueva especie tragaprimas, acabada de sumar a los anales de la entomología.
Caía la tarde cuando, con las piernas temblando de cansada frustración, nos despedimos. Nunca lo admitimos, pero ambos éramos conscientes de que ese día en el valle habíamos caminado por el filo de una navaja. Que las circunstancias, y sólo ellas, habían podido evitar lo inevitable, y que tal vez – si la prima gordita no hubiese estado allí, instalada como una chaperona de ojo alerta - nuestras vidas pudieron tomar un sesgo diferente.
Pero no fue, y nunca más volví a ver a la bella Mayte...
Cura amigo del Padre Amaro ensayó su papel en Manta - PROTAGONIZARA PELICULA ECUATORIANA
Actores manabitas también tendrán destacadas actuaciones en el filme “Crónicas”, de Sebastián Cordero
Especial para “El Diario”, por Ricardo de la Fuente
Manta.- ¿Recuerdan ustedes al joven e inexperto Padre Amaro?. Es posible que sí, porque “El crimen del Padre Amaro” es una de las más recientes y exitosas películas mexicanas, que hace pocas semanas se exhibía aún en las salas de los Supercines, en Manta y Portoviejo.
Pues bien; en esa producción, el joven cura, apenas destacado por sus superiores a un pueblo de la zona rural, se ve expuesto a las tentaciones terrenales, personificadas en una hermosa y seductora muchacha y en el poder y el dinero que ya ha aceptado como forma de vida el cura párroco del lugar. Como contraposición, en las montañas cercanas hay un tercer religioso que ha preferido seguir el llamado “Evangelio de los pobres” y optar por el compromiso social entre los campesinos desheredados.
Precisamente éste último cura –el padre Natalio Pérez en la ficción cinematográfica, y en la realidad el actor azteca Damián Alcázar- será el protagonista de la última película del realizador ecuatoriano Sebastián Cordero, “Crónicas”, cuyo rodaje comienza en estos días en locaciones de Guayaquil y Babahoyo.
“Crónicas” será un “thriller” policíaco, con guión basado en las andanzas de un asesino en serie de oscuro origen colombiano, al estilo de Daniel Camargo Barbosa y Pedro Alonso López, quienes hace años incursionaron en Ecuador dejando un tendal de víctimas.
Contacto en Manta
Alcázar, un veterano actor de cine, con bien ganada fama en México aunque menos conocido en los países donde no llegan todas las producciones, fue seleccionado por Cordero recurriendo a la abundante información que sobre éste y otros actores existe en sitios especiales de Internet. ¿Y por qué estuvo en Manta?. Pues, sencillamente porque otros papeles coprotagónicos los encontró el director en la pequeña cantera actoral de la ciudad, donde el teatro tiene una verdadera plaza fuerte desde hace dos décadas.
Así, la joven comediante Gloria Leyton y Miguel Molla, de once años, uno de sus alumnos de teatro, también tomarán parte en la película, así como el consagrado intérprete Raymundo Zambrano, fundador del elenco “La Trinchera” y actualmente director del grupo “Palosanto”, aunque éste último en un fugaz momento del drama.
Cabe destacar que el chico Molla, fue seleccionado por eliminación de un amplio casting que involucró nada menos que a setecientos jovencitos de su edad, lo que indudablemente le significaría la (hasta ahora) más destacable oportunidad de su vida.
Alcázar, quien viajó desde España y Canadá para estar presente en los ensayos preliminares, fue presentado a los actores locales con quienes hizo unas pruebas a puertas cerradas en el patio de un hotel de Manta. Su visita fue de apenas unas horas, pese a lo cual se dio tiempo para atender a nuestra solicitud para la entrevista que con ribetes de exclusividad, presentamos en esta misma página.
FOTO (tomada de Internet)
Escena de “El crimen del Padre Amaro” en la que consta Damián Alcázar en el papel del padre Natalio Pérez, junto al protagonista.
...................
ENTREVISTA CON DAMIAN ALCAZAR
“El Padre Amaro causó escándalo,
pero renació al cine mexicano”
Pregunta: ¿Quién es Damián Alcázar?. ¿Un actor de teatro, de cine o de televisión?
Alcázar: Un actor de todo eso, pero fundamentalmente de cine, ya que muy poco he hecho televisión. Mi romance con el cine es apasionado y dura ya trece años. Como no vivo en la ciudad capital, que es donde se hace teatro, sólo ocasionalmente me toca actuar en vivo. Pero, claro, me inicié sobre las tablas.
