domingo 2 de septiembre de 2007

Manabivende.com

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miércoles 9 de mayo de 2007

Cuando producir es una moda pasajera

La historia lo demuestra: exceptuando al atún, la economía manabita no ha logrado echar raíces profundas y garantizar una explotación sostenida de la pródiga naturaleza costeña. La producción se desarrolla por temporadas, como las modas.

Por Ricardo de la Fuente*

Hubo un tiempo, a fines del siglo XIX y primeras décadas del XX, en que Manabí vivió un verdadero “boom” económico, al que se conoce como la etapa agroexportadora. Fue una especie de fiebre productiva y comercial que irradió trabajo, dinero y esperanzas, activó los negocios y tuvo fuerza suficiente como para justificar la construcción no de una, sino de dos líneas férreas.
¿Dos ferrocarriles en una sola provincia?. Pues, si; Manabí se dio ese lujo, gracias a la inversión francesa de la compañía “Autofer de l'Equateur” y de los competidores ingleses que fundaron, más al sur, la “Pacific Railroad Company”. Si uno mira los trazados de las hoy desaparecías vías férreas, verá que la primera iba desde Chone, Calceta y Tosagua hasta Bahía de Caráquez, mientras que la segunda enlazaba a Santa Ana con Manta, con escala en Portoviejo. En ambos casos, de lo que se trataba era de hacer rodar vagones de carga entre las zonas productivas del interior provincial, en ese entonces montañas casi vírgenes, y los dos principales puertos marítimos, muy frecuentados por vapores de todas las banderas.
¿Qué riquezas podían justificar la costosa instalación de dos ferrocarriles, ambos inaugurados en plena euforia de la Revolución Liberal de 1895? Esta pregunta tenía varias respuestas: el caucho, producto eminentemente tropical que se obtenía no sólo en las vastedades de la Amazonía sino también en las selvas costeñas; la tagua, que movía un negocio millonario; el cacao, que empezaba a ser apreciado en todo el Occidente; el café, que ya lo era; la leve y exótica madera de balsa, muy útil para la construcción de aviones…
Pero además de estas materias primas obtenidas de los bosques en estado natural, había un producto elaborado, el único que tenía valor agregado y manufactura humana: los afamados sombreros de paja toquilla, elaborados por tejedores de los campos manabitas y vendidos por millares en el istmo centroamericano con el genérico nombre de “Panamá hats”.
Las historiadoras locales Carmen Dueñas de Anhalzer y Tatiana Hidrovo de Briones han profundizado en este singular período del pasado regional, aportando valiosos datos sobre los volúmenes que marcaron el auge exportador, así como el impacto que estas repentinas fortunas tuvieron sobre la sociedad de la época, en especial en Montecristi, donde se fundó uno de los primeros bancos del país (incluso emitió moneda) o en Bahía de Caráquez, cuyo estuario recibía innumerables barcos, al tiempo que se establecían consulados extranjeros y prosperaba una casta aristocrática de refinados gustos.
Sigifredo Velásquez, otro estudioso de la economía provincial, afirma en su libro “Manabí y su época de oro”, de próxima aparición, que el auge exportador se extendió desde 1875 hasta 1924 y que en 1905, las exportaciones locales representaban el 17% del total nacional. Agrega que en este “milagro económico” tuvo mucha influencia la apertura del Canal de Panamá, que acortaba las singladuras marítimas.

La declinación vino gradualmente, cuando los camiones acabaron con las ferrovías, los sombreros de paja fueron reemplazados por los de paño, los botones de plástico se impusieron sobre los de tagua y hasta el caucho silvestre tuvo un sustituto petroquímico. La Segunda Guerra Mundial, en la que Ecuador fue casi forzado a tomar partido junto al bando aliado, dio un golpe de gracia a las empresas alemanas e italianas que operaban en el país y el comercio internacional se restringió fuertemente. Desde entonces, en la segunda mitad del siglo XX, la producción manabita ha jugado a la moda, apostando a uno u otro producto, poniendo todo sobre la mesa y generalmente, perdiéndolo todo. Veamos estos casos…

El boom cafetero
Entre los años 50 y 60's, el café se erigió en una de las fortalezas productivas del país. Las exportaciones fueron aumentando gradualmente, al amparo de buenos precios internacionales y un grupo reducido pero activo de exportadores tomaron el control del negocio, creando redes de abastecimiento y exigiendo ante el Estado la aplicación de controles de calidad, lo que derivó en la creación del Programa Nacional del Café, adscrito al Ministerio de Agricultura. A su vez, se instituyeron otros organismos privados, como COFENAC y ANECAFE, la asociación de los exportadores.
Si Jipijapa y Paján, en el sur de Manabí, fueron las zonas de producción y acopio, Manta se convirtió en la sede de los negocios, con patios de ensacado, flotas de camiones y oficinas en las que ya funcionaban hasta cincuenta equipos de télex.
Contrariamente a lo que sucedía en Colombia, Ecuador no creó una “cultura del café” y mucho menos una marca-país, pues nunca llegó a haber verdaderos caficultores, sino campesinos dueños de viejos cafetos, a los que prestaban atención una vez por año, para las épocas de la recolección. Por ello, la calidad siempre estuvo “volando bajo” y pese a los cursos, prédicas y campañas del Programa del Café, la renovación de cafetales no lograba calar en las fincas. Y es que entre exportadores e intermediarios que se quedaban con la mayor parte del pastel, los productores minifundistas no tenían mayores estímulos para innovar y producir más y mejor.
En resumen, el negocio se mantuvo sujeto al clima del sur de Brasil: si las heladas arruinaban sus cosechas, aquí había negocio y si no…
La entrada de Viet-nam en el club de caficultores hizo trizas los precios y el mercado. El negocio decayó incluso en Colombia, pero en Manta quedaron, como recuerdo de esa bonanza, los primeros edificios de varios pisos y dotados de ascensores, todos construidos por los exportadores en vísperas de su ruina colectiva.