¿Y cómo fue ese inicio?
Bueno, los orígenes siempre son un poco extraños. A los dos años y medio de edad me llevaron al cine por primera vez y todavía me acuerdo de ella.
¿Qué película era?
Era una película bastante mala, que se llamaba “El Aguila Negra”; una especie de “western” a la mexicana que me marcó, porque desde entonces me identifiqué con la ficción, que siempre me pareció más aceptable que nuestras tremendas realidades. Fui un niño triste, solo, encerrado en las lecturas, los cuentos... y el cine, que era otra forma de escape. Vi mucho cine en los tiempos en que los martes, se podía ver tres películas por un peso. Yo creo que allí están los orígenes de mi vocación para actor.
¿Y cual fue “su” primera película?
Bueno; primero fue el teatro, cuando terminó mi adolescencia y me integré a un grupo de aprendices. Fueron ocho años de estudio en diferentes escuelas y luego, otros ocho años de actuaciones diarias, ganándome la vida como actor y descubriendo lo hermoso que es representar los sueños y la fantasía de la ficción. Hasta que un buen día me decidí a hacer cine, convirtiéndome en un actor desocupado a la espera de su oportunidad...
Finalmente, luego de un par de cortometrajes, llegó la ocasión de ser coprotagonista, pero de un guión bastante malo. Cuando lo leí, me dije: ¡Uy, de esto no va a salir nada bueno!... éste puede terminar en una nota roja, amarillista, espantosa.... y eso fue lo que sucedió. Se llamaba “La ciudad al desnudo”.
¿Qué títulos le siguieron?
Como tengo buena suerte y en el cine se aprende a grandes zancadas, al año siguiente hice mi primer estelar, llamado “La leyenda de una máscara”, sobre un guión muy inteligente y que además marcó el comienzo de lo que la crítica llamó el nuevo cine mexicano, sólo por bautizarle de alguna manera. Desde entonces, iniciándose la década de los noventa, el cine mexicano, que lo habían hecho trizas, empezó a resurgir y la gente volvió a las salas. Se filman unas ocho películas al año, de las cuales por lo menos una sale muy buena.
Sin embargo, el cine mexicano fue una verdadera industria de exportación. México exportó su cultura a través del cine, que fue un referente importante en el panorama de la cinematografía latinoamericana. ¿Se puede hablar hoy de un renacimiento del cine mexicano?
La época de oro del cine mexicano coincidió con la posguerra en los Estados Unidos, que nos apoyaba abiertamente. Como son nuestros vecinos de arriba, México fue algo así como la puerta de entrada de los Estados Unidos en todo el subcontinente. Pero nuestro cine se prostituyó en los años 70´s, cuando se empezaron a explotar las muchachas, la droga, la policía y todo eso y el público terminó por cansarse. Hoy, si, se puede hablar de un renacimiento del cine mexicano.
En total, ¿en cuántas películas ha participado?
Bueno, en roles protagónicos, 17, pero en unas diez más he hecho diversos papeles secundarios por diversos motivos, ya fuera porque necesitaban un tipo como yo o porque el director era mi amigo y me ayudaba a pagar la renta. En Latinoamérica, los actores somos trabajadores eventuales, no estrellas.
¿Cuáles recuerda con más cariño?
Me gustan mucho “La Ley de Herodes”, “Dos crímenes”, “Bajo California”... podría decir que en estas producciones, el 90 por ciento de los guiones han sido muy buenos. Este nuevo proyecto (“Crónicas”) es formidable. Me excita mucho iniciar este nuevo trabajo, me emociona...
La película que nosotros tenemos más fresca es “El crimen del Padre Amaro”?. Pero es una película de contenidos muy fuertes y audaces. ¿Cómo fue recibida por el público de su país?
¡Con un escándalo terrible!
¿La Iglesia se enojó mucho?
¡Mucho!...y no sólo la Iglesia... también los grupos más recalcitrantemente conservadores de nuestra sociedad, como uno que se llama Provida, que ni siquiera aceptan el uso del condón, y no porque sea incómodo, sino porque es un pecado usarlos. Es más, hubo comunidades católicas donde se pidió a los feligreses que quienes hubieran ido a ver la película, fueran luego a misa para pedir perdón... Pero, eso sí, el éxito de público fue extraordinario porque El Padre Amaro fue una de esas cintas “rompetaquillas” que hacen pensar que nuestro cine, por fin, anda otra vez en buenos pasos y que el público lo acepta.-
Especial para “El Diario”, por Ricardo de la Fuente
Manta.- ¿Recuerdan ustedes al joven e inexperto Padre Amaro?. Es posible que sí, porque “El crimen del Padre Amaro” es una de las más recientes y exitosas películas mexicanas, que hace pocas semanas se exhibía aún en las salas de los Supercines, en Manta y Portoviejo.