El boom camaronero
Los camarones fueron, después del petróleo, uno de los principales rubros exportables del país a mediados de los 70s, antes de que la floricultura serrana se convirtiera en uno de los bastiones de la producción. La historia comenzó a mediados de esa década, cuando en la costa norte de Manabí – más concretamente junto al estuario del Río Chone, que desemboca en Bahía – se instaló en 1977 la primera piscina de engorde de camarones silvestres pescados en el mar. Las ganancias de los pioneros fueron lo suficientemente estimulantes para que durante los cinco años subsiguientes, decenas de personas se lanzaran prácticamente sobre los manglares, arrasándolos con maquinaria pesada para construir más y más piscinas.
Concomitantemente, el negocio generó otras iniciativas, como la captura de larvas, la construcción de laboratorios en tierra, la venta de insumos y bombas, los servicios de transporte aéreo y las empacadoras, que en Bahía – epicentro de las actividades – llegaron a ser más de una decena.
Prontamente acostumbrados a ganancias millonarias en cada cosecha, la nueva estirpe de los camaroneros se hizo notar con carros de lujo, mansiones y hasta yates o avionetas. Pocos diversificaron sus actividades en otros emprendimientos productivos, pensando tal vez que el éxito económico les acompañaría por el resto de sus vidas. Nada más equivocado: un microscópico virus venido de Asia fue responsable de la enfermedad conocida como white spot o “mancha blanca”, que vino a arruinar el negocio cuando más próspero era. La mitad de las camaroneras que habían sobrevivido a los estragos de “El Niño” de 1982, sucumbieron a la letal epizootia que sobrevino poco después. La consecuencia fue catastrófica, no sólo para los productores, exportadores y comerciantes, sino también para los manglares costeros, víctimas directas de los “daños colaterales”.
Últimamente, los antiguos niveles de producción se han recuperado, pero los precios no, porque otros competidores eficientes en Centroamérica y el norte de Brasil, han desplazado a los acuicultores criollos.

El boom avícola
Criar pollos de granja y venderlos o exportarlos junto con los huevos, fue el gran negocio de muchos manabitas por esos mismos años. En ciertos casos, como en el del empresario César Fernández Cevallos, este quehacer fue complementario al de la explotación camaronera. La avicultura, al igual que en el caso anterior, fue toda una fiebre en el Manabí central, incluyendo a Chone, Junín, Bahía, Portoviejo y Jipijapa, donde las granjas proliferaron y el pollo ganó las preferencias de los paladares porque, además, nunca tuvo tan bajos precios en decenas de improvisados asaderos.
Hasta 1982, el pollo era uno de los alimentos más baratos, generaba miles de puestos de trabajo, movía millones de sucres y era exportado a Colombia. Todo un nuevo boom productivo. Pero a fines de ese año se descargó con fuerza inusitada el fenómeno de “El Niño” que no sólo interrumpió carreteras y cortó abastecimientos, sino que además destruyó la infraestructura, poniendo un triste final a lo que se estaba convirtiendo en una nueva alternativa de producción. Otro ciclo que concluía…

El boom de la pesca
¡El mundo quiere comer pescado fresco! ¡A pescarlo, se ha dicho!. Ese pareció ser el grito de guerra de animosos jóvenes, mantenses en su mayoría, que hasta entonces sólo habían visto pescados sobre sus platos, a la hora de comer.
De pronto, alguien se había hecho rico vendiendo a las empacadoras lo que habían capturado en una o dos noches de faena y a la mañana siguiente, todos querían ser armadores de lanchas pesqueras. Vendiendo vehículos o gestionando préstamos bancarios, compraban una o dos embarcaciones y las equipaban con todo lo necesario, gente incluida, porque la habilidad para la pesca siempre ha sido un secreto de los cholos de la costa. Pero la honestidad no era parte de los contratos: muchos pescadores de ancestro declaraban al llegar menos de lo que realmente habían cogido y se vio el caso de médicos o arquitectos, e incluso de señoras con ínfulas empresariales, mareándose sobre las olas con tal de constatar que no hubiese ventas subrepticias en medio del mar.
Ya para entonces, aviones cargueros como el de Million Air que cayó en 1996 sobre un barrio de Manta, salían diariamente del aeropuerto llevando pescado fresco a los Estados Unidos.
Sin embargo, la ley del mar es que el pez grande se come al chico, y así sucedió con los novatos empresarios pesqueros, que gradualmente fueron cediendo el lugar a las empresas especializadas y a quienes, realmente saben pescar.