Pues bien; en esa producción, el joven cura, apenas destacado por sus superiores a un pueblo de la zona rural, se ve expuesto a las tentaciones terrenales, personificadas en una hermosa y seductora muchacha y en el poder y el dinero que ya ha aceptado como forma de vida el cura párroco del lugar. Como contraposición, en las montañas cercanas hay un tercer religioso que ha preferido seguir el llamado “Evangelio de los pobres” y optar por el compromiso social entre los campesinos desheredados.
Precisamente éste último cura –el padre Natalio Pérez en la ficción cinematográfica, y en la realidad el actor azteca Damián Alcázar- será el protagonista de la última película del realizador ecuatoriano Sebastián Cordero, “Crónicas”, cuyo rodaje comienza en estos días en locaciones de Guayaquil y Babahoyo.
“Crónicas” será un “thriller” policíaco, con guión basado en las andanzas de un asesino en serie de oscuro origen colombiano, al estilo de Daniel Camargo Barbosa y Pedro Alonso López, quienes hace años incursionaron en Ecuador dejando un tendal de víctimas.
Contacto en Manta
Alcázar, un veterano actor de cine, con bien ganada fama en México aunque menos conocido en los países donde no llegan todas las producciones, fue seleccionado por Cordero recurriendo a la abundante información que sobre éste y otros actores existe en sitios especiales de Internet. ¿Y por qué estuvo en Manta?. Pues, sencillamente porque otros papeles coprotagónicos los encontró el director en la pequeña cantera actoral de la ciudad, donde el teatro tiene una verdadera plaza fuerte desde hace dos décadas.
Así, la joven comediante Gloria Leyton y Miguel Molla, de once años, uno de sus alumnos de teatro, también tomarán parte en la película, así como el consagrado intérprete Raymundo Zambrano, fundador del elenco “La Trinchera” y actualmente director del grupo “Palosanto”, aunque éste último en un fugaz momento del drama.
Cabe destacar que el chico Molla, fue seleccionado por eliminación de un amplio casting que involucró nada menos que a setecientos jovencitos de su edad, lo que indudablemente le significaría la (hasta ahora) más destacable oportunidad de su vida.
Alcázar, quien viajó desde España y Canadá para estar presente en los ensayos preliminares, fue presentado a los actores locales con quienes hizo unas pruebas a puertas cerradas en el patio de un hotel de Manta. Su visita fue de apenas unas horas, pese a lo cual se dio tiempo para atender a nuestra solicitud para la entrevista que con ribetes de exclusividad, presentamos en esta misma página.
FOTO (tomada de Internet)
Escena de “El crimen del Padre Amaro” en la que consta Damián Alcázar en el papel del padre Natalio Pérez, junto al protagonista.
...................
ENTREVISTA CON DAMIAN ALCAZAR
“El Padre Amaro causó escándalo,
pero renació al cine mexicano”
Pregunta: ¿Quién es Damián Alcázar?. ¿Un actor de teatro, de cine o de televisión?
Alcázar: Un actor de todo eso, pero fundamentalmente de cine, ya que muy poco he hecho televisión. Mi romance con el cine es apasionado y dura ya trece años. Como no vivo en la ciudad capital, que es donde se hace teatro, sólo ocasionalmente me toca actuar en vivo. Pero, claro, me inicié sobre las tablas.
¿Y cómo fue ese inicio?
Bueno, los orígenes siempre son un poco extraños. A los dos años y medio de edad me llevaron al cine por primera vez y todavía me acuerdo de ella.
¿Qué película era?
Era una película bastante mala, que se llamaba “El Aguila Negra”; una especie de “western” a la mexicana que me marcó, porque desde entonces me identifiqué con la ficción, que siempre me pareció más aceptable que nuestras tremendas realidades. Fui un niño triste, solo, encerrado en las lecturas, los cuentos... y el cine, que era otra forma de escape. Vi mucho cine en los tiempos en que los martes, se podía ver tres películas por un peso. Yo creo que allí están los orígenes de mi vocación para actor.
¿Y cual fue “su” primera película?
Bueno; primero fue el teatro, cuando terminó mi adolescencia y me integré a un grupo de aprendices. Fueron ocho años de estudio en diferentes escuelas y luego, otros ocho años de actuaciones diarias, ganándome la vida como actor y descubriendo lo hermoso que es representar los sueños y la fantasía de la ficción. Hasta que un buen día me decidí a hacer cine, convirtiéndome en un actor desocupado a la espera de su oportunidad...
Finalmente, luego de un par de cortometrajes, llegó la ocasión de ser coprotagonista, pero de un guión bastante malo. Cuando lo leí, me dije: ¡Uy, de esto no va a salir nada bueno!... éste puede terminar en una nota roja, amarillista, espantosa.... y eso fue lo que sucedió. Se llamaba “La ciudad al desnudo”.
¿Qué títulos le siguieron?
Como tengo buena suerte y en el cine se aprende a grandes zancadas, al año siguiente hice mi primer estelar, llamado “La leyenda de una máscara”, sobre un guión muy inteligente y que además marcó el comienzo de lo que la crítica llamó el nuevo cine mexicano, sólo por bautizarle de alguna manera. Desde entonces, iniciándose la década de los noventa, el cine mexicano, que lo habían hecho trizas, empezó a resurgir y la gente volvió a las salas. Se filman unas ocho películas al año, de las cuales por lo menos una sale muy buena.
Sin embargo, el cine mexicano fue una verdadera industria de exportación. México exportó su cultura a través del cine, que fue un referente importante en el panorama de la cinematografía latinoamericana. ¿Se puede hablar hoy de un renacimiento del cine mexicano?
La época de oro del cine mexicano coincidió con la posguerra en los Estados Unidos, que nos apoyaba abiertamente. Como son nuestros vecinos de arriba, México fue algo así como la puerta de entrada de los Estados Unidos en todo el subcontinente. Pero nuestro cine se prostituyó en los años 70´s, cuando se empezaron a explotar las muchachas, la droga, la policía y todo eso y el público terminó por cansarse. Hoy, si, se puede hablar de un renacimiento del cine mexicano.
En total, ¿en cuántas películas ha participado?
Bueno, en roles protagónicos, 17, pero en unas diez más he hecho diversos papeles secundarios por diversos motivos, ya fuera porque necesitaban un tipo como yo o porque el director era mi amigo y me ayudaba a pagar la renta. En Latinoamérica, los actores somos trabajadores eventuales, no estrellas.
¿Cuáles recuerda con más cariño?
Me gustan mucho “La Ley de Herodes”, “Dos crímenes”, “Bajo California”... podría decir que en estas producciones, el 90 por ciento de los guiones han sido muy buenos. Este nuevo proyecto (“Crónicas”) es formidable. Me excita mucho iniciar este nuevo trabajo, me emociona...
La película que nosotros tenemos más fresca es “El crimen del Padre Amaro”?. Pero es una película de contenidos muy fuertes y audaces. ¿Cómo fue recibida por el público de su país?
¡Con un escándalo terrible!
¿La Iglesia se enojó mucho?
¡Mucho!...y no sólo la Iglesia... también los grupos más recalcitrantemente conservadores de nuestra sociedad, como uno que se llama Provida, que ni siquiera aceptan el uso del condón, y no porque sea incómodo, sino porque es un pecado usarlos. Es más, hubo comunidades católicas donde se pidió a los feligreses que quienes hubieran ido a ver la película, fueran luego a misa para pedir perdón... Pero, eso sí, el éxito de público fue extraordinario porque El Padre Amaro fue una de esas cintas “rompetaquillas” que hacen pensar que nuestro cine, por fin, anda otra vez en buenos pasos y que el público lo acepta.-
El circo de “los voladores” se muda de Crucita a Canoa
- Allí disfrutan de pista propia, amplia playa y una hotelería complaciente.
Especial para “La Hora”. Por: Ricardo de la Fuente
MANTA.- Con la reciente adquisición de una hectárea de terrenos en el borde de un alto acantilado que mira hacia el mar, los aficionados al vuelo libre confirmaron su decisión de trasladar el teatro de sus operaciones deportivas y recreativas desde Crucita, playa del cantón Portoviejo, hasta Canoa, en el norteño cantón de San Vicente.