La maracuyá
“No llegó a ser un boom, dice Velásquez; más bien una pequeña burbuja productiva”. Pero lo cierto es que a fines de los 80s, muchos agricultores de la zona de San Vicente, frente a Bahía, tumbaron sus cafetales para reemplazarlos por las siembras de maracuyá, atraídos por la posibilidad de altas rentabilidades. Esta sí fue una verdadera moda, por lo entusiasta y volátil. Se llegó a crear una asociación de productores en un intento por defender los precios, pero al no haber posibilidades de industrialización en el área, las extractoras de jugos pusieron los precios y éstos se vinieron abajo tan rápiudamente como habían subido. La oferta volvió a sobresaturar el mercado.

Importancia del valor agregado
En resumen, la productividad manabita parece predestinada a repetir sus experiencias en un flujo de éxitos espectaculares seguido de un reflujo de estrepitosos descalabros, todo en el lapso de unos pocos años de efímera gloria.
El problema es que una vez caídos, los potentados de ayer ya no se resignan a las privaciones y se dejan seducir fácilmente por la opción del dinero fácil, aunque de origen espurio. No de otra manera se explica que un antiguo “barón del café” haya estado preso por narcotráfico, que el antaño “Rey de los pollos” cumpla condena por el mismo delito y que un muy apreciado empresario pesquero haya corrido la misma suerte, acusado de lavado de dinero.
Con 19.000 kilómetros cuadrados de valles y ríos – poco menos que la superficie de Israel – Manabí ha sido desde siempre una provincia agropecuaria, dueña de los mayores hatos ganaderos del país y de la segunda mayor producción de maíz. Sus posibilidades de explotación son inmensas, pero las prácticas de cultivo datan de la Edad Media.
No hay un plan gubernamental coherente para fomentar la práctica de determinados cultivos y menos, para darles valor agregado y hacer de ellos estrellas de calidad exportable.
La única excepción está dada por el atún, que es industrializado y exportado al mundo entero en una veintena de procesadoras de Manta desde 1950. Y es precisamente esta cadena productiva – la que confiere valor agregado a las materias primas - la que ha determinado el despegue de Manta como ciudad, en detrimento de las restantes.
Perpetuamente ocupados en resolver urgentes dilemas de coyuntura política, los gobiernos omiten la misión de despertar las fuerzas productivas mediante hábiles y sostenidas políticas de Estado apuntadas a hacer de la agricultura y la ganadería, así como de la agroindustria y otros recursos, la panacea de todos los males presentes y futuros.
O al menos, de gran parte de ellos.-

El misterio de los Soles de Oro

* Un inhabitual debate tuvo lugar en Manta, cuando se discutió acerca del origen de los soles de oro que inspiraron el emblema del Banco Central del Ecuador. Polémica y revelaciones.

Texto y fotos: Ricardo de la Fuente

MANTA.- Los “Soles de Oro”, esos artísticos íconos que en dos versiones muy parecidas se conservan en el museos en Quito y Guayaquil del Banco Central del Ecuador, cuyo emblema inspiraron, fueron fundidos posiblemente en el mismo día y por un mismo orfebre aborigen, en una época tan remota que Jesucristo podría haber estado en pañales o incluso, no haber nacido todavía.
Esta revelación fue hecha en Manta cuando concluía el mes de enero del presente año, por el arqueólogo ecuatoriano Francisco Valdez, doctorado en Francia. Valdez sometió partículas de estas joyas arqueológicas al análisis metalúrgico profundo de un activador de neutrones , sofisticado instrumento científico que bajo el nombre de “ciclotrón” existe en Orleàns, cerca de París. El resultado fue que las muestras arrojaron datos sorprendentes sobre las composiciones de ambos metales preciosos, que fueron idénticas en cuanto a las infinitesimales cantidades de platino, paladio y otros minerales contenidos en los dos soles.
Además, dijo el Dr. Valdez, quien repujó las finísimas láminas de oro, no fue un vulgar aprendiz, sino un verdadero artista orfebre de su época, que plasmó en esas representaciones del astro rey los rasgos principales de su cultura, tipificada por los estudiosos como el período clásico de La Tolita, que floreció desde 200 años antes del nacimiento de Cristo y 200 o 250 años después del comienzo de la Era Cristiana.

65 años de misterio
Pero, ¿qué hacían estos soles enterrados en una montaña de Convento, en el cantón Chone de la provincia de Manabí?. El arqueólogo supone que así como en Lambayeque, Perú, se halló una pieza perteneciente a La Tolita, los soles de oro pudieron ser llevados por sus fabricantes como un espectacular obsequio a otros pueblos vecinos. “Las antiguas culturas eran tan dinámicas antes como lo son ahora. Los bienes iban y venían como producto de intercambios o conquistas”, agregó el investigador.
El primer sol de oro fue hallado en 1939 en el sitio La Mongoya, no se sabe si aisladamente o con el otro. Los huaqueros que los encontraron destruyeron el enterramiento, que debió ser la sepultura de algún gran dignatario indio, y con él, toda pista acerca de su origen. La piezas tomaron distintos caminos; una fue llevada a Cuenca hecha un bollo de metal, donde la compró el suizo Max Konantz, quien estiró cuidadosamente los rayos, uno por uno, hasta desplegar la plancha áurea y comprobar de qué se trataba. La otra, fue adquirida, o tal vez hallada en el mismo sitio, por el arqueólogo e historiador guayaquileño Víctor Emilio Estrada, de cuya colección particular entró a formar parte.
En 1968, cuando el arquitecto Hernán Crespo Toral se puso al frente de la tarea de organizar los museos del Banco Central, las valiosas joyas precolombinas constaban entre las colecciones adquiridas a Konantz y los herederos de Estrada, respectivamente. Crespo Toral, quien como responsable del área debía clasificar miles de restos, estimó que por su estilo, esos soles pertenecerían a La Tolita, esa isla-tesoro de Esmeraldas que era depositaria de tantas riquezas casi a flor de tierra. Como en la época de su fundación el Banco Central requería de una identidad corporativa, fue el propio Crespo Toral quien sugirió que uno de esos antiquísimos soles podría ser usado como logotipo, y así se hizo.

Brillos polémicos
Ya en los tiempos actuales y en ocasión de un encuentro científico en Quito, la arqueóloga norteamericana Karen Olsen Burns afirmó que los soles de oro que se atribuían a La Tolita correspondían a las culturas asentadas en lo que hoy es la región del Azuay, pero con marcada influencia de los Andes centrales. “Fue como arrojar un fósforo encendido en un polvorín”, recuerda Valdez, a causa de la polémica que generó esa aseveración. En 1997, fue una arqueóloga italiana, Constanza di Capua, quien refutó a su colega estadounidense al afirmar que los soles debían de provenir de la cultura Jama-Coaque, que se extendió hace cientos de años en la costa central del Ecuador.
¿Soles costeños o serranos?. Y si eran costeños, ¿provenían del norte o del centro?. ¿Manabitas o esmeraldeños?. Con su opúsculo “El sol de oro es manabita”, publicado el año pasado, el intelectual portovejense Douglas Vaca Vera, un autonomista confeso, sólo echó más leña al fuego al afirmar que la desnaturalización del origen de ambas piezas perseguía propósitos centralizadores, responsabilizando de ello a Hernán Crespo Toral, entre otros. “Lo que sucede es que la historia la escriben los vencedores y Manabí es una provincia vencida, por eso se le ha negado el derecho a ostentar su propia cultura”, argumentó.

La verdad reluce como el oro
Finalmente, la ocasión de “desfacer este entuerto” vino de la mano de la Casa de la Cultura (que en Manabí se ha segregado de la matriz), cuando su representante en Manta, el arquitecto José Cevallos Murillo, amigo de Douglas Vaca y de Hernán Crespo, les invitó a confrontar sus tesis públicamente.
En el duelo hubo padrinos: Crespo Toral se apoyó en el arqueólogo Valdez, y Vaca Vera en un versado profesor manabita, José Francisco García. También participó Jacqueline de Munizaga, arqueóloga aficionada y directora, durante más de 20 años, del Museo del Banco Central en Manta.
Las irrefutables pruebas científicas que Valdez trajo en su maletín despejaron toda duda acerca de los discutidos soles de oro. Son de la cultura La Tolita aunque se los haya encontrado en territorio de Manabí, lo cual nadie discute.El encuentro, cortés pero valiente, (porque lo uno no quita lo otro) posibilitó que cada parte expresara sus verdades y opiniones, pero finalmente todo culminó con un espectáculo de danza y un brindis “para que haya más arqueólogos y antropólogos” en una provincia que no tiene ninguno y que sin embargo, es la que más vestigios ha aportado a la iconografía del pasado ecuatoriano.-

El misterioso toilette de damas

¿Qué impulsa a las féminas a ir al baño “en gallada”?. Entretelones de un hábito social que no ha sido estudiado por ningún sociólogo vago.

Por Ricardo de la Fuente

A usted le ha pasado. Recuérdelo. Usted estaba en una reunión social cualquiera – discoteca, baile popular, coctel elegante, fiesta de quince o lo que fuere – y en torno a su mesa había tres, cuatro o diez mujeres; tampoco importa.
De pronto, sin previo aviso, sin que nada haya sucedido a manera de advertencia, la mitad de las mujeres presentes se ponen de pie, dicen “permiso” y sin aguardar a que se los den, se van en gajo.
Así, de uán-pin-pon...
Los hombres interrumpen sus diálogos y cada uno piensa si ha dicho alguna majadería que las ofendió, pero tres segundos más tarde asimilan la situación. No, las chicas no se ofendieron; ellas, simplemente se fueron al baño.
Los varones estamos acostumbrados a este comportamiento colectivo del bello sexo y por eso, ni siquiera preguntamos cuando las vemos incorporarse y partir todas a una, como en Fuenteovejuna. O, para citar un ejemplo más cercano, como en los grandes levantamientos indígenas, que eso es lo que parece la femenina costumbre.