El circo de “los voladores”, como ellos mismos se denominan, está conformado por pilotos de parapentes, parapentes con motor, alas delta y aviones ultralivianos, a los que son aficionados numerosos deportistas de Quito, Tena, Ibarra, Guayaquil y otras ciudades ecuatorianas. Ellos no constituyen un club o asociación, pero están unidos por lazos de compañerismo fraguados tanto en la tierra como en el cielo.
Las razones
Raúl Larenas, un quiteño, funcionario de la compañía IBM que se cuenta entre los más antiguos “voladores” ecuatorianos, explicó a este periodista que la mudanza se debió a que la loma de Crucita, donde hicieron sus primeros saltos al vacío desde hace una década, ha ido urbanizándose progresivamente con la construcción de una ciudadela privada, por lo que el acceso a la cumbre se fue restringiendo para todos, tanto para los deportistas como para los que disfrutan contemplando las prácticas. Además, dijo, nos salía cada vez más caro volar desde allí, ya que se nos estaba forzando a pagar una tarifa doble.
“Cortamos por lo sano cuando, regresando a Quito por la carretera de Pedernales, pasamos por Canoa, vimos esos altos acantilados y nos preguntamos de quien serían. Fue cuestión de averiguar y pactar el negocio con unos de los dueños, Daniel Cabal”, añadió.
El propietario, dijo Larenas, nos pidió diez mil dólares. Juzgamos que era demasiado, incluso para los seis aficionados que compartimos la primera idea, por lo que tuvimos que convencer a Cabal de que esas altas cornisas de tierra no le servirían para sembrar o criar ganado, en cambio sí serían ideales para nosotros, así que se arregló la venta en seis mil dólares, que en principio serían prorrateados entre quince compañeros, pero después fueron apareciendo otros interesados en asociarse a la iniciativa, así que al final, la escritura de compra venta fue firmada por veintiséis “voladores”, precisó.
Por lo demás, hay otras razones logísticas que también pesan. Canoa, a diferencia de Crucita, dispone de una amplísima playa que en marea baja parece un blando y suave aeropuerto natural, ideal para los aterrizajes; hay hoteles y cabañas de buena categoría y precios accesibles, cuyos propietarios les benefician con descuentos especiales y las condiciones de viento son similares a las que existen más hacia el sur. ¿Se puede pedir más?. En ese caso, agregaríamos que viniendo desde Quito por la Marginal del Pacífico, el trayecto es un poco más corto.
Por de pronto, los “voladores” ya han hecho su primera inversión construyendo un camino de acceso hasta el borde del acantilado, a fin de llegar hasta el sitio con sus vehículos, adaptados con apoyos para transportar sus artefactos voladores.
Durante la segunda semana de septiembre, cinco alas delta y un parapente evolucionaron simultáneamente sobre el paisaje, como saludando la adquisición.
“Esto ya es nuestro. Aquí, nadie pretenderá cobrarnos peaje ni preguntarnos si ya hemos pedido permiso para lanzarnos al aire”, dijeron con euforia los “voladores”, entre quienes se encontraban Fabián Arcos,.......
FOTOS:
1) Los “voladores” alistan una de sus máquinas para elevarse sobre el paisaje, desde la playa.
2) Similar a un gran coleóptero, el ultraliviano pasa ronroneando sobre la Hostería Canoa.
3) El acantilado que compraron los “voladores” visto desde el aire. Nótese el camino de acceso y abajo, la carretera.
RECUADRO 1
El placer de volar como las aves
¿Quién no ha soñado alguna vez que puede despegar del suelo con sólo agitar los brazos?.
Tal vez el brasileño Santos Dumont o los hermanos Wright, inventores oficiales de la aviación, tenían este tipo de sueños. Pero incluso ellos, que lograron inventar máquinas más pesadas que el aire para elevarse durante pocos minutos, no hubieran imaginado que el hombre alcanzaría a imitar el vuelo lento y majestuoso de ciertos pájaros con algo tan simple como unas alas en forma de “V”... las alas delta.
El parapente, en cambio, es una variante del redondo paracaídas tradicional, del que se distingue por ser más pequeño, liviano y sobre todo, maniobrable.
Ambos ingenios de tela impermeable y aluminio, son a su vez derivaciones del planeador, que es un avión sin motor.
A los dos se les puede adicionar un pequeño motor para darles mayor independencia de vuelo. Precisamente lo que en días pasados evolucionaba sobre Canoa, era un ala delta de gran envergadura equipada con un motor de dos tiempos, muy parecido al que utilizan los “jet sky” o motos acuáticas.