Códigos secretos
Ahora bien; hay muchas preguntas que quedan flotando en el ambiente y que nunca han sido analizadas a fondo por alguna de esas universidades gringas que todo lo estudian, hasta las cosas más raras del planeta, y que suelen acompañar con sus inevitables encuestas.
Por ejemplo: ¿cómo diablos hacen las mujeres para que les dé ganas de hacer pis al mismo tiempo y lo que es peor, para que se lo informen mutuamente sin abrir la boca?. Los hombres somos simples, francos, directos y a veces, hasta brutales.
- “Suspendan la charla; voy a echarme una meada y vuelvo”, aclaramos si hay suficiente confianza con los contertulios. Si no la hay, solemos decir
- “Perdón. Voy al baño un instante y enseguida estoy con ustedes”.
¡Pero decimos que vamos al baño!. De ninguna manera puede pensarse que nos vamos porque nos aburre la charla, porque reconocimos a una amiga riquísima en otra mesa cercana o porque nos largamos sin pagar. La sinceridad ante todo.
Las mujeres, no. Ellas van, pero no dicen donde, uno tiene que adivinarlo. También tiene que intuir cuál de ellas fue la que invitó telepáticamente a las demás (que es la que se ha de estar orinando encima) porque, como todas se levantan exactamente en el mismo instante, en un acto tan simultáneo que puede crear desconcierto y hasta un conato de pánico, la identidad de la meona de turno queda clasificada.
Esa es, precisamente, una de las claves del movimiento. El disimulo. Generalmente, una de ellas, sólo una, es la que realmente tiene ganas y las demás se prestan para cubrirla y brindarle escolta.
¿Escolta para qué?. Eso fue lo que preguntamos la otra noche a unas amigas, a quienes los buenos tragos habían soltado la lengua y por primera vez, esas incógnitas fueron develadas al sexo masculino.

Secretos de toilette
“Nosotras, las mujeres – dijeron – somos diferentes a ustedes”.
“¡¡Vive la differance!!”, exclamó uno de los amigos, en parte porque el trago estaba bastante bueno y le invitaba a afrancesarse y también para saludar tan extraordinario descubrimiento fisiológico.
Ignorando la interrupción, la interpelada prosiguió: “Ustedes pueden orinar en cualquier parte y sin ningún problema. Hasta un árbol, una pared, un poste de teléfonos, les viene bien. Sólo les falta alzar la pata para parecerse a un perro. (sonaron carraspeos ofendidos). Pero para nosotras, la cosa es diferente. Las mujeres necesitamos privacidad, una puerta bien cerrada, un inodoro, papel, higiene, luz suficiente y, si es posible, un buen espejo”.
“... y compañía”, volvió a interrumpir el amigo.
“Si, compañía, porque cuando estamos en un lugar que no es nuestra casa, un sitio público, el baño puede ser una amenaza, más que una ayuda. Y además, ¿quién ha dicho que vamos sólo a orinar?. Ir al toilette es algo más que satisfacer una necesidad biológica; es como un pequeño paseo, que nos sirve para reconocer el lugar, ver quien está, comentar algo sobre la velada (¡claro, ustedes dirían chismear!), arreglarnos el vestido y el maquillaje y en fin, todas esas cosas tan de nosotras, tan femeninas...”
“¿Y quieren saber algo más?, intervino otra del grupo de infidentes. A veces, ni siquiera hacemos pis, nos dedicamos a todo lo demás”.
A esas alturas de las revelaciones, el asombro cundía entre los que escuchábamos. Huelga decir que a ninguno de nosotros se nos ocurriría ir a celebrar reuniones de petit-comité al baño, so pena de que nos mirasen muy mal.
Pero no sólo de eso nos enteramos en esa memorable e íntima conversación. Pudimos saber otros detalles tan sabrosos como escabrosos; por ejemplo que...
Las mujeres hacen de campana y guardaespaldas, al estilo de los mafiosos. Una siempre se queda sosteniendo la puerta, aunque esté cerrada con pasador.
Algunas, si son solteras, se sortean en el baño a cuáles de sus acompañantes coquetearán.
Otras se reclaman por “cruzarse” con novios, pretendidos o maridos. En los baños se suelen ventilar broncas y hasta tiradas de mechas. (Y uno, ni se entera...)
A la gran mayoría de las damas, les obsesiona la higiene, como si todas las demás usuarias fueran unas apestadas. En esos casos...
Rara vez se sientan sobre la taza. Sólo se agachan como arqueros a punto de atajar un penal. Eso produce fallas de puntería y explica que los pisos queden más encharcados que en los baños de hombres.
Otras se suben sobre la taza, en posiciones tanto o más antiestéticas que la anterior. Eso explica las tazas rotas, partidas por la mitad.
Muchas no bajan la válvula con la mano, sino con el pie.
Otras - o las mismas – no tocan grifos o pomos de cerraduras si antes no las envuelven con papel higiénico o servilletas. Eso explica el derroche de papel por todas partes. Y, finalmente...
Algunas usuarias se dedican a escribir tremendas patanadas, vascosidades sin límites, en las paredes de los baños.
Eso, es inexplicable...

En defensa del “carro viejo”

· ¿Quién ha dicho que un carro último modelo es lo ideal?.
· Poderosas razones que demuestran lo contrario.

Por Ricardo de la Fuente
“¿Tienes un enemigo y quieres verlo sufrir?. Regálale un carro viejo”. Alguien me contó este dicho que había oído en Colombia, donde tantos y tan ocurrentes refranes inventan, una vez que me vio maldecir ya no contra un mecánico en particular, sino contra todo el gremio de Mecánicos y Afines, que no podían encontrar una falla en mi Morris Marina del 85.
Un día, harto de empujarlo mientras veinte conductores pitaban exasperados detrás de mí, lo vendí y con lo que me dieron, compré un Fiat Polski modelo 89. Es decir, un carro cuatro años más moderno porque, caramba, hay que actualizarse. Con ese vehículo me las he arreglado hasta hoy, en que pasamos holgadamente la frontera del año 2000. Es decir, envejecemos juntos, el carro y yo.
“¡Oiga, maestro, usted ya debería tener un carro más moderno!”, me reclamó hace unos días un amigo librero. Yo me reí, encogiéndome de hombros. “Cierto, le contesté. Debería tener un montón de cosas más modernas, pero, ¿para qué?. Me siento cómodo y feliz con las que tengo”.
Luego, mientras regresaba a mi casa, puse en una balanza las ventajas y las desventajas de comprar un carro de último modelo, y llegué a la conclusión de que el país donde vivimos, Ecuador, no se presta para ciertas modernidades. Mire usted por qué:

· En primer lugar, la red vial no acompaña. Las carreteras son estrechas, onduladas, llenas de curvas y sin largas rectas. Si usted tiene un Porsche, una Maseratti o un buen Mercedes, es decir un vehículo potente y veloz, nunca podrá usarlo en toda su capacidad de desplazamiento, porque correría el riesgo de salir volando con carro y todo en la próxima esquina. ¿O no?.
· Los carros modernos son, generalmente, muy bajos. Están hechos para rodar en autopistas y calles del primer mundo, donde no hay piedras, baches, puercos que se cruzan y especialmente, esos “policías acostados” que pueblan todas las carreteras del país. He visto a muchos “últimos modelo” quedar colgados por el medio o raspar sus panzas contra el lomo de camello de los rompe-velocidades.
· Los vehículos nuevos son estúpidamente caros en el país. El mismo automóvil que en el exterior cuesta 10.000 dólares, aquí vale 15.000 o 18.000 dólares. Eso no es un secreto; todo el mundo lo sabe, así que no me pregunten por qué es así. ¡Así es, y punto!.
· Hay ladrones a quienes les encanta robar carros. Los ladrones se presentan en dos variedades: el especialista que se mete con una ganzúa y se va tranquilamente, y el que te arranca el carro apuntándote con una ametralladora. Cuanto más nuevo, brillante y costoso es el carro, tanto mejor para el choro. Más rápidamente podrá huir y desbaratarlo o sentarse a esperar el rescate.
· Los carros modernos están llenos de tecnología de avanzada. Tienen sensores, computadoras, sistemas integrados, microchips, nódulos poliméricos y fibroconductos de permanganato de silicio. Cuando algo de esto se daña, no hay Cristo que haga andar el carro, porque nuestros mecánicos sólo se defienden de esas avalanchas tecnológicas con una gata, un desarmador, un playo y un pedazo de alambre. Hay que recurrir a los talleres autorizados, que tienen instrumentos y patente de corso para cobrar lo que les dé la gana.
· Un carro moderno, aniñado, sólo bebe gasolina súper, que cuesta tres dólares el galón y aún así, tiene menos octanaje y más plomo que lo recomendado por los fabricantes. A veces también trae kérex o agua y en ese caso, ¡agárrese, compañero!.

Ya van unas cuantas razones. Pero, por si no aún le quedan dudas, ahí les va otra:

· Faltaban los costos financieros del carro flamante. ¿No lo va a asegurar?. ¡Le conviene hacerlo!. Pero prepárese a pagar una póliza que va de acuerdo con el valor del vehículo. Si usted quería lujo, su seguro también será de lujo. Y la matriculación –ese fastidioso rito anual que tanto tiempo y paciencia exige de todos los ciudadanos- se mueve con el mismo criterio: a más carro, más matrícula. ¡Y guay se le olvide de hacerlo uno o dos años, porque cuando regrese, le caerá el hacha. (Eso, siempre y cuando al gobierno no se le ocurra gravar con un impuesto “especial y único” a los automovilistas, como ya ha sucedido en más de una ocasión).

Como usted podrá apreciar, aquí se han enumerado una serie de razones que son verdaderos argumentos, de demoledora contundencia en contra de un “carro del año”.
Por eso, me siento satisfecho con las modestas prestaciones de un carro que me costó barato porque lo compré al contado, que es fuerte, sencillo, amplio y sufridor, que consume gasolina extra (porque con la otra se marea), cuyos repuestos están por todas partes y que cualquier mecánico, por chapucero que sea, puede reparar o adaptar sin que el carro diga ni pío.
Ando tranquilo por la calle, porque los ladrones ni me miran y cuando me toca matricular, me río de los que protestan, porque a mí me cuesta una bicoca.
Ventaja adicional: he pasado tantas horas en el taller, que ya conozco el motor como la palma de mi mano y hasta aprendí a reparar ciertos desperfectos.
Cualquiera podría comprar mi Fiat Polski del 89, pero, qué pena, no está de venta.
El día que lo haga, será para comprar un Ford T, modelo 1910...

Para publicar en Huanguelén

Acerca de Huanguelén,
de lo que significa y de lo
mucho que lo recuerdo

Por Ricardo de la Fuente

Cae la noche sobre Barbasquillo, el sector de la ciudad de Manta, provincia de Manabí, República del Ecuador, donde vivo. Estoy solo en mi casa, situada a menos de cien metros del Océano Pacífico, cuyo horizonte líquido me hace evocar la vastedad de las llanuras pampeanas.
Acabo de tomar unos mates con yerba comprada en un supermercado local. Es de marca “Compadrito” y ha sido exportada desde Valparaíso, donde a su vez la importan desde Oberá, Misiones. Cosas de la globalización, que me permite matear diariamente a seis mil kilómetros de mi pago natal, al que he evocado, entre sorbo y sorbo, al ver aparecer en el firmamento, tras un glorioso atardecer marino, al Lucero de la tarde.