Invitado a volar en el aparato, este cronista no lo pensó dos veces y bajo el mando de un experto piloto, el motorcito rugió sobre la arena y tras ganar velocidad a lo largo de unos 60 u 80 metros, se lanzó resueltamente hacia arriba, sobre las olas. En cuestión de minutos, el ultraligero nos había situado a 1.200 pies sobre el acantilado, desde donde se dominaba el maravilloso perfil de la costa, con la inmensidad del mar a la izquierda, las montañas cubiertas de vegetación a la derecha y la carretera bajo los pies, convertida en una recta cinta oscura sobre la que se deslizaban, raudos, los vehículos.
Prendido a una barra tubular de aluminio, el piloto presionaba sobre ella para mover el ala triangular sobre nuestros cascos, haciendo que subiéramos o bajáramos, o girando en contra del viento que azotaba el cuerpo, aunque sin estremecimientos de frío o cosa que se le parezca. Durante media hora, el aparato –al que sus fanáticos llaman “Trike”, porque tiene tres ruedas- voló y voló sobre el paisaje costanero hasta que, a buena velocidad, se posó nuevamente en la arena de la playa, haciéndonos recordar que, pese a estos buenos ratos de adrenalina segregada más cerca de las nubes, somos tan terrestres como las hormigas...
RECUADRO 2
En noviembre, el
próximo encuentro
· 35 inscriptos de cuatro países concursarán en Canoa
La próxima competición de vuelo libre se llevará a cabo desde “El nido del Cielo” de Canoa los días 1 y 2 de noviembre próximo, teniendo como meta cubrir una distancia de 40 km en ida y vuelta, en menos de 21 minutos. Año a año, este tiempo ha ido bajando gradualmente.
En esta oportunidad, participarán del encuentro pilotos de Colombia, Venezuela y los Estados Unidos, además de los ecuatorianos. Sólo del vecino país del norte llegarán unos 15 competidores, lo que permitirá ver una gran variedad de modelos de Trikes, Alas delta y Parapentes. Otra novedad será una demostración de la técnica conocida como “aerotowing”, que consiste en despegar del suelo en ala delta simple, pero arrastrada por un ala delta con motor, modalidad ensayada con éxito por los pilotos nacionales Raúl Guerra, raúl Larenas, Alessandro Petrilli y Rafael Arcos.
Los organizadores del certamen tienen copas para cada uno de los ganadores en las tres categorías y otro trofeo para el más veloz en los dos días de las pruebas, que se iniciarán desde las jornadas previas.
También habrá vuelos en tándem (pagados) para quienes quieran volar con un instructor y están abiertos los auspicios comerciales, incluso en las alas visibles desde tierra.
El concurso de vuelo libre coincidirá con el inicio de las fiestas del cantón San Vicente, aunque las autoridades no han incluído este evento en los programas oficiales, porque aún no comprenden el valor turístico y promocional que significan. “Nosotros levantamos el turismo en Crucita; ahora lo haremos con Canoa”, aseguraron varios de los dirigentes.-
RECUADRO 3
Los 26 de la fama
Estos son los nombres de los 26 “voladores” (o aspirantes a serlo) que formaron filas para la adquisición del terreno en jurisdicción de Briceño, con sus lugares de residencia.
Johnny Agama......... Quito
Antonio Marraco...... Ibarra
César Clavijo............ Quito
Daniel Cabal............. Briceño
David Morillo........... Quito
Eduardo Alvear......... Quito
Fabián Palacios..........Quito
Fabián Rojas..............Quito
Fausto Arcos..............Quito
Gabriel Bohórquez.....Quito
Nancy Jaramillo.........Quito
Gustavo López...........Quito
Jelko Loor..................Portoviejo
Kendru Guerrero........Portoviejo
Luis Tobar..................Crucita
Marcelo Corral........... Quito
Marcos Delgado.........Portoviejo
Patricio Cathme..........Quito
Patricio Loor Dejo.....Portoviejo
Patricio Moreno.........Quito
Rafael Arcos..............Quito
Ramiro Camacho.......Canoa
Raúl Guerra................Guayaquil
Raúl Larenas...............Quito
Rodrigo Romo............Quito
Sandrino Brazzero......Quito
Especial para “La Hora”. Por: Ricardo de la Fuente
MANTA.- Con la reciente adquisición de una hectárea de terrenos en el borde de un alto acantilado que mira hacia el mar, los aficionados al vuelo libre confirmaron su decisión de trasladar el teatro de sus operaciones deportivas y recreativas desde Crucita, playa del cantón Portoviejo, hasta Canoa, en el norteño cantón de San Vicente.