No puedo ver esta primera luciérnaga cósmica sin acordarme de mi pueblo. Y esto, presumo, se debe a una doble razón: primero, porque yo amaba los crepúsculos de verano en Huanguelén, cuando los De la Fuente-Lettieri salíamos en masa a la vereda para ver pasear a los vecinos por la plaza central, y segundo, porque crecí convencido de que Huanguelén significaba en lengua mapuche “Lucero de la tarde”; una traducción bellamente poética.
Por eso, me sentí casi ofendido cuando, hace tres años, durante mi última visita, alguien me dijo que esa traducción había sido revisada y que ahora se daba como válida la versión de que la sonora, rotunda y querida palabra india debía entenderse como “Corral de Avestruces”. No me gustó el cambio, acaso porque no me gustan los avestruces, o mejor dicho los ñandúes, encorralados. Prefiero recordarlos corriendo despavoridos y haciendo gambetas desesperadas cuando el Piper PA-11 de Héctor Magdaleno, mi cuñado, les pasaba zumbando por encima, a siete u ocho metros de altura.

La pampa de agua salada, el mate, el lucero vespertino, no son los únicos lazos afectivos que mantengo con mi pueblo. También lo son los íntimos recuerdos –muchos de ellos escritos e incluso publicados- y aquella hermosa milonga de Pepe Larralde, “El Berrero”, en la que nombra a la querencia común. Mi familia, mis amigos, podrían dar fe de los gritos de júbilo que me brotan cada vez que “el pampa” hace coincidir las rimas de tren y caldén para llegar a Huanguelén. ¡Qué bien!...

¿Por qué tanta nostalgia?. ¿Es que, acaso, no la sentía antes?.
Supongo que sí, pero ahora se ha acentuado, conforme el almanaque se deshoja en un otoño que conduce a la irremediable vejez. Cuando uno está próximo a cumplir sesenta años, el pasado es mucho más denso que el futuro, pesa más, se vuelve imprescindible punto de referencia. La vida propia, infancia incluida, es puesta en el banquillo de los acusados; se la interroga, se le piden cuentas, explicaciones. Ella se defiende y el juicio queda en casa, porque al fin y al cabo, uno mismo es el acusador, el defensor, juez y testigo.

Pero, bueno, eso es harina de otro costal. Lo que quería es hablar un poco sobre el nombre de Huanguelén, que según parece, no representa a ningún corral de avestruces, porque resulta que para mencionar a este torpe y gracioso animal, los araucanos tenían una bonita palabra: “cheuque”, que ni remotamente se parece al nombre de nuestro pueblo. Y aquí viene lo interesante...

“Huange-lén” (así, sin “u” intermedia) quiere decir “Brillante como estrella”.
Eso, se asocia notablemente a “Lucero de la tarde”, que es la más brillante estrella del firmamento. Claro que los mapuches ignoraban que el tal lucero no es una estrella, sino un planeta: Venus.
Esta traducción no se me antojó a mí, faltaría más. Yo, de mapuche no sé una palabra, aunque algo he leído sobre este valeroso y admirable pueblo aborigen, el más tenaz y aguerrido que en toda la América hizo frente a los conquistadores españoles, infringiéndoles una derrota tras otra a lo largo de décadas de sangrienta ocupación.
Los datos que tan rotundamente consigno más arriba fueron publicados en la revista “Impactos”, año 3, número 27, editada en Punta Arenas el 7 de diciembre de 1991.
El artículo en el que consta esta afirmación hace referencia a los apellidos aborígenes de Colbuco y Chiloé, de autoría de los investigadores Esteban Barruel y Gilberto Ulloa.
La referencia a “Huange-lén” se la puede encontrar bajo el epígrafe “Designaciones antropomásticas del tipo impresionista”.

Eso es lo que, desde esta lejanía, desde este atardecer ecuatorial que ya se extinguió como el agua del termo, puedo aportar al pueblo que guardo en mi memoria y en mi corazón, y a toda su gente.
Si no me creen, búsquenlo y convénzanse por sí mismos, como hice yo. El dato está en un sitio de internet de nombre insólito: milodoncitychachacha.blogspot.com/2004
Mala suerte para los admiradores de los avestruces y felicitaciones para los contempladores de estrellas.
Un saludo para todos, parientes por la sangre o los afectos, y...
¡Hasta pronto, paisanos!

Papá Noel está harto y sólo quiere jubilarse

* Insólita entrevista exclusiva con un célebre personaje, que no es como todos creíamos. ¡Lo que hace el marketing!

Por Ricardo de la Fuente
Ilustración: Luis Montejo

Encontré a Papá Noel a la vuelta de una esquina cualquiera de Portoviejo. Por un momento pensé que era uno de esos tipos que se disfrazan, pero en seguida pude percatarme de que era el auténtico por sus cachetes rojizos, sus ojos intensamente celestes y su aspecto fatigado, de manera que decidimos entrevistarlo en exclusividad mundial para "Panorama".