El circo de “los voladores”, como ellos mismos se denominan, está conformado por pilotos de parapentes, parapentes con motor, alas delta y aviones ultralivianos, a los que son aficionados numerosos deportistas de Quito, Tena, Ibarra, Guayaquil y otras ciudades ecuatorianas. Ellos no constituyen un club o asociación, pero están unidos por lazos de compañerismo fraguados tanto en la tierra como en el cielo.
Las razones
Raúl Larenas, un quiteño, funcionario de la compañía IBM que se cuenta entre los más antiguos “voladores” ecuatorianos, explicó a este periodista que la mudanza se debió a que la loma de Crucita, donde hicieron sus primeros saltos al vacío desde hace una década, ha ido urbanizándose progresivamente con la construcción de una ciudadela privada, por lo que el acceso a la cumbre se fue restringiendo para todos, tanto para los deportistas como para los que disfrutan contemplando las prácticas. Además, dijo, nos salía cada vez más caro volar desde allí, ya que se nos estaba forzando a pagar una tarifa doble.
“Cortamos por lo sano cuando, regresando a Quito por la carretera de Pedernales, pasamos por Canoa, vimos esos altos acantilados y nos preguntamos de quien serían. Fue cuestión de averiguar y pactar el negocio con unos de los dueños, Daniel Cabal”, añadió.
El propietario, dijo Larenas, nos pidió diez mil dólares. Juzgamos que era demasiado, incluso para los seis aficionados que compartimos la primera idea, por lo que tuvimos que convencer a Cabal de que esas altas cornisas de tierra no le servirían para sembrar o criar ganado, en cambio sí serían ideales para nosotros, así que se arregló la venta en seis mil dólares, que en principio serían prorrateados entre quince compañeros, pero después fueron apareciendo otros interesados en asociarse a la iniciativa, así que al final, la escritura de compra venta fue firmada por veintiséis “voladores”, precisó.
Por lo demás, hay otras razones logísticas que también pesan. Canoa, a diferencia de Crucita, dispone de una amplísima playa que en marea baja parece un blando y suave aeropuerto natural, ideal para los aterrizajes; hay hoteles y cabañas de buena categoría y precios accesibles, cuyos propietarios les benefician con descuentos especiales y las condiciones de viento son similares a las que existen más hacia el sur. ¿Se puede pedir más?. En ese caso, agregaríamos que viniendo desde Quito por la Marginal del Pacífico, el trayecto es un poco más corto.
Por de pronto, los “voladores” ya han hecho su primera inversión construyendo un camino de acceso hasta el borde del acantilado, a fin de llegar hasta el sitio con sus vehículos, adaptados con apoyos para transportar sus artefactos voladores.
Durante la segunda semana de septiembre, cinco alas delta y un parapente evolucionaron simultáneamente sobre el paisaje, como saludando la adquisición.
“Esto ya es nuestro. Aquí, nadie pretenderá cobrarnos peaje ni preguntarnos si ya hemos pedido permiso para lanzarnos al aire”, dijeron con euforia los “voladores”, entre quienes se encontraban Fabián Arcos,.......
FOTOS:
1) Los “voladores” alistan una de sus máquinas para elevarse sobre el paisaje, desde la playa.
2) Similar a un gran coleóptero, el ultraliviano pasa ronroneando sobre la Hostería Canoa.
3) El acantilado que compraron los “voladores” visto desde el aire. Nótese el camino de acceso y abajo, la carretera.
RECUADRO 1
El placer de volar como las aves
¿Quién no ha soñado alguna vez que puede despegar del suelo con sólo agitar los brazos?.
Tal vez el brasileño Santos Dumont o los hermanos Wright, inventores oficiales de la aviación, tenían este tipo de sueños. Pero incluso ellos, que lograron inventar máquinas más pesadas que el aire para elevarse durante pocos minutos, no hubieran imaginado que el hombre alcanzaría a imitar el vuelo lento y majestuoso de ciertos pájaros con algo tan simple como unas alas en forma de “V”... las alas delta.
El parapente, en cambio, es una variante del redondo paracaídas tradicional, del que se distingue por ser más pequeño, liviano y sobre todo, maniobrable.
Ambos ingenios de tela impermeable y aluminio, son a su vez derivaciones del planeador, que es un avión sin motor.