El diálogo fue como sigue:

¿Cómo está Papá Noel?. ¿Realmente se trata de usted, en persona, o es una copia muy bien lograda del original?.

Hijo, si tienes alguna duda, mira hacia el estacionamiento.

(En efecto, ahí estaba el famoso trineo arrastrado por una docena de renos. Un policía de tránsito le había pegado una citación autoadhesiva por la matrícula atrasada desde 1957 y varios chicos molestaban a los pobres animales tratando de cortarles los cuernos para hacer gomeras, mientras algunos padres les tomaban fotos. El exótico vehículo llamaba más la atención que su chofer).

Ah, ya veo. Me alegro de encontrarle, porque yo pensé que usted no existía. Pero, ya que estamos, dígame... ¿cómo se llama usted, en definitiva: ¿Papá Noel, Santa Claus, el viejito Pascuero?

Como quieras llamarme. Hasta "viejo gordinflón" me han dicho. Yo soy esos que tú dices y muchos más; depende del lugar del mundo donde me encuentre...

¿De donde viene usted?

Vengo del norte, de las regiones polares. ¿No ves que me estoy muriendo de calor con esta ropa?.

Si, me lo sospechaba por su atuendo. Bonito traje... ¿tiene algo que ver con los bomberos?

No. Tiene que ver con el tremendo frío que hace en las noches navideñas del hemisferio norte, que es el que me gusta. Y más cuando uno anda volando de aquí para allá en ese maldito trineo que no tiene ninguna protección para el viento y la nieve. Siempre he dicho que me voy a morir de pulmonía triple, pero no hay caso... ¡parece que soy eterno!

¿Por qué dice que le gusta más el hemisferio norte que el sur?

Uh..., por varias razones. Allá hace un frío de los mil demonios, pero cuando aterrizo me siento mejor. No como aquí, que me muero de calor. A propósito, hijo, ¿no tendrías una guayabera que te sobre?. Yo sé que me vería un poco ridículo, pero comodidad es comodidad...

¿Cuáles son las otras razones, Papá Noel?

Bueno, mira: en el hemisferio norte hay menos chicos y por lo tanto, el reparto se hace más fácil que en el hemisferio sur, donde los niños parecen una plaga, porque no se terminan nunca. ¡Menos mal que aquí me ayudan las Reinas de Belleza y los clubes de señoras, porque si no me deslomaría trabajando!.

¿Alguna otra diferencia?

Si, claro que sí. Lo que tienen de malo los chicos del hemisferio norte es que, como son niños ricos, todos usan esos juguetes carísimos que funcionan a pilas. ¿Sí has visto las chispitas que a veces deja el trineo?. Todos creen que son estrellitas... ¡mentira!. Son las baterías, que hacen cortocircuitos. Una de estas noches voy a quedar electrocutado, con renos y todo. En cambio, aquí en el tercer mundo, casi todos los juguetes que reparto son esas porquerías baratas de plástico, que no duran nada y a los dos días quedan desparramadas por ahí...

Papá Noel... yo tenía una imagen más jovial y bonachona de usted. ¡Ni siquiera se ha reído con su "jo-jo-jo"!. Le noto fastidiado...

¡Si, muchacho, acertaste!. Estoy harto de este trabajo que se me concentra todo en diciembre, de las cartas que pueden tener ántrax, de que no me alcancen los juguetes, de que me detecten los radares y me pidan identificación cada vez que ingreso al espacio aéreo de Sudamérica, de que me pidan comisiones, de que me revisen el bolso para ver si traigo cocaína, de las barreras arancelarias... ¡Uf, hay que tener mucha paciencia para seguir en esto!. Además, yo nunca me reí con esa estúpida risa que me inventaron los de las agencias de publicidad. Mi risa es chillona y estridente, como la del David Ramírez.

Pero su imagen, Papá Noel, su figura inconfundible...

¡Qué figura ni figura!. Esto se llama obesidad, por culpa de la carne de reno, que además me tiene altísimo el colesterol.
Yo, lo que quiero es jubilarme y darle a algún otro esta estúpida campanilla, que me hace sentir como el recolector municipal. Mira, hijo, los tiempos han cambiado y yo creo que ya debería retirarme a administrar la fábrica y punto.

¿La fábrica de juguetes, Papá Noel?

No, qué fábrica de juguetes ni qué ocho cuartos. Esas están en Taiwán. ¡La fábrica de caramelos!.

Ah, no sabía que... Disculpe. ¿Qué fábrica de caramelos?

¡Hombre!. Esos cuadraditos, que llevan mi apellido. ¿Quién te creías que los hace?

Diciendo ésto, Papá Noel pidió permiso para entrar al baño de un bar, salió cerrándose aún la cremallera del pantalón de pana roja, me saludó con una risa estridente que no le iba para nada y tras sacar a los chicos con cajas destempladas de su trineo, se montó en él y haciendo rechinar los patines sobre el asfalto salió disparado como un misil.

Si no hubiese sido por la manera de irse, hubiera creído que no había entrevistado al verdadero Papá Noel, sino a uno de los tantos imitadores terrenales. Acababa de conseguir una primicia mundial, pero debo confesar que nunca hubo un reportero tan desencantado como yo...