A los dos se les puede adicionar un pequeño motor para darles mayor independencia de vuelo. Precisamente lo que en días pasados evolucionaba sobre Canoa, era un ala delta de gran envergadura equipada con un motor de dos tiempos, muy parecido al que utilizan los “jet sky” o motos acuáticas.
Invitado a volar en el aparato, este cronista no lo pensó dos veces y bajo el mando de un experto piloto, el motorcito rugió sobre la arena y tras ganar velocidad a lo largo de unos 60 u 80 metros, se lanzó resueltamente hacia arriba, sobre las olas. En cuestión de minutos, el ultraligero nos había situado a 1.200 pies sobre el acantilado, desde donde se dominaba el maravilloso perfil de la costa, con la inmensidad del mar a la izquierda, las montañas cubiertas de vegetación a la derecha y la carretera bajo los pies, convertida en una recta cinta oscura sobre la que se deslizaban, raudos, los vehículos.
Prendido a una barra tubular de aluminio, el piloto presionaba sobre ella para mover el ala triangular sobre nuestros cascos, haciendo que subiéramos o bajáramos, o girando en contra del viento que azotaba el cuerpo, aunque sin estremecimientos de frío o cosa que se le parezca. Durante media hora, el aparato –al que sus fanáticos llaman “Trike”, porque tiene tres ruedas- voló y voló sobre el paisaje costanero hasta que, a buena velocidad, se posó nuevamente en la arena de la playa, haciéndonos recordar que, pese a estos buenos ratos de adrenalina segregada más cerca de las nubes, somos tan terrestres como las hormigas...
RECUADRO 2
En noviembre, el
próximo encuentro
· 35 inscriptos de cuatro países concursarán en Canoa
La próxima competición de vuelo libre se llevará a cabo desde “El nido del Cielo” de Canoa los días 1 y 2 de noviembre próximo, teniendo como meta cubrir una distancia de 40 km en ida y vuelta, en menos de 21 minutos. Año a año, este tiempo ha ido bajando gradualmente.
En esta oportunidad, participarán del encuentro pilotos de Colombia, Venezuela y los Estados Unidos, además de los ecuatorianos. Sólo del vecino país del norte llegarán unos 15 competidores, lo que permitirá ver una gran variedad de modelos de Trikes, Alas delta y Parapentes. Otra novedad será una demostración de la técnica conocida como “aerotowing”, que consiste en despegar del suelo en ala delta simple, pero arrastrada por un ala delta con motor, modalidad ensayada con éxito por los pilotos nacionales Raúl Guerra, raúl Larenas, Alessandro Petrilli y Rafael Arcos.
Los organizadores del certamen tienen copas para cada uno de los ganadores en las tres categorías y otro trofeo para el más veloz en los dos días de las pruebas, que se iniciarán desde las jornadas previas.
También habrá vuelos en tándem (pagados) para quienes quieran volar con un instructor y están abiertos los auspicios comerciales, incluso en las alas visibles desde tierra.
El concurso de vuelo libre coincidirá con el inicio de las fiestas del cantón San Vicente, aunque las autoridades no han incluído este evento en los programas oficiales, porque aún no comprenden el valor turístico y promocional que significan. “Nosotros levantamos el turismo en Crucita; ahora lo haremos con Canoa”, aseguraron varios de los dirigentes.-
RECUADRO 3
Los 26 de la fama
Estos son los nombres de los 26 “voladores” (o aspirantes a serlo) que formaron filas para la adquisición del terreno en jurisdicción de Briceño, con sus lugares de residencia.
Johnny Agama......... Quito
Antonio Marraco...... Ibarra
César Clavijo............ Quito
Daniel Cabal............. Briceño
David Morillo........... Quito
Eduardo Alvear......... Quito
Fabián Palacios..........Quito
Fabián Rojas..............Quito
Fausto Arcos..............Quito
Gabriel Bohórquez.....Quito
Nancy Jaramillo.........Quito
Gustavo López...........Quito
Jelko Loor..................Portoviejo
Kendru Guerrero........Portoviejo
Luis Tobar..................Crucita
Marcelo Corral........... Quito
Marcos Delgado.........Portoviejo
Patricio Cathme..........Quito
Patricio Loor Dejo.....Portoviejo
Patricio Moreno.........Quito
Rafael Arcos..............Quito
Ramiro Camacho.......Canoa
Raúl Guerra................Guayaquil
Raúl Larenas...............Quito
Rodrigo Romo............Quito
Sandrino Brazzero......Quito
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